De su origen y transformación
Por Donaldo Mendoza*
En la parte tres de esta reseña nos ocupamos del compositor, como nuevo actor en la transformación de la música; y asimismo el rol de los instrumentos en la producción sonora. A ese proceso sumamos la aparición del «público» como invitado y luego como consumidor de música: ya como comprador de discos o ya como ferviente espectador en los conciertos. El segundo aspecto es la «música actual», hasta los sesenta del pasado siglo, pero con signos de lo que veríamos más tarde, incluso hoy.
Pues bien, el «público», hasta donde hemos avanzado, era un elemento ajeno a la sustantividad de la música; téngase en cuenta que trovadores y juglares, más que cantantes de profesión, eran ‘periodistas’ orales que cantaban noticias para mantener informadas a las comunidades, incomunicadas y distantes unas de otras. Entonces, más que un público convencional, esas comunidades eran destinatarias de unas noticias narradas en cantos.
Conviene decir que también se hacía música para colectivos más restringidos y con poder: religioso, político, económico… o el amor. En efecto, el «canto gregoriano» era dirigido a Dios; el trovador, daba protagonismo a su amada; y “el autor polifónico ora a la Iglesia, ora a la corte, ora al príncipe, a cuyo servicio estaba”. Pero…, ¿cuándo nace el público? El autor señala el año de 1725 como la partida de nacimiento del ‘público musical’. “Nos hallamos en la hora de la ascensión de la burguesía al primer plano de la historia”.
Afanando un poco la historia, la aparición del ‘publico’ aúpa un fenómeno que ya suena familiar: el ‘culto al artista’. En efecto, el virtuoso del violín, Niccolò Paganini (Italia, 1882-1940), es el emblema de ese ‘icónico’ momento; vale recordar que dibujantes de la época lo caricaturizaban, burlonamente, como un «poseído por el diablo». Y de paso, se fundaba el mito o leyenda del personaje. Lo mismo que hoy sucede con los ídolos del vallenato o de la música urbana. Ad portas de Paganini, está la música actual, con el inédito y ‘escandaloso’ referente de Ígor Stravinski (Rusia, 1882-1971).
Esta ‘música actual’, reitero, tiene como límite la década del sesenta del pasado siglo, “camino a la modernidad”. Aún hay ecos del escándalo que produjo el estreno de la «Consagración de la primavera», de Stravinski, “un ballet y obra de concierto orquestal del compositor ruso”. ¿Cómo fue valorado su estreno en 1913?, como una ‘distorsión rítmica’: «…nos ha mostrado el camino de la tensión rítmica y la dinámica del acento». (https://www.youtube.com/watch?v=uK2UhsRTj_E).
Entre las primicias que vale la pena considerar, después de la Primavera de Stravinski, es la atención que se dio a los instrumentos de percusión, cual vientos renovadores, llegados de África. “Estamos hacia 1960, en plena efervescencia de «espacios sonoros», de las nuevas dimensiones acústicas…” Manuel Valls deja unas conclusiones, que parecen de anticipación. Respecto a la “música de hoy”, pone en cuestión su valor como bien cultural, y advierte su proclividad a producto de consumo, “que es en lo que realmente se ha convertido”. Pero vindica, no sin ironía, la virtud balsámica “que acompañará la soledad del hombre de la gran ciudad, desarraigado y anónimo…”.
LA MÚSICA (III)
LA MÚSICA (II)
LA MÚSICA (I)
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