Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez*
Ayer, en las instalaciones de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) —la institución de educación superior más grande de Colombia, con más de 339.000 estudiantes en 2025 y primera universidad 100% virtual del país en recibir acreditación institucional de alta calidad, conducida con lucidez, rigor y liderazgo académico ejemplar, por la doctora Mardelia Padilla— se celebró un acto que superó los linderos de la academia para convertirse en una ceremonia de memoria viva, reconocimiento auténtico y profunda exaltación cultural.
Allí compartimos un conversatorio sobre la vida y obra de Israel Romero Ospino que, desde las primeras anotaciones, dejó de ser un simple acto universitario para elevarse a un homenaje íntimo, digno y profundamente humano. El recinto se convirtió en momentos de evocaciones y afectos, donde las voces se entrelazaron para celebrar al hijo noble que Villanueva entregó al mundo y cuya memoria musical sigue uniendo a todo un pueblo.
La biblioteca, colmada de respeto y atenciones sinceras, recibió a dos figuras cuya sola presencia ennoblece cualquier recinto: Gustavo Gutiérrez Cabello, poeta mayor e insustituible referente del folclor, y Chiche Martínez, acordeonista virtuoso y amigo entrañable de Israel. Ambos permanecieron atentos y serenos, envueltos en ese afecto silencioso que solo cultivan los hombres que han compartido caminos, vida y melodías. A la jornada se sumaron dos voces entrañables de nuestro ámbito cultural: el pintor–compositor Efraín Quintero, quien destacó con hondura las virtudes del Pollo y la dimensión humana de su legado, y Wilfredo Rosales, cuya memoria prodigiosa —capaz de evocar fechas, obras y protagonistas con una exactitud admirable— aportó un contexto histórico preciso y enriquecedor. La intervención de ambos añadió claridad, sensibilidad y un valioso tejido de referencias que elevó aún más la importancia del conversatorio.
El encuentro tomó una dimensión especial cuando Rafael, Norberto y Rosendo, hermanos mayores de Israel, recordaron con afecto los orígenes familiares que moldearon su carácter. Evocaron a su padre, Escolástico Romero Rivera, hombre de conducta recta, respetado por su sabiduría natural, y a su madre, La Nuñe Ospino, mujer dulce, noble y profundamente amorosa.
De ellos —decían— brotaron las enseñanzas que acompañaron a Israel desde niño: el sentido del deber, la humildad para relacionarse con todos, y la gratitud hacia quienes lo rodean
Conmovió escuchar cómo esas raíces familiares se reflejan en cada logro de su vida.
Tras las palabras de sus tíos, llegó el instante más profundo de la jornada. Israel David —su hijo y cantante de la agrupación— se puso de pie para dirigirse al auditorio, y lo hizo con la serenidad y la transparencia de quien ha crecido junto a un hombre extraordinario. Su intervención se deslizó por la sala con una ternura que estremeció a todos los presentes.
Habló de su padre como un ser íntegro, generoso y entrañablemente leal a Villanueva, incluso cuando los escenarios lo condujeron a los rincones más remotos del mundo. Recordó que, pese al éxito, la fama y el reconocimiento internacional, Israel nunca se apartó de sus orígenes ni de los valores que aprendió en su casa.
Resaltó también la grandeza con la que su padre ha llevado el nombre de Colombia por el mundo a través de El Binomio de Oro, agrupación que hoy es referente universal del vallenato. Contó cómo, país tras país, multitudes enteras se ponen de pie para celebrar su música; cómo la disciplina, el talento y la sensibilidad interpretativa de Israel se han convertido en motivo de orgullo para Colombia, América Latina y para todos aquellos lugares donde el vallenato ha echado raíces y sigue despertando emociones profundas.
En medio de estas evocaciones, todos recordaron el paisaje que alimentó la vida familiar: el majestuoso Cerro Pintado, formación sagrada de la Serranía de Perijá, límite natural entre Colombia y Venezuela. Con más de 3.000 metros de altura y una riqueza ecológica única, —cuna de varios ríos, símbolo y testigo silencioso de la identidad Villanuevera. Para Israel, ha representado siempre un faro natural, un recordatorio permanente de sus orígenes y de su gente.
Con el paso de los minutos, el conversatorio terminó convertido en un acto de reconocimiento profundo. No se celebró solo al músico consagrado, sino al hijo fiel, al hermano cercano, al padre inspirador, al hombre agradecido que nunca olvida el hogar donde se formó
Ayer, en esa prestigiosa Institución, quedó claro que el legado de Israel Romero trasciende generaciones.
Su nombre está escrito en la memoria del vallenato, sí, pero también en la gratitud de un pueblo que lo vio crecer y en el cariño universal de quienes lo han escuchado alrededor del mundo.
Lo que Israel deja no es únicamente una obra musical inmensa: es una enseñanza de vida, una herencia de valores,
una huella que se mantendrá viva mientras exista alguien que ame, respete y sienta el vallenato de verdad.

BLOG DEL AUTOR: Ricardo Gutiérrez Gutiérrez
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