Alfonso Osorio Simahán *

Calibrar en estilo esta pléyade de juglares no es solo repasar la historia de un género musical; es asomarse al alma misma del «Imperio de Francisco el Hombre» , donde el acordeón no dolo se toca, sino que se padece, se celebra y se hereda. Cada uno de estos nombres es un horcón que sostiene el techo del género de Vallenato.

En el vallenato, el estilo no es una elección técnica, es una huella digital. Lo que vemos en este quinteto de leyendas es la evolución de la «rutina»  hacia la sofisticación del fuelle.

1. El «Negro Alejo» es la base de todo. Su estilo era la sobriedad absoluta. Mientras otros buscaban la velocidad, Durán buscaba la pausa sonora y el sentimiento. Su aporte radica en la creación de un lenguaje donde el acordeón dialoga con la voz en un lamento profundo. Con su famoso «pedazo de acordeón», Alejo institucionalizó el vallenato bajero, – no el marcado  por bajos, el cual era un maestro – sino por la Escuela del Bajo Magdalena, de la cual fue su alumno aventajado ,  cuya marcación en sonoridad  parece el latido de un corazón cansado pero firme.

2. Israel Romero:
Si Alejo es el tronco, «El Pollo Isra» es la rama que floreció hacia la modernidad.Israel transformó el vallenato en un espectáculo de agilidad técnica. Introdujo digitaciones que antes se creían imposibles, dándole al acordeón una velocidad de «picaflor». Su aporte con el Binomio de Oro no fue solo musical, sino estético: demostró que el folclor podía ser elegante, bailable y universal sin perder la esencia del sentimiento.

3. Julio de la Ossa:
Don Julito, el Pequeño Gigante sucreño, representa la finura del vallenato sabanero. Su estilo era cristalino, con una ejecución pulcra que recordaba que el acordeón también podía ser un instrumento de cámara en medio de una parranda. Fue un maestro de la armonía, dotando a sus notas de una distinción que separaba al músico del simple aficionado.Su voz de «muchachito regañado» resultó una perfecta aleación con su instrumento armonizado.

4. Emiliano Zuleta Baquero:
«El Viejo Mile» es el patriarca del relato. Más que un técnico de los pitos , fue un arquitecto de la narrativa vallenata. Su estilo es la espontaneidad. A él le debemos la capacidad de convertir un pleito (como la mítica «Gota Fría») en una obra de arte eterna. Su acordeón era rústico, pero auténtico y cargado de esa «sazón del caribe» que define al hombre Guajiro y el Valle.

5. Luis Enrique Martínez:
No se puede hablar de acordeón sin mencionar al «Pollo» Martínez. Él es el padre de la digitación moderna, el excelso innovador.Antes de Luis Enrique, el acordeón era más plano; él introdujo los pases, el » transporte», los adornos y las escalas que hoy todos los acordeonistas intentan imitar. Luis Enrique le dio «sabor» y «picante» al instrumento, estableciendo el estándar de cómo se deben ejecutar los cuatro aires,  (Paseo, Merengue, Son y Puya) , tesis de ejecución que había impulsado tímidamente Chico Bolaños.

En síntesis, el aporte de estos cinco grandes es un tejido: Alejo puso el sentimiento, Emiliano la historia, Luis Enrique la técnica, Julio de la Ossa la elegancia e Israel la evolución. Juntos, convirtieron un instrumento extranjero en la voz oficial del sentimiento colombiano.

Alfonso Osorio Simahán
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