Por Donaldo Mendoza

    “Cosa extraña: reseñamos más a los que se han ido,

que a quienes persisten en la vida, poetizando”. 

    Hasta hoy he escrito y publicado reseñas de libros físicos, y ninguno leído en esta pantalla luminosa. Pero como en los libros va la sangre de quienes los escriben, algunos viajan también con el destino del autor. Esto acaba de ocurrir con el ‘poemario’ «Ventiscas y breverías» (2025), un bello título que hace honor a su origen: los mensajes que van y vienen entre contactos que a veces ni se conocen en persona, pero que “van cimentando una amistad que crece con el sentimiento de las palabras”.

    Hace unos días el pintor y poeta Rodrigo Valencia Quijano compartió a través de las redes sociales el libro que arriba he nombrado. Un poemario virtual que el abogado y poeta Orlando Restrepo Jaramillo, residente en Cartago, fue tejiendo inspirado, básicamente, en textos que Valencia Quijano comparte y Restrepo Jaramillo con sagrado respeto responde, sin hacer reparo de temas: escritos, pinturas, dibujos, poemas, aforismos… Muy intuitivo Orlando Restrepo, vio ahí la oportunidad de hacer un libro.

    El poemario compartido, autoría de Orlando Restrepo, tiene la colaboración de Valencia Quijano en el diseño de la carátula: Cierta Eva de mares lejanos. Insisto, es tal la influencia de Valencia Quijano –digo yo–, que será labor entomológica del lector discernir sobre el estilo o los estilos. Entre tanto, mi responsabilidad en la reseña es valorar la poética de esta obra. 

    “Un poeta es una persona que se asombra por todo”, decía Mallarmé. Y aquí hay asombros por doquier. En efecto, solo el poeta tiene el privilegio de estar despierto cuando la ocasión se ofrece: «Cada cual en su momento ha tenido su canto, y es así como surge el valor de la expresión». Aquello que para el individuo corriente –que somos casi todos– pasa inadvertido, se revela lleno de gracia a los ojos del poeta: «…naderías resucitando en la palabra» / «El revoloteo de la mariposa es belleza en el recinto, buscando el pincel para señalarle a la pintura sus horizontes». Allí, una perfecta evocación de lo que veía Cervantes: “Mezcladas la Naturaleza y el arte se confecciona un perfectísimo poeta”.

      Es un reclamo del poeta: que reseñamos “más a los que se han ido, que a quienes persisten en la vida, poetizando”. Y no le falta razón; porque, no obstante ser la poesía creación, canto, belleza, epifanía…, nadie quiere arriesgar un peso por el empresario; como si su único Olimpo fuera el dudoso olvido. Duda que se vivifica cuando el poeta nos devuelve de su eternidad a una de tantas: «Ella, Emily, de saludo guardado, de cartas asombrosas a los pocos amigos a quienes habla de la mortalidad. Amañó para ella su palabra y voz en el recinto donde pergeñaba su poesía».

    Pero, cual obstinada crisálida, el poeta insiste en su canto, con la clarividencia de nuestro destino compartido: «Hay hombres con el sol a cuestas, aferrados al oficio, laborando de aurora a ocaso con reciedumbre. Esos son los que realzan la vida y le dan valor».

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Donaldo Mendoza

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