TODOS Y TODAS

Por Donaldo Mendoza

Puesto en sentido figurado, el lenguaje “incluyente” fue la aparición repentina y masiva de una enfermedad que al principio pareció una moda (pasajera), pero que acabó posicionándose con sus efectos negativos. Y se sustentó en el principio equivocado de que la lengua con que nos comunicamos tiene un carácter histórico “excluyente”, básicamente machista. Error mayúsculo. La lengua en su naturaleza está exenta de credos, ideologías y demás formas sociales de discriminación.

Mal podría tomar partido un fenómeno cuyos rasgos son estrictamente simbólicos y arbitrarios. A partir de 27 letras (si excluimos la ch y la ll) se establece un sistema o estructura que llamamos lengua. Lo que sigue, son las incontables combinaciones de esos signos para formar palabras, frases u oraciones; y con éstas, infinitos significados. Por eso se dice que la lengua, y en consecuencia el habla, es una construcción colectiva que se concreta en la acción comunicativa cuyo fin es la comunicación misma.

Con el tiempo, esa construcción colectiva, consciente o inconscientemente, ha creado algunos equilibrios de género (femenino / masculino). Pensemos no más en las mencionadas 27 letras, cuando las nombramos resulta que todas son “femeninas”: las vocales y las consonantes; como son “femeninas” la palabra, la frase y la oración; y la página o la pantalla donde escribimos son “femeninas”. Pero párrafo y texto son “masculinos”. A ese ritmo, las demostraciones nos llevan al infinito. Para obviar este aparente problema de género, la mima gramática tiene una palabra que los contiene a ambos: EPICENO. «Género epiceno» lo podemos llamar, “para designar los dos sexos”.

Solo con ejemplos de EPICENO se podría llenar esta página, y sobrarían. Pongo en un cuadro esta pequeña muestra.
MASCULINO
Pez, insecto, cocodrilo… FEMENINO
Jirafa, liebre, hormiga… EN SERES HUMANOS
Persona, criatura, víctima…

Y puesto en frases familiares, solemos decir: “Los bebés son tiernos”, “todos debemos respetar a la autoridad”, “los corruptos deben ir a la cárcel, no a la casa”. Se imagina usted el oso que haríamos si para esos casos usáramos el ‘todos’ y ‘todas’; o preguntémonos: ¿se sentirán ofendidas las mujeres por una supuesta exclusión?

En fin, del mismo modo como llegó esta enfermedad a contagiar de manera tan deplorable a la lengua, así mismo podría irse; porque, insisto, a la lengua no le asiste culpa alguna. Y es tan ninguna su culpa, que los escritores serios evitan esa majadería de géneros; porque son conscientes de que el resultado sería un texto ampuloso y afectado. Acaso no notaría usted la redundancia si escribiera “ayer, en la fiesta, todos y todas parecíamos felices”.

Una mujer medianamente culta no desconoce las evidencias científicas que prueban que “ellos” y “ellas” tienen capacidades intelectuales semejantes. En ciencias y política no son pocos los ejemplos que demuestran la analogía; en literatura, Virginia Woolf y Marguerite Yourcenar, si bien no fueron reconocidas por la academia sueca, el tiempo y la crítica las tienen ya en el pedestal de los escritores más importantes del siglo XX.

La idea para este artículo fue encendida por una frase leída el día anterior en la novela corta El tren llegó puntual, de Heinrich Böll: «“Quizás sería mejor decir sencillamente “todos”».

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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