Vio como todo lo señalaba y la angustia se apoderó de su ser. Las declaraciones de los testigos que afirmaban haberlo visto colocar las cajas en su auto, las grabaciones de los videos de seguridad, el registro de sus llamadas telefónicas y su nerviosismo evidente parecían hacer creer que no tenia camino diferente a aceptar, al menos, haber estado en el lugar de los hechos.
Ni el ni nadie podría haberse imaginado tres meses atrás la avalancha de coincidencias tragicómicas que le tenía deparadas el destino en su futuro cercano.
Todo comenzó con una simple llamada telefónica. Cachú, su amigo y cómplice desde sus años juveniles, le propuso celebrar con un asado, sazonado con su cerveza favorita, el éxito obtenido en el campeonato de golf del club “Años dorados”, al que se habían afiliado al cumplir el requisito básico de arribar a sus 65 años. Además, le anunció que él había sido el escogido para recoger la carne, ya preparada, en su restaurante favorito “La Cama”.
Gustoso, aceptó el invite, agregando que aportaría las papas canadienses.
Y allí fue donde todo comenzó.
En aras de la verdad, es necesario enfatizar que Miguel no era de esos hombres que dejaban todo al azar. Su rigurosidad con el orden y programación de trabajos era conocida desde que tenía uso de razón. Tal vez por ese motivo la sorpresa de quienes lo conocían no ha cesado, a pesar de haber transcurrido un tiempo largo después de los acontecimientos.
La invitación señalaba la dirección de la nueva casa recién adquirida por la cuñada del amigo, como ubicada sobre la calle San martín e identificada con el número 45 y la hora del convite: 8:30 P.M. Eso le significaba tener que apresurarse para tener el tiempo suficiente de pasar por el restaurante, ubicado a varias calles de distancia y reclamar la carne y esas papas importadas, con las que tanto disfrutaban acompañar sus asados.
Tal como tenía previsto, salió de la ducha y se vistió con estilo ocasional, puesto que los invitados eran personas de confianza en su inmensa mayoría. Miró su reloj de muñeca y observó que tenía el tiempo adecuado para pasar por el restaurante. Entró al garaje, se introdujo en el carro y realizó una llamada a George, el propietario del restaurante, su amigo después de muchos años, pero este no respondió. Llamó entonces al responsable de la carnicería, buscando asegurarse de que su pedido estaría listo para la entrega. Acordaron verse directamente en la bodega de carnes. Esto le alegró, pensando que de esta manera economizaría tiempo ya que la entrada por la puerta principal conllevaba el saludo obligatorio y las charlas ligeras propias del protocolo de comunicación social que tenía establecido.
Encendió el motor, presionó el control que abría la puerta del garaje, iniciando el camino para dirigirse al encuentro con su destino.
Mientras conducía, le vinieron a la mente recuerdos de viejos convites donde, acompañado por su inolvidable compañera de vida, disfrutaban de las anécdotas y gran sentido del humor que habitualmente imperaba en las interacciones con su grupo de amigos de largos años. Recordaba con una sonrisa en los labios, la vez que Ramiro, siendo jefe de mercadeo del supermercado Ambrosia, aportó la carne para la ocasión. Quien, sin embargo, como más tarde aceptó, no prestó atención a la etiqueta de prevención colocada en la parte lateral del empaque y que alertaba sobre su consumo. Era una carne destinada al mercado mexicano, sazonada con un fuerte ají jalapeño incompatible con la sazón que con tanto entusiasmo acostumbraban a preparar sus convites. Por supuesto, en dicha ocasión el stock de cerveza se agotó en cuestión de minutos. Tal fue la desazón generalizada que el implacable ataque del fuerte ají jalapeño ocasionó en cuerpo y alma de los desprevenidos convidantes.
El roce de la defensa de su auto rozando con algo que calificó como ruido de metal rastrillando cemento, lo sacó abruptamente del armonioso espacio mental de sus recuerdos, obligándolo a realizar una imprevista maniobra de frenado, hundiendo el pedal del freno hasta donde su pierna, al alcanzar su máxima prolongación, se lo permitiera. Había golpeado un grueso pedazo de cemento caído sobre la calzada, posiblemente de uno de los tantos carros de mula utilizados para el transporte de desechos de construcción; carruajes de los que se sirven aquellos que realizaban remodelaciones en sus viviendas, con el fin de ofrecer servicio de alojamiento en las épocas de temporada turística, en búsqueda de recursos económicos suplementarios y por qué no, como herramienta de socialización personal que llevara a la conquista de un amor de temporada. ¡¡¡Mierda, se jodió la defensa!!! Pensó alarmado. Bajó del carro ansioso y con el temor a lo desconocido, solo para comprobar que el bloque de cemento había golpeado contra la parte inferior del vehículo y todo había quedado reducido a una pequeña, pero un tanto intensa, emisión de adrenalina de su organismo. Sacó con sus manos el indeseado bloque de debajo del vehículo y lo colocó sobre la franja de pasto que corría paralela al camino cementado del andén; retornó a su vehículo, donde hecho mano de una botella de alcohol, remanente de la pandemia de la Covi-19, limpió sus manos frotándolas vigorosamente y se dispuso a retomar el rumbo interrumpido.
