¿Qué es la Metaliteratura?

Comencemos por saber de qué hablamos. Según la RAE, quiere decir: Literatura cuyo objeto es la propia literatura. Y todo porque su prefijo meta– significa “junto a”, “después de”, “entre”, “con” o “acerca de”. Por lo tanto, usamos este término para aludir a los textos literarios que hablan acerca de la literatura.

Hay novelas en las que encontramos personajes cuyas reflexiones están relacionadas con la escritura o la lectura. Bien porque escriben o les gustaría dedicarse a ello, bien porque leen para sí o para los demás. Lo que es indudable es que estas dos aficiones tienen mucho peso en la trama de estas obras. Tanto que incluso puede influir en el tema principal.

Alguien dice tu nombre (2014) es la novela por la que queremos comenzar. Su autor, Luis García Montero, nos presenta a un narrador protagonista, estudiante de Filosofía y letras, que empieza a trabajar durante el verano vendiendo enciclopedias; esto será motivo para que el autor se sirva de las palabras y juegue con ellas, hasta convertirlas en materia para llegar al comprador. El vender enciclopedias a través del poder evocador de las palabras resulta entrañable.

A su vez, tiene un profesor que va guiándole en el camino de la escritura. Por este motivo durante el desarrollo de la novela aparecen multitud de consejos como: “Aprender a escribir es como aprender a mirar, como conseguir ver las cosas necesarias para encontrar un sentido”. Le inculca “la importancia de la escritura en la vida, para fomentar la observación, la imaginación. La imaginación sirve también para vivir por unos minutos dentro del corazón de otra persona”. Como por lo general cuando escribimos partimos de nuestro pasado, le indica que “escribir es negociar con la memoria”. Asimismo, le advierte de los errores que debe evitar: “Los diálogos demasiado profundos y filosóficos son un obstáculo en algunas novelas puesto que restan credibilidad a los personajes populares”. Y le sugiere que tenga cuidado con la ironía, ya que no siempre encaja bien.

Le deja claro que “El deseo de cambiar la vida con palabras no es patrimonio de los escritores”. Y le da a conocer también su particular definición de la novela y el poema: “Una novela recuerda a una reunión espontánea y un poema es como una conversación en la cama”. Luis García Montero se siente por encima de todo poeta tras treinta y cinco años publicando libros de poesía, pero, cuando habla de esta su tercera novela, confiesa que ha cuidado mucho el estilo y la califica de “declaración de amor a la literatura”.

Para nosotros también es una historia inolvidable tanto por sus personajes memorables, como por la forma de contarla: con un estilo muy poético que resulta comprensible. Se trata de una gran historia de amor, de amor a la palabra, a la literatura, a la tarea de escribir.

En la siguiente novela que nos interesa comentar, el escritor retoma su obsesión por el lenguaje. Menciona la gramática y sus partes durante el desarrollo de la trama, de ahí su lado metaliterario. Es Juan José Millás en estado puro, y hablamos de su novela, La mujer loca (2014).

En ella su autor nos sumerge en un mundo surrealista; pasamos de las fantasías sobre la gramática al universo de la vida y la muerte. Todo lo que se dice o se hace, en esta novela, es con naturalidad, como el hecho de que las palabras se quiten la ropa y se echen sobre el folio en blanco. Por eso podemos leer comparaciones de este tipo: “Las palabras para ser alguien tienen que pertenecer a una frase, lo mismo que las personas para estar completas pertenecen a una familia, una banda… La frase ignora el significado de masculino y femenino, lo mismo que la mayoría de las personas que no saben nada acerca de sí mismas. El adjetivo es para el sustantivo lo que la ropa para un actor”.

En una entrevista, Millás define esta obra como “un híbrido de novela, reportaje y autobiografía”. Considera el acto de escribir como un pacto con el lenguaje: “Cuanto menor sea tu capacidad verbal, cuanto menos domines el lenguaje más dominado estarás por él”. Tiene claro que no hay que fiarse del lenguaje, ya que “nos persigue para volvernos locos. La literatura y la locura tienen una relación estrecha porque la literatura es un modo de deshacer los nudos que produce la locura”. Decíamos que es propiamente del autor, hasta tal punto que aparece en el libro un Millás que cuenta, otro Millás que actúa y el Millás que firma el libro.

