Este instrumento, de sonido profundo, es uno de los ejes de la cultura musical del Caribe.

Por:  JUAN DAVID LÓPEZ MORALES | El Tiempo

bombardinoLucas Fernández toca un bombardino de marca alemana.

Alejandro Niño luce como roquero: cabello largo y ondulado hasta los hombros, barba de cerdas gruesas desde la base del labio inferior hasta debajo del mentón. No es un rockstar, más bien es un ‘porrostar’. Toca un bombardino plateado en el parque Nacional, en Bogotá, un lunes a la una de la tarde.

No parece importarle que a la misma hora del mismo lunes, a una cuadra de distancia, camine un inglés de 53 años, de cabeza rapada y piel blanca, considerado el mejor bombardinista sinfónico del mundo: Steven Mead. A él lo rodea un séquito de alumnos colombianos que asisten a sus clases magistrales en el Festival ColombiaTubas 2015, organizado por la Universidad Javeriana.

alejandro-ninoAlejandro Niño y el bombardino que suele tocar en Bogotá. Catalina Cortés / Escuela de EL TIEMPO

Entre Alejandro y Mead hay tantas diferencias como puedan imaginarse, pero una coincidencia fundamental: ambos son virtuosos del bombardino, aunque Niño toca con grupos de música popular –como el de Totó la Momposina, la orquesta de Juancho Torres y Adriana Lucía– y Mead lo haga con las más prestigiosas orquestas sinfónicas del mundo. Igual, se trata del instrumento musical menos conocido en Occidente, según puede leerse en Wikipedia.

Quienes lo conocen saben que al bombardino también se le llama eufonio (euphonium) y que ese nombre significa ‘sonido agradable’. Es uno de los instrumentos occidentales de más reciente creación. Es de metal y se parece a la tuba, pero más pequeño, con casi un metro de altura. Su forma actual surgió a finales del siglo XIX en Inglaterra, cuando se instaló con fuerza en las músicas de banda en Europa y Estados Unidos.

En las primeras décadas del siglo XX, el bombardino atravesó el mar y, con las bandas militares, llegó a las costas del Caribe colombiano. Se internó en los ríos y, de la mano del músico Diógenes Galván –autor del legendario María Varilla–, encontró a lo largo del río Sinú una de sus mayores cunas de expresión creativa: el porro. Aunque el origen de este ritmo se remonta al siglo XVIII, fue con la llegada de las bandas como el porro vistió su cuerpo indígena y negro con ropaje occidental, como lo conocemos hoy.

Para las tradicionales y ruidosas corralejas, convenía más el acompañamiento de instrumentos de viento que el de las voces cantadas. Entonces, el bombardino empezó a convertirse en uno de los ejes centrales de una de las músicas colombianas más difundidas en los sesenta y setenta, gracias a orquestas como la de Lucho Bermúdez y la de Pacho Galán. Marcos Vega, investigador de la cultura sabanera y profesor de la Universidad de Antioquia, es contundente: “La música del Caribe sin bombardino es un mote de queso sin ñame”.

Si bien el porro perdió la popularidad que adquirió en esas décadas –según explican Andrés Hamid Pacheco y Rodin Domingo Caraballo en una investigación titulada ‘La improvisación en el bombardino a partir del repertorio tradicional de las bandas del departamento de Córdoba’–, el bombardino permaneció vigente en las sabanas del Gran Bolívar –Córdoba, Sucre y sur de Bolívar– gracias a bandas y orquestas populares y a fiestas como el Festival Nacional del Porro, que se hace desde 1977 en San Pelayo (Córdoba), el municipio donde creció Alejandro y del que salió en el 2009 para Bogotá.

El bombardino también se mantuvo vigente gracias al vallenato, desde que a Alejo Durán, primer ganador del Festival de la Leyenda Vallenata, lo combinó con el acordeón en una grabación de 1956 con Discos Fuentes. Esto significaba juntar dos vertientes musicales que habían crecido separadas, pues mientras el porro, el fandango, la cumbia y el bullerengue se desarrollaron en los departamentos al oriente del río Magdalena, al occidente creció la música vallenata en el Cesar, Magdalena y La Guajira, sin instrumentos de origen sinfónico y con el acordeón como rey indiscutible.

Tal fue el éxito del encuentro que unió las dos riberas que grupos como Los Corraleros de Majagual, una “revolución musical”, según Vega, mantuvieron el formato con los dos instrumentos en las décadas que siguieron. “Los Corraleros habían resultado de un experimento creativo de fusionar el formato de banda pelayera con el conjunto de acordeón, que solo tenía caja, guacharaca y, a lo sumo, un bajo eléctrico y un cencerro”, dice el investigador.

El bombardinista insigne de Los Corraleros fue Rosendo Martínez, de Cereté, que llevó su instrumento al punto de difusión más alto hasta entonces en Colombia y que murió en 1997, a los 79 años, sumido en el abandono. “Se ha silenciado el bombardino”, sentenció entonces el periodista Roberto Llanos en EL TIEMPO. Pero no fue así. Una nueva generación de músicos que creció escuchando a Martínez venía abriéndose campo en el más alto nivel musical.

***

En La Llanada, un corregimiento de Corozal (Sucre), nació Ramón Benítez en 1964. Hijo de Rafael Benítez, director de la banda popular del pueblo, y sobrino de Tomás Benítez, músico de Los Corraleros de Majagual, Ramón empezó tocando bombo y platillos cuando era estudiante de primaria. Después, en bachillerato, intentó tocar la trompeta, pero sus amígdalas no lo soportaron. Entonces eligió el bombardino.

ramon-benitezRamón Benítez, de Corozal (Sucre), es uno de los maestros del instrumento. Archivo particular

Los Benítez sumaban varias generaciones de músicos. Amenizar festividades era el oficio familiar. Ramón no pasaba de los 15 años cuando salió por primera vez de gira con Lisandro Meza. Tardó dos semanas en volver a casa. Se le armó “tremendo lío”, cuenta, pero ese fue el inicio de su vida musical.

