Valledupar, mayo 13 de 2011(www.elpaisvallenato.com) Pese a su partida hace dos años, a que ya no lo vemos, ni escuchamos sus regaños ni sus bromas; no es fácil olvidar a Rafael Escalona. Hay tanto que contar, tanto que decir, miles de recuerdos que soltar que van desde los años de su juventud hasta llegar al maestro que ayer nos dejó, pero que aún vive perenne en nuestros corazones. Las diversas facetas de Escalona sólo la descubrieron las personas que fueron muy cercanas a sus afectos. Pienso que las mujeres que pasaron por la vida de Rafael Escalona tuvieron dos opciones: quererlo u olvidarlo. Afortunadamente para él, lo primero se impuso sobre lo segundo, porque igual que “el toro cuando pisa en el playón que deja la huella en el lodo en forma de corazón”; este hombre sembró recuerdos y  aplicó su propia ley en asuntos de mujeres.

Mientras que Escalona el amigo, el compadre, el cómplice; fue muy especial. Los amigos fueron algo prioritario en su existir. Fueron su savia, su aliento, su oxigeno, la esencia de sus días y el complemento de sus últimos años.Para el maestro era tan normal despertar a medio Valledupar bien temprano para preguntar por el compadre en la casa de la plaza, para mandar un recado grosero al sobrino que según él se portó mal, para ordenar colocar un aviso en una emisora de Valledupar preguntando por alguien de quién no tenía noticias, para hacer un reclamo de por qué no me has llamado o simplemente para acariciar el alma con palabras dulces.

Pero igual no faltaban los pechiches, las bromas, los cuentos, los cantos, los reclamos como: ‘y estas viva’; reclamos que pasaban de largo cuando los que conocíamos su lado débil lo neutralizábamos hablándole del clima, los cultivos, el río Guatapurí, las aves; historias de ese tipo que nutrían su corazón de razones bellas.

Con Escalona la vida cada día nos deparaba una nueva sorpresa. No era extraño tampoco recibir otra llamada desde Bogotá para contar algo que se le había olvidado en la primera llamada. Lo más importante que tenía que decir: “Te envié una encomienda ayer, son cositas bonitas, no deje que nadie te toque nada de eso, son solamente para ti”.

Cómo no recordar esas cositas bonitas, si casi le causan un infarto a mi abuela. La cosa sucedió así: Ese día, luego de la llamada me olvidé del asunto para salir a mis labores diarias. De regreso a casa encontré un alboroto. Al frente en un lote deshabitado, habían como veintes personas y lo peor era que todos querían opinar sobre un asunto que yo desconocía, pero que sin lugar a dudas tenía mucho que ver conmigo, porque todo el mundo me llamaba a la vez.

Me tropecé con unos tipos ataviados con uniformes verdes con un paquete procedente de Bogotá que contenía mi nombre y mi dirección, pero que nadie se atrevía a abrir, y ni siquiera lo habían querido dejar en mi casa por que algo dentro de la caja rugía como un león y de paso un tigre le hacia la segunda dentro de la caja.

Para colmos los vecinos todos solidarios estaban atentos a lo que acontecía, además opinaban y hacían conjeturas sobre como se podía mandar un pichón de tigre en una caja sin oxigeno, sin agua y sin comida. La vaina era complicada ‘pero en la caja está y vivito’. Aseveraba Miro Galindo, nuestro vecino de siempre.

La verdad me molestó la alharaca que habían armado, no creía en esas fábulas y un poco enojada pregunté:

– A ver quien remite?

– Rafael Escalona Martínez; respondieron los de la empresa de envíos.

– Entrégueme esa caja, es mi papá, les dije.

Con muchas miradas puestas sobre el paquete procedí a saciar la curiosidad de los presentes abriendo la caja delante de todos para disipar las dudas. Entonces aparecieron las muchas cositas que eran ‘solamente para ti’. Entre ellas el ‘Tigre de las María’ y el león que gruñía por efecto de la tecnología y de paso una ballena azul, una tortuga verde y unas candongos lindas que compro en la Guajira , un par de perros con un corazón y un te quiero. Ahí estaba él pintadito, nadie más en la vida se le parecía; pensé.

Era su obsequio de navidad un regalo muy original propio de Escalona. Era cosas lindas para alegrar el alma de un niño y según mi papá de un adulto también. Eran recuerdos lindos; que luego fui repartiendo entre los hijos de mis colegas que se enamoraban de los animalitos al llegar a mi casa porque todos estaban a la vista sobre un mueble en mi habitación.

Recuerdo que el tigre o el león fue a parar a las manos de Roberto Carlos, el hijo de Ana María Ferrer, quién se obstinó que se lo llevaba o se lo llevaba y no me pude negar al ver su carita triste. Uno de los perros del te quiero y una de las tortugas la heredó mi sobrina Ana Sofía; la hija de Rafa Jr. Otra ballena azul la tiene Alba Rosita, la niña de Rosa Rosado y Miguel Barrios. Y así fui repartiendo parte de esos obsequios de los cuales conservo algunos, por que mi mamá los guardó para que no me matara la nostalgia, luego que el maestro se marchó.

Cuando le conté la que se armó en mi barrio por su original regalo y el susto que se llevo mi abuela soltó tremenda carcajada, la misma de un niño grande cuando comete su más tremenda travesura. Ese era Escalona, ese era mi papá.

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