Ágatha Christie (Gran Bretaña, 1891-1976)
Por Donaldo Mendoza*
Hace poco, don Manuel Drezner publicó en El Espectador una nota conmemorativa, por los sesenta años de la muerte de Ágatha Christie, la muy reconocida autora de novelas policíacas. No había leído nada de ella, porque el género policial no me atraía; pero pudo más la curiosidad y la notita de la contraportada de su Autobiografía: “…la escritora más popular del siglo XX, cuyas cifras de venta solo son superadas por la Biblia y por las obras de Shakespeare”. En tanto que otra publicación dice algo más asombroso: “Sus narraciones han sido traducidas a más de cien idiomas”. Para que los lectores se hagan una idea, las traducciones de Cien Años de soledad no llegan todavía a los cincuenta.
Como sigo con deleite las notas culturales de don Manuel, me animé a leer la única narración que tengo de Ágatha Christie: Diez Negritos (1939), novela corta (167 pp.), publicada en la colección ‘Grandes Escritoras’ -N° 10-, Orby, 1988. La obra es maestra dentro de su género: “habilidad técnica para plantear y mantener la intriga”; rasgo que está muy por encima de la calidad literaria y penetración psicológica de la otra novela, la que nació con Cervantes. Pero, para quien gusta de ese juego intelectual que el narrador establece con el lector, todo en Diez negritos es magistral: el personaje que usted menos sospecha, ese es el criminal. Triunfa la imaginación de la autora y deja por el piso las evidencias del lector.
Fue precisamente esa avisada imaginación de Ágatha Christie la que me llevó a la lectura de sus memorias: Autobiografía, Planeta, 536 pp. La obra está distribuida en once partes, o capítulos, con sus respectivos prefacio, prólogo y epílogo. Una obra íntima, en donde Ágatha nos cuenta su vida: la infancia feliz, sus amores, sus viajes y una vida familiar intensa; y, por supuesto, su vasta obra, la mayoría novelas, pero también teatro y algo de poesía. Sobre su eufónico nombre, nos precisa: “Me pusieron Mary como mi abuela, Clara como mi madre, y Ágatha por una ocurrencia que tuvo una amiga de la familia… y era un nombre bonito”.
Otro tópico donde la autora hace claridad es en el orden del discurso memorioso; en efecto, los recuerdos, los de toda la vida, son imposibles de evocar con rigor cronológico: “…no pienso ser fiel a la cronología. … No me he atado al tiempo ni al espacio. Me he detenido donde he querido y he saltado a voluntad, hacia adelante y atrás”. Y una perspectiva vital que la autora describe a su modo: “La vida se divide en tres partes: el presente absorbente, por lo general feliz, y que vuela con velocidad fatal; el futuro oscuro e incierto, para el que se pueden planear muchas cosas; no se realizarán, pero resulta divertido; en tercer lugar, el pasado, los recuerdos y realidades que son la base del presente, evocados de pronto por un olor, la forma de una colina, una canción antigua…”.
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*Donaldo Mendoza Meneses es un destacado docente, columnista y gestor cultural colombiano, reconocido principalmente por su labor intelectual en los departamentos del Cesar y el Cauca. Es natural de Agustín Codazzi, Cesar. Debido a su larga permanencia y aportes en la ciudad de Popayán, es considerado un «prócer cesarense en el Cauca». Se graduó como bachiller en el Colegio Nacional Agustín Codazzi (1974) y posteriormente obtuvo el título de Magíster en Educación y Filosofía Latinoamericana, U. Sto. Tomás de Aquino. Es un prolífico columnista. Ha colaborado con medios como El Espectador, El Liberal (Popayán), Proclama del Cauca, El Pilón y El Portal Vallenato.Se le reconoce por su agudeza crítica y su capacidad para analizar la realidad social y literaria de Colombia.

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