Por Donaldo Mendoza*
Dice la tradición que la invocación de la Virgen María data del siglo III, hacia el año 260. No como elemento de la liturgia, sino de la fe de los primeros cristianos, quienes asediados por la persecución de los soldados romanos invocaban la protección de la “Santa Madre de Dios”. Esta circunstancia me permite hacer dos relaciones: Palestina y Pablo de Tarso. Veo el actual mapa de Palestina y encuentro que Belén, Jericó y el lado oriental de Jerusalén (Nazareth es de Israel, casi sobre la línea fronteriza) hacen parte del Estado palestino. Así, cuando observo el llanto de las mujeres de Gaza, veo también el rostro de María al pie de la cruz, y los mismos vestidos de hace dos mil años. Asimismo, contemplo la iglesia universal concebida por el “Apóstol de los gentiles”, Pablo de Tarso; y veo en María los rostros femeninos de cinco continentes…
El anterior párrafo viene a cuento en razón del asombro que me produjo ver en una hornacina de la nave izquierda de la catedral de Notre Dame el cuadro de la Virgen María con el Niño Jesús, identificado con la tímida firma de Yin, y el año 2017. Google aporta escueta información: “…icono japonés, icono de la Catedral de Notre Dame”. En fin, importa la emoción que el cuadro suscita y lo que signifique. Vale enfatizar que entre tantas pinturas que guarda la vetusta catedral, esta era la que más generaba curiosidad e interés en la mirada de quienes pasábamos revista a todo ese iconográfico “patrimonio de la humanidad”.
El cuadro tiene un fondo negro, en forma de óvalo, y en el centro una joven madre con rasgos orientales; en sus brazos el niño, rollizo y con dos rayitas de ojos y un puntito de nariz; tres caritas de niños tras los hombros de la Virgen miran curiosos al recién nacido. No hay bueyes, no hay pesebre ni reyes magos… Un velo vinotinto cubre la cabeza y la espalda de la Virgen, y una blusa blanca de corte oriental se cierra en el cuello, la mano derecha sujeta con dos dedos, muy sutil, una punta del paño que arropa al niño. La luz, nacida de la magia del pincel, ilumina el triángulo formado por la Virgen y el Niño, y un poquitín de luz muestra solo las caritas curiosas de los tres inocentes.
Pablo de Tarso, el de Hechos de los Apóstoles, fue espíritu intuitivo al avizorar en la Palabra de Jesucristo la fuente universal de la gracia y principio de unión entre los fieles; en modo subjuntivo está expresado: “…(que) por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles”. No obstante ser de origen fariseo, Pablo de Tarso salvó a la naciente doctrina de convertirse en la cuarta secta del judaísmo: saduceos, fariseos, esenios y cristianos, como era la intención del apóstol Pedro. A Pablo le fue revelado convertir el Cristianismo en religión universal. Sin embargo, bastante falta aún en la iconografía sagrada, a fin de aceptar que Jesús y María son palestinos y judíos, y asimismo blancos, negros, amarillos, indígenas… Ese es el mensaje del cuadro de Notre Dame.
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