Raúl Bermúdez Márquez/El Pilón

 La Provincia de Corrientes es una de las 23 provincias que integran la República Argentina, situada en la Región del Norte Grande Argentino. Su capital es la ciudad de Corrientes. Limita al norte y al oeste con el Río Paraná, que la separa del Paraguay y las provincias de Chaco y Santa Fe; su lindero este está marcado por el río Uruguay, que la separa de Uruguay y Brasil, donde se forma una triple frontera entre las ciudades de Monte Caseros (Argentina), Bella Unión, (Uruguay) y Barra do Quarai (Brasil) (Wikipedia).

Pues bien, en esa región austral donde predomina el clima subtropical sin estación seca, con una temperatura media anual de 21.5 hacia el norte, sus pobladores están familiarizados con la leyenda de “La Cruz de los milagros”, que en aras de la brevedad sintetizaré de la siguiente manera: Los españoles, cuando fundaron San Juan de Vera de las Siete Corrientes, llamado hoy Corrientes, después de elegir el lugar y antes de levantar el fuerte, decidieron erigir una gran cruz, símbolo de su fe cristiana. La construyeron con una rama seca del bosque vecino, la plantaron luego, y a su alrededor edificaron el fuerte, con ramas y troncos de la selva. Construido el fuerte y encerrados en él, los españoles se defendían de los asaltos que, desde el día siguiente, les llevaban sin cesar las tribus de los guaraníes, a los cuales derrotaban diariamente. Los indios atribuían sus desastres a la cruz, por lo que decidieron quemarla, para destruir su maleficio. Se retiraron a sus selvas, en espera de una ocasión favorable, la cual se les presentó un día en que los españoles, por exceso de confianza, dejaron el fuerte casi abandonado. En gran número, rodearon la población, en tanto que huían los pocos españoles de la guardia, escondiéndose entre los matorrales.  Con ramas de quebracho hicieron los indios una gran hoguera, al pie de la cruz que se levantaba en medio del fuerte, pero, oh! sorpresa: las llamas lamían la madera sin quemarla por lo que un decidido indígena tomó una rama encendida y la acercó a los brazos del madero; entonces, en el cielo límpido, fue vista de pronto una nube, de la cual partió un rayo que dio muerte al osado. Cuando el resto de guaraníes lo vieron caer fulminado a los pies de la cruz, huyeron despavoridos a sus selvas, convencidos de que el mismo cielo protegía a los hombres blancos. Los españoles, que escondidos entre la maleza presenciaban tan asombrosa escena, divulgaron luego este suceso, que no cayó, por cierto, en el olvido. En la Iglesia del Milagro, en Corrientes, se encuentra hoy la Cruz de los Milagros: se la guarda en una caja de cristal de roca, donada por la colectividad española (Monografías.com).

La huida de los indios Guaraníes ante el milagro de la Cruz se parece mucho a la actitud derrotista que se dice adoptaron los Chimilas ante el milagro de la resurrección de los Españoles que previamente habían saciado su sed con las aguas de la laguna Sicarare mezcladas con barbasco por los indígenas en una actitud de defensa propia ante el agresor. (El barbasco es un extracto venenoso de unas raíces que se encuentran próximas a las corrientes de agua utilizado aún por los pueblos indígenas y mestizos para pescar). En ambos casos, es evidente el recurso a una solidaridad sobrenatural a favor del opresor en detrimento de la causa del oprimido; como si el pecador fuese el despojado y no el conquistador inclemente e indolente que lo arrasó todo a su paso en nombre de la Corona Española y en complicidad con esa iglesia medieval que promovió, con la Santa Inquisición, hasta la pena de muerte.

De manera pues que a la promocionada Leyenda Vallenata, no habría nada que celebrarle. Todo lo contrario, cada 29 de Abril, la iglesia debería pedir perdón a los mermados indígenas que resistieron la barbarie, por haberle proporcionado al conquistador el más efectivo medio de sometimiento: el ideológico. Con razón le escuché a mi amigo historiador “Chicho” Gutiérrez, una frase corta pero ilustrativa: “Menos mal que el Festival se ha tragado la leyenda”.

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