Por Donaldo Mendoza*
El 21 de enero de 2010 murió en Bogotá Guillermo Abadía Morales, quien había nacido el 8 de mayo de 1912, también en Bogotá. Desde muy joven se dedicó al estudio del folclor colombiano. Quienes sabían de la vastedad, calidad y significado de su obra, lo llamaban la «Biblia del folklore». Si hubiese en Colombia la costumbre japonesa de dignificar a ciertas personas como «tesoros culturales vivientes», Guillermo Abadía Morales sería de los pocos nacionales en merecer ese reconocimiento.
Guillermo Abadía hizo de la investigación de campo su principal herramienta para salir a la búsqueda de nuestra identidad cultural; en esa vivencial labor se internó en la selva o surcó ríos, a fin de convivir con comunidades afros, indígenas y campesinas. Todo por conocer y aprender del entorno. Demandaría muchas páginas ocuparse de sus trabajos sobre música folclórica y tradicional de Colombia, una seña de identidad nacional que defendió con celo en su rol de “definir la cultura de una nación”.
La copla. Su origen es popular y expresa de forma espontánea y repentista los usos y costumbres de una comunidad. Sus autores no buscan nombradía, lo cual ha hecho de la copla un género «anónimo»; aunque más preciso sería decir de «creación colectiva». En cuanto fuente literaria, la copla interesó a algunos escritores, que sí legaron su autoría, tal es el caso de Jorge Manrique (España, 1440-1479), autor de «Coplas a la muerte de su padre»: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte/ tan callando, / …”.

La estructura de la copla suele ser de versos octosílabos y rima consonante, alternada o libre. Jorge Isaacs (1837-1895) escribió tiernas coplas de seis sílabas: «Pavita del monte/ déjame pasar, / que voy de camino/ para Popayán». “El vocabulario usado en estas cantas ha de ser necesariamente popular, ya que debe expresar sentimientos, pasiones, vivencias del Pueblo”. Otro rasgo de la copla, no menos relevante, es su poder nemotécnico y una guía para el oído.
Del «Coplerio colombiano», y de la “selección de ‘cantas’ populares de Colombia”, que preparó Guillermo Abadía Morales para Colcultura (Colección Popular, Nº 2) en 1971, transcribo para deleite del lector estas tres coplas.
Cuando dieron la noticia de que ya no me querías
hasta el perro de la casa me miraba y se reía.
El gallo en su gallinero libre se sacude y canta;
el que duerme en casa ajena, pasitico se levanta.
A mí me llaman Benito, por apellido Malo
y las muchachas me dicen: Benito, Benito Malo.
Que gobiernen los godos o mande el liberalismo,
para tirarse a los pobres todos resultan lo mismo.
Me perdonan estas coplas,
si mal les van pareciendo,
porque yo las voy cantando
así como van saliendo.
De un poeta del que solo nos ha llegado el apellido, Torner, esta copla popular, con visos ‘cultos’:
Cuatro lunares tienes,
niña, en tu rostro;
tienes abril y mayo,
julio y agosto.
De tal manera
tienes, niña, en tu cara
la primavera.
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