Ramón tocó con Lisandro Meza y Los hijos de la niña Luz en 1981. En 1984, con Juan Piña, otro músico sucreño que hasta entonces nunca había grabado con bombardino y que, en el 2012, ganó el Grammy Latino a mejor cumbia y vallenato. Luego, Ramón dejó la sabana sinuana y se fue para el altiplano cundiboyacense. Hasta entonces, Ramón era un músico empírico. Quería estudiar y así lo hizo, con Terry Scout, trombonista de la Orquesta Sinfónica Nacional. Ya en la capital, empezó a tocar con Jorge Oñate y su nombre creció como espuma en el medio: grabó con Joe Arroyo, Diomedes Díaz, Carlos Vives y hasta Aterciopelados. El bombardino se puso de moda… Ramón Benítez lo puso de moda.

Entre 1999 y el 2003, Ramón tocó con la Orquesta de Juancho Torres. El pianista de la orquesta era Victoriano Valencia, un monteriano que hoy es el compositor de música sinfónica colombiana con mayor proyección internacional.

A principios de la década del 2000, después de una grabación con la orquesta, Victoriano transcribió una de las improvisaciones que Ramón había hecho en el bombardino. Le entregó la partitura y le pidió que la tocara.

–¿Quién va a tocar eso? –le reclamó Ramón, al ver la dificultad de las notas.

–Eso fue lo que tú acabaste de tocar –le dijo.

–No puede ser, Victoriano. Yo no puedo tocar eso.

Ramón estaba sorprendido. Aún cree que ni siquiera estudiando habría logrado tocar el solo que Victoriano había transcrito de su propia improvisación: “Improvisar es crear, y cuando uno crea hace la figura que quiera”. El virtuosismo para improvisar es una de las razones por las que Ramón Benítez es considerado el mejor bombardinista del país, aunque la modestia hable cuando dice que “no es apropiado” asegurarlo.

Las frases y patrones de la improvisación se transmiten entre músicos o de generación en generación. Es como una historia que no se cuenta ni se canta, sino que se toca. Por eso sus intérpretes se han convertido en una especie de juglares contemporáneos y le han dado al bombardino el papel preponderante que tiene en la música del Caribe colombiano.

***

El sonido del bombardino es más profundo que el de una trompeta o un clarinete, y sus improvisaciones suelen acompañar las melodías. Aunque la improvisación haga parte de la columna vertebral del bombardino, las universidades todavía no la enseñan. Así lo explica el profesor de la cátedra de eufonio de la Universidad Nacional, Lucas José Manuel Fernández, desde un salón del Conservatorio de música.

Lucas fue el segundo titulado como maestro en eufonio del país. Pudo ser el primero, pero una fractura de la muñeca derecha, a raíz de una caída en bicicleta, lo obligó a dejar de tocar durante un año. Entonces, el laurel de primer maestro en eufonio lo tuvo en el 2009 Johnny Pérez, egresado de la Nacional, quien hoy es concejal de Tocancipá (Cundinamarca).

Lucas dedica todo su tiempo a la música. Un jueves, por ejemplo, se despierta a las 6 de la mañana, empieza a dar clases a las 8; en la tarde pasa de profesor a alumno de la maestría en dirección sinfónica de la Nacional, y por la noche llega al ensayo de Papaya Republik, una ‘papayera urbana’ que fusiona ritmos del Caribe con los sonidos roqueros de guitarra, bajo, batería y pistas electrónicas.

Del estuche negro que carga en su espalda cuelga un llavero en forma de sombrero vueltiao. Pero ni él ni ninguno de los músicos de Papaya Republik es costeño: el vocalista es caleño, la baterista es pastusa, el saxofonista es chileno y los demás son bogotanos o boyacenses. Lucas abre el estuche y saca un eufonio plateado, de una marca alemana. Lo compró hace un año y todavía se está acostumbrando a él porque no es el que utiliza en sus rutinas. Durante el ensayo, los casi 3 kilos que pesa el eufonio se descargan por completo en su mano izquierda. Lucas se queja de cansancio, pero sigue tocando y sus compañeros le dicen que suena “brutal”.

Los caminos que Lucas y Alejandro han seguido son muy distintos, tanto como sus orígenes. La experimentación y las necesidades de sobrevivir en el ámbito comercial los han llevado a explorar en su instrumento, incluso más allá de la música folclórica, en los aires del jazz, la salsa y lo académico. Hay consenso en el medio en cuanto a que los mayores responsables de que eso sea posible son personas como Tomás Benítez, actual director de la orquesta de Lucho Bermúdez, y, por supuesto, Ramón Benítez.

Hace años, un 31 de diciembre, un muchacho se le acercó a Ramón en el Club Valledupar:

–Maestro, déjeme darle las gracias. Si no fuera por usted, yo no tendría trabajo –le dijo.

Ramón no le entendía.

–¿Cómo así? Pero si yo no tengo empresa ni nada –le respondió.

El muchacho resultó ser el bombardinista de Iván Villazón. De ahí su agradecimiento:

–Sí, es que si usted no hubiera grabado el bombardino con el vallenato, yo no tendría trabajo.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
Escuela de Periodismo de EL TIEMPO