~ Mi Crónica Dominical ~
Alfonso Osorio Simahán*
Prólogo:
Esta crónica busca rescatar el sabor del Sincé de antaño, rindiendo homenaje a dos colosos de la cuerda y el encantamiento.
A mediados de los años sesenta, cuando las calles de San Luis de Sincé todavía guardaban el eco del «Animero», las jolgóricas fábulas de Homero Zolá y el zumbido de «El Trompo de Berrequeque», el amor no se escribía solo en papelitos o mensajes enviados con alcahuetas: se cantaba a pie de ventana. En ese escenario de madrugadas cómplices, conocí a dos personajes cuando la vida apenas me asomaba al mundo de la adolescencia.

Aunque el almanaque ponía una distancia de años entre ellos, la maestría los unía en un solo abrazo de madera, metal y garganta. Eran Marcos Saúl Herrera Aguas —mejor conocido como Saúl Herrera— y Carlos Arturo Gamarra Romero: el maestro y el discípulo, los «troveros» de la serenata en nuestro San Luis de Sincé.
El primero, un maestro de raza; el segundo, su alumno aventajado. Los separaba el almanaque, pero los hermanaba esa guitarra bendita que sabía a bambuco, tango, balada, bolero, música de acordeón y a sereno Caribe. Fueron, ante todo, dos pregoneros del Evangelio musical.
Crónica.
A Saúl Herrera lo vi por primera vez en el patio de mi casa. Mi padre, Alfonso Calixto, y su cofradía de parranderos de pura cepa lo rodeaban aquella tarde como quien escucha a un profeta. Saúl, de tez morena y complexión fuerte, se ajustaba el cinturón por encima del ombligo y dejaba que sus dedos desgranaran notas hasta que el licor y la melodía se volvían una sola esencia. Un par de veces más lo vería de nuevo en el mismo escenario y con el mismo credo.
Años después, la vida me dio una sorpresa académica, es decir, el destino lo puso nuevamente en mi camino de forma inesperada. En segundo año de bachillerato en el Colegio Santo Tomás de Aquino, el ilustre pedagogo Don Luis Gabriel Mesa nos presentó al nuevo profesor de música. Era él: Saúl. Fue el primero y el último maestro que tuve en esa lid; a él le debo saber, hasta el sol de hoy, qué es un pentagrama y para qué sirven las claves y las notas.
Pero el Maestro Saúl no solo enseñaba solfeo; enseñaba respeto y cordura. Su carácter era jovial pero firme. Todavía recuerdo cuando el compañero Hugo Vergara, al verlo venir de la Rectoría hacia nuestra aula con su barriga prominente, soltó el chiste: «Ahí viene el Compaé Menejo Pipón». El Profe Saúl aparentó no haberse enterado; entró al salón y dictó su clase con la elegancia de un caballero. Al final de la jornada, con voz apacible pero de alerta, dijo:
— ¡Un momento! ¿Quién fue el que pronunció la frase que todos festejaron?
Hugo, haciendo alarde de su temple frontal, respondió:
— ¡Yo, profesor! —dijo, agachando la cabeza.
— Se pueden marchar todos, pero tú te quedas —sentenció el Profe, señalándolo con un dedo acusador que pesaba como una condena. Aquel mediodía, antes de los inevitables cinco reglazos en rectoría, Hugo recibió del Maestro Saúl una verdadera cátedra de modales y comportamiento que seguramente no olvidó jamás.
Sin embargo, Saúl tenía un corazón blando para los apasionados. Una medianoche nos encontró a un grupito «vagueando» cerca del Mercado Viejo , mejor dicho nos pillamos; acababa de dar una serenata en casa de la familia Anaya. Tras el regaño de rigor por violar el horario prohibido para nuestra edad, terminó dándonos un taller de afinación en pleno corredor de Ezequiel Domínguez. Se puso a acompañarnos con su guitarra mientras algunos, con más audacia que talento, entonábamos canciones. Fue mi primera experiencia cantando en público con el respaldo de un gran instrumento y mejor maestro.
A Carlos Arturo Gamarra lo descubrí de una forma distinta, yo diría que novelesca: no en el patio, sino recostado en mi ventana. Una voz limpia, emulando al gran Leonardo Favio, me sacó de la hamaca. Tenía yo pocos días de haber retornado del Seminario, saturado aún de música sacra. Al asomarme por la puerta del corral, vi a un joven esbelto, con porte de artista, acompañando a un galán envalentonado por el licor que intentaba conquistar a una de mis hermanas.

Fue el comienzo de un acercamiento a su feudo artístico que se extendió con. ciertos intervalos en el tiempo, pero que sirvió para compartir muchas veces cantos y cantares .Fue a él a quien le escuché por primera vez la canción «El Comelón» ( …»Yo me suicidó por un desprecio con un revólver de boyo e’ yuca …»), él mismo , a manera de dato, me dijo que él autor era Saúl Herrera.La sorpresa que recibí fue cuando unos 25 años más tarde la grabó Diomedes , pero en los créditos apareció otro autor.
