Por Donaldo Mendoza*
En 1971 Salvat publicó, en su colección Biblioteca General, el volumen 2 con el título «El hombre y la tierra». Cuatro expertos se ocupan de seis capítulos, todos relacionados con la geografía, ciencia ésta que estudia las características de la Tierra, y que nos provee de datos pertinentes, a fin de conocer el mundo en que se desarrolla nuestra existencia. Asimismo, el análisis de la relación entre los fenómenos físicos, biológicos, culturales, económicos y sociales en sus respectivos contextos.
El primer capítulo tiene que ver con los mapas y sus mediciones. Nos recuerda la génesis de ese cara a cara entre el ser humano y el mundo que habita. De la mano de dos sabios griegos, Pitágoras (hacia 570 – 490 a.C.) y Parménides (entre 530/515 a.C. y s. V a.C.), a ellos se debe el descubrimiento de la redondez de la Tierra; y se reconoce que Aristóteles también aportó información sobre el asunto, en el año 350 a.C. Luego se sabrá de las líneas que cruzan la Tierra: “Las líneas que corren paralelas al ecuador (paralelos de latitud); las líneas perpendiculares al ecuador (meridianos o líneas de longitud)”. El Sol pasa con exactitud por encima de cada meridiano una vez cada 24 horas, hora del ‘medio día’ (meridiano).
Pasaron muchos siglos para que se diera otro descubrimiento trascendente: a fines del siglo XVII el matemático inglés Isaac Newton demostró que la Tierra no es una esfera perfecta: “está ligeramente combada en el ecuador y algo achatada por los polos”. Y ya cerca a nuestros días, a través de globos aerostáticos y posteriormente aviones y satélites, los cartógrafos se valieron de la fotografía aérea para la elaboración de mapas cada vez más perfectos. Al punto que ya se avizoraba “el día en que el hombre podrá manejar un aparato que le indicará automáticamente su posición en la esfera terrestre y el rumbo de brújula exacto que debe seguir para llegar a cualquier punto”. En efecto, son esas aplicaciones del PC o el celular que hoy los niños interpretan como si fuera un juego: Google Maps / Google Earth…
Un capítulo que merece especial interés es “El hombre y el agua”, en razón de esa espada de Damocles en que se ha convertido el calentamiento global y/o cambio climático. Nunca como hoy se había sentido el deber ético («sujeto de derechos») de conservar y preservar el agua. Trascender del estribillo escolar a un máximo de conciencia posible, aquello de que «la vida tal como se conoce no puede existir sin el agua / Aproximadamente dos tercios del cuerpo humano son agua / Se necesita el agua tanto como el aire». En suma, el agua es esencial en innumerables aspectos de la vida humana. Un solo ejemplo basta para darse cuenta de que las máquinas e industrias que dinamizan el progreso no se mueven sin el agua: “Normalmente se necesitan unos 80.000 litros de agua para producir un lingote de hierro de una tonelada de peso, y 300.000 litros más, para convertirlo en acero”.
En el pasado, epidemias que devastaban centros urbanos, como la fiebre tifoidea y el cólera, fueron causadas por desperdicios que contaminaban las fuentes de agua. Es una lección que en el presente no se ha aprendido. En efecto, en el Cesar, el río que lleva el mismo nombre, recibe toneladas de inmundicias que son arrojadas impunemente en su cauce. Y acabamos de salir de una pandemia que nos mantuvo en pánico dos años.
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