Por: Jorge Carrascal Pérez

No existía persona alguna que, en Ocaña y sus alrededores, lo conociera y no lo llamara usando el diminutivo de su nombre. Buenos días Manuelito. Manuelito te esperamos en el parque para cotorrear. Manuelito yo quisiera que fueras el padrino de mi hijo, ¿cómo te parece?. Esta tarde vamos a jugar fútbol en el Tíber, ¿querés ir Manuelito?. Manuelito, te acordás de… Manuelito por allá, Manuelito por acá, Manuelito por todas partes.

Era la manera apropiada, habitual, de expresar afecto, simpatía, amor, a una persona que, con su manera sencilla, afectuosa, de ser, se había hecho merecedora a esta habitual muestra de cariño sincero, verdadero. Con el transcurso del tiempo y de las acostumbradas reuniones, el diminutivo cambió a compadre que, sin serlo, entrañaba una relación más fuerte, sólida, y sobre todo, más familiar. Así lo quisimos ambos.

Hijo, te busca Manuelito. Ya voy papá, la demora está en acabar de peinarme. Salí y ahí estaba esperándome una espontánea y contagiosa sonrisa, y un evidente gesto amistoso. ¿Para qué soy bueno, compadre? le dije, mientras lo invitaba a sentarse en el mullido sofá de la sala, herencia de la abuela Luz María, la que vivía en Teorama. El asunto es apremiante, dijo, en tanto que la cara le cambió de festiva a solemne. Resulta que me dieron un jeep para ir a los distintos lugares en los que el departamento tiene instalados centros de ayuda, instrucción y fertilidad animal, ¡y yo no sé manejar!.

Primero debo decirle que no existe problema sin solución, ni otro que por fiero que sea no se le puedan clavar las banderillas. Y yo soy la solución y el torero, le contesté en un tono que le infundiera ánimo y entusiasmo. Entonces el lunes vamos al parqueadero de la bomba de Rodrigo Arévalo, lo sacamos y salimos para Otaré, señaló Manuelito visiblemente tranquilo. Como a las cinco de la tarde, el compadre terminó las labores en la tierra de los Lemus Lanziano”, Y aprovechando el momento, le comente de sopetón: aquí vamos a dar inicio a las clases de aprendizaje en la conducción del jeep, color blanco y marcado olor a nuevo. El primer paso es indicar el oficio del timón, los cambios, el acelerador y los frenos. Coja la cabrilla y hágala girar de un lado para otro, meta los cambios de primera a segunda, de segunda a tercera y luego el reverso, pise suavemente el acelerador, y en seguida el freno con fuerza. Lo veo un poco nervioso, compadre. ¿Cómo le parece que sí?. Espere un ratito mientras voy a la tienda a comprar una botella de Bolegancho, tipo Quitamiedos, ¡y verán quién es quién!. Con el primer trago, los fantasmas del temor cogieron las de Villadiego, desaparecieron y sin ninguna señal de querer regresar.

Terminada la botella, el rugido del motor del jeep (último modelo) se oía a lo largo y ancho de la carretera, el pito enmudeció de tanto sonar. Y llegar a Ocaña fue más rápido que cortarle el pelo a un calvo. Al fin y al cabo, estar sobrio era ventajoso, pero tomarse un trago de vez en cuando no sobraba ni hacía daño. Más bien beneficiaba.

A los veinticinco días, con las clases que le di en cercanías al barrio Las Llanadas, el compadre se atrevió y fue de visita donde Marujita, su amada novia, manejando el recién lavado caballo blanco, ¿parecido al brioso corcel del Libertador?. Llegó y pito frente al portón de la casa, la sorprendida Marujita salió, y abriendo al máximo los verdes y encantadores ojos, le dio a entender que le parecía una ilusión lo que estaba viendo. Tomándola de la mano, igual que un lord inglés, la subió al jeep, y la llevó a la iglesia de la Torcoroma para agradecerle dos cosas: la primera, por la estabilidad en el noviazgo, y la segunda, por tener un carro y lograr manejarlo.

De ahí en adelante, el compadre no dejó de llamarme maestro y yo a él alumno, obviamente. Lo podía atestiguar la fiel Marujita que siempre estuvo presente cuando el compadre lo decía con desmedido orgullo.

Hoy jueves, por medio de mi hermana Teresa Eugenia, me acabo de enterar ¡triste y amarga noticia! que me quedé sin el discípulo amado, y asimismo, sin haberle podido entregar el certificado que lo acredita como el alumno más perseverante, aventajado, del curso, y el compadre que más falta me va a hacer.

JORGE CARRASCAL PÉREZ
Ibagué diciembre 21 de 2023

Siguenos en X: @portalvallenato