Por Donaldo Mendoza*

    Por estos días, dos columnistas de El Espectador, Aura Lucía Mera y Manuel Drezner, han coincidido en escribir sobre el mismo tema: la cultura. No en virtud de celebraciones de actividades de carácter espiritual (arte, música, teatro…), ni por la fundación de un nuevo museo o biblioteca pública. Nada de eso. Ambos periodistas llaman la atención sobre la crisis que lastima la cultura en Colombia. Manuel Drezner habla sobre recortes en el presupuesto: “Cada vez que surgen problemas económicos, la primera víctima casi invariablemente es la cultura. … El presupuesto destinado a ella se ha disminuido tanto que algunos programas, orquestas juveniles, teatro y otras manifestaciones amenazan con cerrar sus puertas”. En tanto que Aura Lucía lanza un SOS, a fin de “detener la muerte de Batuta, una fundación de economía mixta que, durante 33 años, involucra en la música, en todo el país, a niños y jóvenes de los estratos uno y dos principalmente…”. Todo por la asfixiante poda al presupuesto de MinCultura.

    Y antes, en un café del centro de Cali, un empleado de la Orquesta Filarmónica de Cali comentaba que se les pagaba cada dos meses, “porque no hay recursos”… ¿Pero, a qué viene todo esto, si el título del artículo dice otra cosa? Porque tengo una historia por contar, una historia que explica la diferencia entre desarrollo y subdesarrollo. Un país desarrollado valora la cultura como esencia de su razón de ser; en tanto que en el subdesarrollado la cultura es prescindible…

     El cuento es el siguiente: En 2022 tuve oportunidad de viajar con mi familia a Alemania. Antes de llegar a Colonia, nos quedamos en la población de Weener, en donde nos esperaban mi hija y su esposo, allí estuvimos tres días. Weener es un municipio situado en el distrito de Leer (Baja Sajonia). Su población en 2023 era de 16.000 habitantes, como un municipio pequeño de Colombia; como para decir, aquí “no hay nada que ver”. Equivocado. Aparte de varios sitios interesantes, fuimos invitados ¡al museo! Lo primero que vino a mi mente fue: «Un museo con pueblo».   

Museo de Weener

    El museo de Weener («Heimat Museum») fue fundado en 1919, pero ya estaba en el imaginario popular desde finales del siglo XVIII. El tesón de la comunidad, organizada en una «asociación de historia», hizo realidad el museo de ‘historia local’. Desde entonces, y con base en los estatutos, asumieron la tarea de llevar a cabo investigaciones para la conservación de esa ‘historia local’; que no es otra cosa que “costumbres tradicionales, patrimonio y canciones”. Hago una digresión para contar esta anécdota: en una reunión familiar donde se celebraba una boda, ya entonado con el vino, la persona de más edad –el ‘tío Kobi’– pidió silencio y empezó un canto tradicional, con un coro que repetían los demás. Sin saber nada de alemán yo sentí la emoción que aquel canto generaba, siglos de identidad cultural… Completa la espiritualidad cultural del museo una Biblioteca. 

    Me explicaron que la mencionada asociación “persigue fines exclusivamente benéficos”, y cualquiera puede ser socio, pagando una pequeña cuota anual. El museo se abre tres días de la semana, y se organizan mesas de té, visitas guiadas y, ocasionalmente, exposiciones y conferencias. Vale precisar que es un ‘museo de cultura y economía’ del pasado histórico de la provincia, desde la prehistoria e historia primitiva. A la vista del visitante se abren tesoros de artesanías y oficios varios. Están allí la antigua fábrica de ladrillos, talleres de herreros, alfareros, toneleros y carreteros, vívidamente ilustrados. Asimismo, un taller de relojería y una imprenta de libros con grandes letras antiguas, “cuidadosamente montados e instalados aquí”. Si el visitante quiere saber más, le muestran objetos ornamentales, porcelanas, mapas antiguos… Y le explican todo lo pertinente a la agricultura: herramientas, aperos y carros de transporte. Asimismo con el oficio de la pesca. Y una representación del antiguo hogar: desde un buen salón y cocina típica, hasta figuras en tamaño natural de hombres y mujeres vestidos a la usanza de otros tiempos.

    Y me traducían el comentario de un vecino del lugar: «Uno se siente transportado a los viejos tiempos. Para recordar a nuestros antepasados…». Viví la epifanía de asistir a un museo con pueblo.    

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