La enajenación laboral
Donaldo Mendoza
En 1853, el escritor estadounidense Herman Melville (1819-1891) escribió el cuento Bartleby, el escribiente, la memorable narración de un funcionario, muy eficiente al principio; pero luego, de forma gradual y sin dejar de ser cortés, le da por rechazar las tareas que conciernen a su oficio de copista, escudándose siempre en la frase “Preferiría no hacerlo”. En su sombría oficina, Bartleby va mutando en una figura pasiva, que desconcierta. En suma, Bartleby y su circunstancia configuran un símbolo universal de alienación del trabajo.
Pues bien, Herman Melville es antecesor, en cuanto al tema y tono de sus narraciones, de Franz Kafka (República Checa, 1883-1924). En la primera mitad del siglo XX, Kafka escribe la novela El proceso, y una novela corta, La metamorfosis, que por la singularidad de su contenido crean para la posteridad un arquetipo, así: cuando una situación se nos presenta absurda e ilógica, la calificamos de «kafkiana». Lo que desencadena “una sensación de impotencia ante fuerzas incomprensibles y laberínticas, a menudo con un tono surrealista o pesadillesco, en donde la razón parece no tener cabida”.
Lo que sigue, intenta conectar con la semántica de lo expuesto en los dos anteriores párrafos. En efecto, cada cierto tiempo me encuentro con el artista, escritor y poeta Rodrigo Valencia Quijano. Frente a sendas tazas de café conversamos, generalmente sobre los libros que estamos leyendo. Pues bien, en el reciente encuentro al amigo Rodrigo lo noté malhumorado y menos expresivo que de costumbre, “vine, Donaldo, porque me dio pena negarme a su invitación” … “Y eso, ¿qué te pasó?” … “Humm, si le contara.” … “¡Pues, cuéntame!”. Transcribo…
Una amiga de mi hija me encargó un cuadro de Tomás Cipriano de Mosquera… Quise volver al Museo Mosquera a tomarle una foto, y tomar también la medida al original que allí está… ¡Y ha de creer que no me dejaron entrar! … Dizque tenía que pedir permiso al director del Panteón de los próceres, para que me autorizara… Fui, y estaba ocupado … Me mandó a decir que yo tenía que escribir una carta, solicitando el permiso … ¡Él me conoce, Donaldo! Y yo fui profesor de la Universidad del Cauca…
Y subía el tono de la voz, cosa impensable en Rodrigo Valencia, un hombre calmado, amigo del silencio, y de formación estoica. Aproveché el sorbo de café y hábilmente desvié el asunto de la conversación, estratagema que Rodrigo alcanzó a advertir. A mi modo de ver, un cuadro de alienación estaba plenamente descrito por el artista payanés. Y pensar que ese trago, el del museo, se hubiera resuelto de una manera sencilla, si el funcionario cierra por unos minutos la oficina (o le pide al portero que le cuide) y acompaña al artista hasta donde está el cuadro. Porque, ¡caramba!, Rodrigo Valencia Quijano, además de haber nacido y vivido en el centro histórico es, por su formación y labor profesional, un hombre a quien todo mundo conoce en este sector de Popayán.
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