(1881 – 1963)
Por Donaldo Mendoza*
Me ocupo en esta reseña de la biografía del papa Juan XXIII, escrita por José Jiménez Lozano para la colección Biblioteca Salvat de Grandes Biografías -No. 36-, 1985 (173 pp.). Fue Juan el tercero de trece hijos en una humilde familia italiana residente en la población de Sotto il Monte. Bautizado con el nombre de Ángelo Giuseppe Roncalli. Temprano, la suerte dio las primeras señales de lo que sería su destino: “…dado a soledades y lecturas. Pronto mostró su deseo de ser sacerdote”.

Era tan particular la naturaleza del personaje, que Jiménez Lozano manifiesta que su ‘narración’ está impregnada del «milagro» y el «misterio» de Roncalli, que él intenta descifrar. En efecto, en el “Diario del alma”, que Roncalli empezó a escribir en el seminario y concluyó un poco antes de morir, Jiménez vio claro que “muchas cosas iban a ser trastocadas, iluminadas y rejuvenecidas”. Y vale recordar que la obra magna del papado de Juan XXIII fue la celebración del «Concilio Vaticano II», una verdadera ‘revolución copernicana’ al interior de la Iglesia católica, de donde “saldrían directrices para adecuar la situación de la Iglesia a los nuevos tiempos”.
El 28 de octubre de 1958 se divulgó al mundo católico que había sido elegido un nuevo papa, para suceder al fallecido Pío XII, “en la persona del cardenal-arzobispo de Venecia, monseñor Ángelo Giuseppe Roncalli… y éste había tomado el nombre de Juan XXIII”. Con la obligada pregunta, ¿por qué Juan? El mismo ungido había dado testimonios de su devoción por dos Juanes, en los cimientos de la Iglesia: “…la figura y la obra de Juan el Bautista, precursor del Mesías, y Juan Evangelista, el discípulo preferido de Cristo”. Asimismo, emana de Juan XXIII una espiritualidad comparable a la de Francisco de Asís: “optimista, espontánea, humilde, obediente…” En esos hontanares halló Juan XXIII inspiración para la magna tarea que iba asumir, como si él y la Iglesia fuesen un solo cuerpo: “En Juan se sienten reconocidos todos los cristianos conscientes de su encierro y en lucha por salir de él vanamente durante algunos siglos”.
Juan XXIII vio lo que un clero, conservador en extremo, no quiso ver en varios siglos: una Iglesia que ya no representaba el mensaje ecuménico de Jesucristo, “veía este mundo tan distante e incomunicado… y se alejaba del cristianismo” que en su momento Pablo de Tarso hizo accesible a los ‘paganos’. A los ojos de Juan XXIII, “la Iglesia estaba hablando un lenguaje ininteligible para las gentes “. A la vez que había unido su suerte al poder terrenal “y a las clases adineradas”. Y del otro lado, los más humildes miraban al papado “con una mezcla de respeto y miedo”.
Ante ese escenario, solo Dios sabía por qué camino este hombre, “lo más opuesto a un talante revolucionario, resultaría un día el papa más profundamente revolucionario de la historia moderna de la Iglesia”. Interpretando la esencia del Concilio Vaticano II y varias encíclicas citadas en la obra, nuestro biógrafo saca en limpio un mensaje que parece pensado para Colombia: «…para hacer la paz, sabe que hay que disminuir las tensiones, tener paciencia, saber esperar y confiar, hablar, reunirse, no condenar, aunque se tengan razones para hacerlo, no herir a nadie». no condenar, aunque se tengan razones para hacerlo, no herir a nadie».
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