Dejamos de lado las dominaciones, la locura, con el fin de quedarnos con la versión sanadora de los libros. En nuestra próxima elección, el personaje convierte la lectura en antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Entre sus lecturas escoge los libros que tienen amor, de ahí el título: Un viejo que leía novelas de amor (1993). Mientras se relaciona con los personajes de estas novelas, que sufren y mezclan la dicha con los padecimientos de una manera tan bella, la lupa que usa para leer se le empaña de lágrimas. Él necesita paz para poder leer; de esa paz dependen los momentos placenteros.

Comenta el personaje que le parece acertado que ya en el inicio de una de las novelas que lee se defina a los malos con claridad, puesto que así cree que se evitan complicaciones y simpatías inmerecidas. Luis Sepúlveda crea en esta deliciosa novela a un hombre sensible, humano que descubre la lectura, que reflexiona sobre lo que lee, que muestra su preferencia por los sentimientos puros que le provocan las personas que aman de verdad, y lo hace apretando los libros junto al pecho. Siente la necesidad de leer para dejar que vuele su imaginación y porque el amor de las novelas le hace olvidarse de la barbarie humana.

Os presentamos a otro personaje transformado por la lectura, esta irrumpe en su vida hasta provocar un antes y un después marcado por el descubrimiento del goce de leer. Nos referimos a Una lectora nada común (2008) escrita por Alan Bennett. Su protagonista está convencida de que la lectura la hace más indulgente con su familia y de que aleccionar no es leer, sino la antítesis de la lectura.

“Creo que leo porque tenemos el deber de descubrir cómo es la gente”. Se hace hincapié en la influencia de la lectura, en su poder y su enganche: un libro lleva a otro libro con lo que menciona muchas obras más. El entusiasmo por la lectura conlleva que aflore en ella su lado humano, de esta manera conoce mejor los sentimientos ajenos y puede ponerse en el lugar del otro. “La literatura es una mancomunidad; las letras, una república”. Y sigue con sus particulares definiciones: “Un libro es un artefacto para encender la imaginación”.

En esta novela queda patente que la lectura nos iguala a todos. El inicio corresponde a una recepción oficial; el lector se introduce en la vida cotidiana de una reina, por eso los que le rodean ven en su nueva afición una parte negativa, porque tiende a excluir, a que no esté disponible, a retraerse; en definitiva, la ven como una actividad egoísta. Y como sucede, comúnmente, ella también pasa de la lectura a la escritura. “La escritura sirve para que exista en el recuerdo de la gente”. El autor, que procede del teatro, maneja el formato breve y dialogado para presentarnos un canto a la utilidad de la literatura, de una forma original y divertida.

Y si hablamos de metaliteratura en todos estos libros, ¿cómo omitir las novelas que llevan dentro otra novela, al igual que las muñecas rusas? En esta, en concreto, un personaje femenino lee —y nosotros también— el manuscrito que le ha dejado su exmarido. Rafael Reig nos ofrece una novela de sentimientos, de relaciones, titulada: Lo que no está escrito (2012).

Por lo tanto, se leen diferentes tramas a la vez y el narrador omnisciente va variando la perspectiva desde la que cuenta. Aparecen frases como: “El autor y el lector están separados por algo tan leve como una página. Son prácticamente iguales». «Una novela es una construcción superior a uno mismo. Crear es representar una realidad ajena al autor”. Resulta interesante la reflexión acerca de qué hacemos cuando leemos, en qué pensamos y cómo nos apropiamos de la narración: “Los escritores inventan a partir de su propia vida”; “Leer es proyectar sobre el texto”. Mientras el personaje de la exmujer lee, opina que con cada nueva página pierde calidad la novela y califica de infantil la audacia narrativa de quien la ha escrito.

