Jose-atuesta-mindiolaPor José Atuesta Mindiola/El Pilón

Cuando la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata invitaba en la semana anterior a la  conversatorio de Daniel Samper Pizano sobre nuestra música, más de una persona expresó  con cierto dejo de ironía: “van a traer un Cachaco para que hablé de vallenatos en Valledupar”. Pero el Cachaco Daniel, periodista, escritor e investigador, demostró en su conferencia “Cuando el merengue camina”, que es un estudioso del folclor musical de Colombia, y en especial de la música vallenata.

Cuando el joven Daniel, en los primeros años de 1960 en su natal Bogotá, escuchó las canciones de Escalona con Bovea y Alberto Fernández quedó atrapado por la poética popular de la narrativa del canto vallenato y soñaba con conocer a Valledupar. Aquí llegó en el año 1967 y en la casa de Hernando Molina y Consuelo AraÚjo, vivió en compañía del periodista  Álvaro Cepeda Samudio el endriago de una parranda vallenata. Su enamoramiento con  la música le permite granjearse la amistad de Escalona, Leandro Díaz, Gustavo Gutiérrez y otros reconocidos compositores y muchos personajes de la vallenatía.  Desde entonces se ha convertido en un estudioso y difusor del canto vallenato, con su esposa Pilar Táfur, en 1997, publican su investigación acerca del vallenato, presentada por un libro más una colección de los que, para ellos, eran los mejores 100 vallenatos de la historia.

Los nacidos en Valledupar y regiones cercanas vivimos el vallenato en el corazón, lo queremos y lo defendemos;  pero  hay personas de otros lugares, que además de sentir y vivir el vallenato, lo estudian y descifran los secretos de su poesía y su historia. Uno de los primero fue el médico y escritor Manuel Zapata Olivella (nativo de Lorica, Córdoba, pero vivió unos años en La Paz, Cesar), en el año 1949  publica algunas acotaciones de vallenato y en 1952 realiza la primera gira musical de un conjunto vallenato por el interior del país. También, a él, se le debe la venida por primera vez de Gabriel García Márquez a esta región (diciembre de 1949).  Daniel es otro de esos personajes, que sin nacer en Valledupar viven, siente y estudian el vallenato; en el año 2003, junto al periodista Juan Gossaín, se convierte en miembro  de la Academia de la Lengua Colombiana, y su ingreso estuvo acompañado por el escrito, Mester de juglaría colombiano,  donde se hace una comparación entre los juglares de la edad media y los cantores vallenatos de la costa norte colombiana.

En uno de sus apartes de su conferencia, dijo: El pasillo puede decirle que es bonito, que sentimental, que es nostálgico, pero jamás puede decirse que es una música sabrosa. La sabrosura a la música se la da la presencia del elemento afro, el tambor. En la música del Caribe, el negro es el que pone la sabrosura. Estas reflexiones de Daniel, me trasportaron a mi época de infancia en Mariangola, cuando Carmen Elena, una cartagenera cantadora de Pajarito en temporadas de carnaval: El cantar es mi alegría, este tambor es mi sangre, negro que no se entusiasme no es de la raza mía.

El símbolo de la parranda vallenata es el patio con su palo de mango. La profesora Ruth Ariza de Ramírez, antropóloga y con su corazón de madre protectora de la poesía y el canto vallenato, dijo: “En los hogares se están perdiendo los espacios de inspiración, hay  casas como las de Chiriquí, que son una reducción de la estrechez, no hay patios para la parranda,  no hay espacio para sentir la sombra de un árbol o para contemplar en la noche los rayos de la luna atravesando el follaje de las ramas”.