Carlos interpretaba la guitarra y cantaba con una naturalidad técnica que vaticinaba su grandeza. Tanto es así que llegó a ser en su momento el serenatero más solicitado del pueblo .Poseìa todos los pergaminos a su favor para darse a conocer y triunfar más allá de los predios del » Raicero». Pero Carlos Arturo escuchó otro llamado: el de las ciencias exactas. Se consagró como un excelso docente de Matemáticas y Física, aunque jamás soltó la música. Fue el montacarga detrás de la fama de su hermano Leonardo, promocionando con duedo su repertorio inédito y siendo el artífice para que este saliera del anonimato, logrando el júbilo del reconocimiento incluso en su etapa sexagenaria.
Ya jubilado del Ministerio de Educación, Carlos decidió que nunca era tarde para sus propios sueños. De un año para acá, ha producido de manera independiente una trilogía de porros con melodías exquisitas y poesía vernácula. Sus creaciones, como «El Mono Miranda» o «Caribe Mágico», huelen a campo y a identidad sinceana. Mención aparte merece la canción de corte épico , «A los Compositores», donde compila y ensalza a todos los autores locales, rindiéndoles un tributo necesario.
Carlos no solo heredó la técnica de Saúl; heredó la capacidad de convertir el paisaje caribeño en poesía.
Una de las facetas que muchos ignoran y que Carlos domina con la habilidad de un buen artesano del lenguaje, es el arte de la narración protagonista .Algunas de sus publicaciones así lo refrenda.
No sé si Carlos recuerda una anécdota donde ambos somos coprotagonistas. Debió ser al despuntar los años 70, cerca de las once de la mañana, en aquella casona esquinera de la Calle Real. Me detuve en seco al escuchar un canto y un rasgueo que escapaban por los portones.
Al asomarme, estaban Carlos y el abogado y poeta Narciso Pineda en plena parranda. En un santiamén ya me hallaba yo allí, templando la garganta y compartiendo el licor.
Estábamos en el fragor de un tema del Maestro Escalona de aquellos interpretados por Bovea cuando apareció un hombre con estampa de ganadero, saludó y se incorporó a la » parrandita». Entusiasmado por el recital, sacó un fajo de billetes para ofrecérmelos. Con cortesía, le dije que el gesto lo merecía el guitarrista, pero Carlos los rechazó, diciendo que el premio era para el cantante. Ante la negativa de ambos, el finquero tuvo una idea salomónica: montó en su caballo y regresó poco después con dos botellas de ron Tres Esquinas, una media docena «bollos limpios» y queso para el pasaboca. Así, entre versos y brindis, extendimos la sesión hasta el atardecer.
Cuando el horizonte de Sincé se le hizo pequeño para poder sacar adelante a su prole y consolidar su proyecto de vida, el Maestro Saúl se mudó a Sincelejo..Cuenta , que le costó mucho abandonar Sincé , en donde las implacables tutorías de los celebrados maestros , Adolfo Mejía , Epifanio Montes y Fernando Iriarte, fueron vitales para su primera formación musical.
Allí en Sincelejo encontró un terreno generoso que le brindó los surcos abonados para sembrar sus conocimientos. .La mitad de sus años los vivió allá, hasta su muerte en 2010.
Fue profesor titular de música en las instituciones educativas Colegio Antonio Lenis y la Escuela de Bellas Artes, a las que les compuso sus himnos oficiales. Sus hijos heredaron su chispa y talento, brillando en la agrupación «Los Hermanos Herrera». Uno de ellos, Saúl Jr., llevó el legado más lejos como bajista y guitarrista de grandes como Alfredo Gutiérrez y Lisandro Meza.
El Maestro Saúl también fue un ejemplo de superación: se graduó de bachiller rayando los cincuenta años, demostrando que para el estudio y el arte nunca es tarde. Lo hizo después de verse obligado por fuerza mayor a congelar por casi tres décadas sus estudios cómo alumno regular en el Liceo de Bolívar de Cartagena , de donde egresó con un buen rendimiento académico.
Epílogo.
Hoy, al caminar por Sincé, parece que todavía flota el eco de aquellas cuerdas. Muchos matrimonios que hoy peinan canas deben sus primeros suspiros a la guitarra de Saúl y a la voz de Carlos. Eran dos épocas y dos estilos unidos por un mismo sentimiento: ser los eternos juglares de un pueblo que aprendió a amar a través de la música. Aquellas serenatas en las «ventanas marroncitas» de enamorados furtivos son hoy parte de nuestro patrimonio emocional. Era la época en que en esas medianoche, el rasgueo de dichas guitarras rompían el silencio y, de pronto, la música se escuchaba en toda la cuadra. No había rincón que se resistiera: uno a uno, los vecinos abrían la ventana para dejar entrar la melodía, transformando un gesto privado en un suspiro compartido por todo el vecindario.
Sus huellas permanecen en las calles de Sincé y en el corazón de quienes crecimos bajo el amparo de sus cantos.
Alfonso Osorio Simahán
Alfolele*
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