Edad Moderna: La imprenta y un nuevo mundo
Donaldo Mendoza*
El comienzo de la Edad Moderna está determinado por la caída de Constantinopla en poder de los turcos, en 1453. Y antes de terminar el siglo, dos acontecimientos de significativa relevancia completan ese momento: la invención de la imprenta por Gutenberg y la conquista del Nuevo Mundo por los españoles, que coincidió con la expulsión de moros y judíos de España. Tanto la conquista como la expulsión llevaban la marca del cristianismo: la conversión forzosa o el exilio forzoso en el caso de los expulsados, y la evangelización, también forzada, de los indígenas en nuestro continente.

Hay un hecho, de aparente bajo perfil, que pasa la página de la Edad Media y da paso a la Modernidad: «el paisaje agrario», y uso que se da a la tierra: “…en España, donde la desamortización de la gran propiedad eclesiástica no llegó más que como el resultado del triunfo de los liberales, de la toma del poder de la burguesía”. Y en el resto de Europa, el despertar de la conciencia social, que conducirá a “exigir una reestructuración de la propiedad de la tierra, que no podía lograrse más que con una transformación radical y revolucionaria de la sociedad y del mismo Estado, órgano de dominio de la aristocracia latifundista”.
Los vientos de modernidad soplan con inédita fuerza a mediados del siglo XIX, cuando “se produce una auténtica revolución de los transportes, representada por el ferrocarril y el empleo del vapor en la navegación, que iba a construir un mercado de ámbito mundial”. Pero no permanecerá en equilibrio la balanza, dado que la dialéctica de los contrarios suscitará nuevas realidades; en efecto, en el primer tercio del siglo XX la dinámica del progreso declina: “Sobrevino la crisis de 1929 y la expansión quedó frenada y el equilibrio roto. Entonces los agricultores de Iberoamérica cobraron conciencia de que habían enajenado su independencia económica a unos mercados exteriores sobre cuyas decisiones no podían ejercer ningún tipo de control”.
Superada la crisis, los países en desarrollo, Colombia entre ellos, viven nuevas bonanzas: en nuestro caso, hacia finales del 70 (s. XX) el algodón aún llevaba prosperidad a pequeños y medianos cultivadores, hasta que los tratados de libre comercio (apertura económica) configuran el nuevo escenario, que este estudio lo explica con la modesta economía española: “Los comerciantes andaluces no invirtieron sus capitales en la producción, y dejaron de adquirir tejidos españoles cuando encontraron más conveniente negociar con géneros extranjeros: cargaron las flotas de Indias de mercancías francesas e inglesas, y dejaron que la industria textil castellana se arruinase irremisiblemente”. Y se nos recuerda, ah ironía, que fue justamente en la producción textil algodonera donde se inició la revolución industrial.
No se dice, explícitamente, que en Latinoamérica no hubo Modernidad, y que durante el tiempo colonial lo que imperaba era el modo de producción medieval, con señores feudales y esclavos. En efecto, “Humboldt nos habla, a comienzos del siglo XIX, de esas fábricas donde los trabajadores son azotados despiadadamente y en donde a los casados solo se les permitía ver a sus familias los domingos”.
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