Rafael Reig, escritor, profesor y librero, nos dice: “Sé que los libros sirven para vivir, para ser más feliz y para comprender mejor la realidad” y asegura que “más que leer hay que intentar vivirlos. Creo que esto es una forma de meterse dentro de los personajes y de acercarse a los libros. Sinceramente creo que hay que leer con más pasión y menos respeto”. Rotundamente afirma que la literatura sirve para conocernos mejor, para formular una hipótesis sobre nosotros mismos y la realidad en la que vivimos. Además, nos ofrece una definición en la que muestra la necesidad de los dos componentes: “El libro ejerce una función de bisagra. Por un lado, está el autor que plasma en papel una serie de frases sobre un fondo blanco, y por otro el lector, que escruta en un espacio limitado el sentido de las palabras y los silencios”.

Continuamos poniendo el punto de mira en el papel fundamental del lector, en su importancia. Es imprescindible porque la trama y los personajes están ahí por él. La obra de Bernhard Schlink lleva precisamente ese título: El lector (1997). Es una novela estructurada en tres partes muy diferentes, con una trama en la que se abordan temas como la lectura, la escritura, el analfabetismo… sobre los que nos invita a reflexionar. El narrador protagonista escribe la novela que nosotros leemos. Escribe para recuperar a alguien; lee para alguien, la lectura resulta ser la manera de hablar con ella.

Es una historia de unión entre dos personas, donde se palpa el erotismo y la política. Este autor alemán que se divierte tanto escribiendo —y fue por lo que abandonó su oficio de juez— confiesa que “escribir es parte de la vida”.

Así mismo, existe una novela en la que el personaje se rebela a su autor y donde, a su vez, se muestran los entresijos de la creación literaria, es decir, de quién crea a quién. Hablamos de Niebla (1914) y de don Miguel de Unamuno.

En ella, como buen filósofo que es, nos hace pensar en vivir la vida sin vivirla, en sentirse dentro de una nebulosa, en buscar la compañía de alguien, en dudar entre realidad y ficción, en saber quiénes somos. Los personajes se ven como entes de ficción. Para él, “hacer una novela” es lo mismo que alumbrar un ser vivo, por eso esta novela es la vida y leyéndola vamos comprendiendo el porqué de nuestras acciones. Este escritor intenta crear algo diferente a lo creado hasta entonces, de ahí la necesidad de denominarla de otro modo: inventa el vocablo “nivola” para definir su novela.

Y Cómo dejar de escribir (2017), la propuesta que nos hace la escritora malagueña Esther García Llovet en su quinta novela. En ella leemos: “Pero no lo hizo. Prefirió encerrarse en su cuarto a escribir novelas, esos novelones de cien mil páginas, la Biblia en pentámero yámbico”. El narrador protagonista, rodeado de personajes verosímiles, capaz de integrar al lector en su ambiente de hastío y desgana, intenta convivir con el peso del que fuera un gran escritor. Lo que parece una narración deshilachada, llena de secuencias breves numeradas, al final es un todo que cobra significado, al igual que el título. Y sobre él, la autora dice por un lado, “Creo que el título surgió al final él solo. Pero siempre me han gustado los títulos de los libros de autoayuda que te encuentras hasta en los aeropuertos y los supermercados” y por otro, afirma que “el mensaje de la novela es que hay que dejar de escribir tanto y vivir más”. Es la novela que no ganó el Premio Herralde, pero que fue excelentemente valorada por su jurado quien recomendó su publicación.

Nuestra particular y variada selección de novelas nos ha servido para ejemplarizar el término arriba definido. Hemos querido, a la hora de comentar estos libros, presentarlos de forma que pudiéramos crear un incentivo de lectura en todos vosotros y, por encima de todo, no destriparlos. En el mercado existen infinidad de obras en las que la literatura forma parte de la trama; en las que se hace referencia a la literatura dentro de la literatura; gracias a ellas gozamos y nos dan ese plus, la posibilidad de aprender aspectos relacionados con el hecho de escribir y de leer.

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