Una crónica sobre la flor llamada Ojo de poeta, muy linda, pero peligrosa.

ojo-de-poetaDiferentes colores de hojas tienen las flores Ojo de poeta, según clima y cultivo.

 

Es, a simple vista, una seductora flor de cinco pétalos, color amarillo-incendio con un ojo morado oscuro en la mitad, que de lejos parece negro. Se instala en cercados, asciende con certidumbre en árboles y arbustos, se riega por los campos, atraviesa puentes.

Camina. Se extiende. Invade. Pero qué bella es y tiene un nombre popular de encanto: Ojo de poeta. También, en otras latitudes, la llaman Susana de los ojos negros, Ojo de Venus, y alguno con seguridad le cantará con los versitos de una cueca chilena: yo vendo unos ojos negros, por traidores y hechiceros. Y porque, ya veremos, pagan mal.

El paisaje frío de Santa Elena, con carates, siete cueros, arrayanes, mortiños, hortensias y con otras plantas que integran los bosques nativos, salpicados por extranjeras coníferas, está avasallado por el Ojo de poeta, que mira desde paredes y alambradas, con su vista oscura, que puede fulminarte si te quedás mirándola con atención, que ni siquiera Perseo se salvaría. Ojo de poeta, qué nombre atractivo. Pero puede resultar peor que la Medusa del mito no sólo por su mirada sino porque es una suerte de atentado contra la naturaleza, hecho por la naturaleza misma, ¡qué paradoja!

Ojo de poeta, flor exótica; además, cualquiera se enamora de ella, mujer con dotes de impostura; es, según dicen botánicos y gentes especializadas en florestas, una herbácea malévola, nativa del África y que no se sabe (bueno, puede que sí, yo no lo sé) cómo llegó a estas geografías de Antioquia, como la de la muy florida Santa Elena, donde habita por doquier. Si vas por Arví, ahí está. Si caminás por la vereda El Placer, la encontrarás a granel. Si te metés por Mazo, no faltará en abundancia. Le “tira pupila” al caminante con fijeza de toro bravo, lo hace detener, y por más que se la quiera ignorar, es inútil. Su fuerza es irresistible.

Hace tiempos leí un bello libro de la catalana Mercè Rodoreda, Viajes y flores, y me parece ahora, cuando me he puesto a pensar un tanto en estas bellas flores, que pueden ser asesinas; si ella, autora de La plaza del diamante, las hubiera incluido en sus relatos brevísimos, en los que aparecen flores solas y enfermas y negras y de vida, y muchas más, como la flor fósil, o la de Matusalén, tal vez le hubiera conferido el nombre de flor invasiva.

El Ojo de poeta todo lo invade. Y si bien se ve hermosa enredada en las alambradas, puede asfixiar árboles y arbustos. En primera instancia, insisto, es una flor inofensiva, amable, que puede sonreír. Mujer coqueta. Bien armada de artimañas para el ejercicio de la conquista. Hay gentes que, embelesadas por tantos fulgores, las siembran en macetas, en antejardines, cerca de las huertas, y cuando se enteran de que su presencia vasta es incontenible, ya es tarde.

Es una arribista. No se para en mientes frente a nada. Va, sin que le importen las resistencias. Al fin de cuentas, todos caerán en sus brazos. Y morirán asfixiados, ante esa planta que serpentea, corre y recorre, camina, sube y sube, atrapa. Dicen los lugareños que el Ojo de poeta, como una boa constrictor, deja sin aire a las otras plantas. Las comprime. Un empresario agrícola de la vereda El Placer, Édgar Escobar, me dijo con cierto aire de preocupación, pero a su vez de apocalipsis, que parecía que a esa planta la hubieran arrojado desde el cielo con el propósito de arrasarlo todo, y en su conversa no pudo eludir a Monsanto, una transnacional peligrosísima, que produce la denominada “semilla del diablo”, como la llamó alguna vez un presentador gringo.

En un blog, que se llama precisamente Ojo de poeta, su autor, Juan Raúl Navarro, al describir la planta y sus propiedades, dice que “con tristeza, advierto su presencia en árboles solitarios y en bosques que morirán por su abrazo si quienes los albergan en sus predios no son advertidos de esta amenaza y toman medidas para detenerla…”.

La Thunbergiaalata, que es su nombre científico (siempre menos bonito que el nombre vulgar),  es una trepadora de rápido crecimiento. Le gusta abrazar, más que a cualquier sierpe, y mostrarse, exhibirse, que es vanidosa y casquivana. Parece una flor que quisiera tragárselo todo. Incontenible. Insaciable. Le gustaría devorarlo todo y que sólo fuera ella la visible, la perdurable, la que reine en los bosques nativos que, para su modo de ser tan arrasador, le estorban en su camino. Quiere subir al cielo (eso parece) de donde pudo haber caído para hacer creer a los incautos que es una flor milagro, cuando se trata en realidad de una flor homicida. Hermosa y con una colorida poesía, que, en ocasiones, como para despistar al enemigo, tiene nombre de mujer.

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En diferentes jardines de Medellín, tanto rurales como urbanos, se pueden encontrar las flores Ojo de poeta.

Flores y patrimonio

Durante la pasada Feria de las Flores de Medellín, los silleteros de Santa Elena hablaron de la importancia de cultivar flores tradicionales de su territorio, a propósito de la importancia patrimonial que ha tomado su tradición.

Margarita crespa, la siempreviva, el botón de oro, las extrañas, las estrellitas de belén, las pascuetas, las chispas, las tritomas, las azulinas, los agapantos blancos, las pomarrosas, entre otras especies de este territorio deben seguir siendo cultivadas para que no se pierda la conformación que de forma habitual han tenido, desde hace algunas décadas, las silletas tradicionales, aquellas que deben ser fabricadas con flores nativas. Se deben salvaguardar estas especies. Cabe aclarar que la Ojo de poeta no está en la lista.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco, se entiende por “salvaguardia” las medidas encaminadas a garantizar la viabilidad del patrimonio cultural inmaterial. Allí quedan comprendidas la identificación, documentación, investigación, preservación, protección, promoción, valorización, transmisión -básicamente a través de la enseñanza formal y no formal- y la revitalización de este patrimonio en sus distintos aspectos.

El Ministerio de Cultura de Colombia, por su parte, concluye que el Patrimonio Cultural es importante porque “transmite distintos valores, mensajes (históricos, artísticos, estéticos, políticos, religiosos, sociales, espirituales, naturales, simbólicos, entre otros) que contribuyen a darle valor a la vida de las personas. Porque representa la identidad de una sociedad, el vehículo para entender la diversidad de los pueblos y desarrollar una política para la paz y la comprensión mutua”, con lo que hasta las flores que cultivan los silleteros hacen parte de su valor patrimonial.

Reinaldo Spitaletta|Especial para EL MUNDO|Medellin|31 de Enero de 2016


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