Miró el reloj y observó que marcaba las 7:30. Dio un respingo al sentir que podría llegar tarde a la cita, lo cual generaría una mamadera de gallo interminable sobre su egocéntrica puntualidad. Era algo que no podía permitirse. Comenzó a presionar el acelerador del vehículo, pero consultando antes la visión de los retrovisores sobre la vía. No alcanzó a avanzar dos metros cuando un grito de pánico desgarrador paralizó sus sentidos y su cuerpo. Sin embargo, logró frenar a tiempo. lo cual le permitió al más diminuto can que jamás había visto antes en su larga vida, continuar su marcha a través de este mundo. Los improperios comenzaron a caer sobre sus virtudes humanas, sin dejar rescoldo alguno de su ser incólume: se había comenzado a pasar el semáforo en rojo en el momento exacto en que un pintoresco personaje iniciaba la travesía de la calle llevando de la cuerda a su pequeña mascota canina. Era difícil evitar fijarse en su actitud altiva y decididamente retadora, plena de gestos femeninos. Sus pantalones, de un rojo carmesí subido, servían de complemento a su camisa verde brillante de cuello blanco y botones color oro. “¿Qué haces, imbécil profundo?”, le espetó inicialmente, con la angustia dueña de su voz, el alterado protector canino, para luego comenzar una retahíla de adjetivos sin ton ni son, con los que esperaba desahogarse del pánico que la causaba imaginarse el posible final de su pequeño amigo, de morir aplastado bajo las llantas del automóvil de un irresponsable y tarado conductor. Su rostro denotaba el claro mensaje no verbal de deseo incontrolable de asesinar a quien pretendía arrollar sin piedad a su glamoroso animalillo, de quien habíase convertido en el decidido centurión defensor de su honra y física integridad. Miguel salvó el pellejo gracias a la distancia que lo separaba del energúmeno personaje ya que de otro modo habría caído fulminado por la mirada asesina hacia el dirigida por el guardián de su cuasi débil víctima.
Esbozando una leve sonrisa de comprensión y condolencia, ignoró la conducta del exaltado paseante y fijó su atención en las luces del semáforo, próximo a realizar el cambio hacia el color verde, para poder continuar sin sobresaltos hacia su cita final.
Antes de presionar el acelerador del auto, volvió a comprobar la hora y observó que el reloj le indicaba que eran las 7:45. Esta vez se aseguró que la luz verde estuviera encendida y aceleró el vehículo. No pudo evitar una leve sonrisa al recordar el rostro de pánico del llamativo personaje. “Hay gente que le teme hasta al miedo”, musitó. El restaurante se encontraba a muy corta distancia y arribó en pocos instantes, aprestándose a buscar un espacio libre donde estacionar. Para su fortuna, era aún temprano para la llegada de comensales y disponía de varios espacios de estacionamiento. Aparcó el auto y entró al restaurante.
El restaurante “La Cama” se había convertido en sitio de reverencia para los amantes de los buenos vinos importados y de las delicias gastronómicas de múltiples países, conocidos por sus platos típicos compuestos por carnes, frutos del mar y verduras de diferente tipo. Podría pensarse que esa clase de platos provendrían de cualquier lugar del planeta. Sin embargo, lo llamativo del restaurante “La Cama” era su equipo de Chefs, el cual estaba conformado por expertos cocineros de origen diverso, siendo cada uno de ellos verdaderos maestros de la cocina de sus países de origen. Allí se podía degustar un buen bistec de res levantada en Argentina, así como una buena pechuga de pollo criado al aire libre y de origen mexicano. Así mismo, la paella española y el jamón serrano hacían parte del particular menú. Tailandia y sus frutos de mar, Colombia, con su sancocho costeño y Alemania con sus salchichas, completaban la oferta junto con las incomparables papas producidas en la Isla del príncipe Edward, provincia de Canadá. Por supuesto, la “disputa” por la reserva de una mesa era intensa. Lo simpático de todo era el nombre escogido por su propietario quien, años atrás, durante una amena tertulia rociada de vinos franceses exclusivos, le reveló el origen de este: el negocio nació y tomó prestigio sin su participación. Ha recibido el beneficio económico sin hacer esfuerzo alguno ya que se encontraba inmovilizado en cama a causa de un accidente en su bicicleta, al rodar sin control barranco abajo, para evitar atropellar al diminuto can que se le interpuso en la ciclovía, donde acostumbra a ejercitarse para mantenerse en forma en sus maduros 45 años. Las vertebras soldaron mucho tiempo después de que el restaurante se hubiese posicionado como el mejor de la ciudad.
Entró directo por la puerta lateral, penetrando a la bodega donde se encontraban almacenados la carne y los sacos de papa importados. Él era, por supuesto, un cliente especial, lo cual le permitía adquirir a granel las famosas papas cultivadas en las islas del atlántico canadiense.
Su pedido estaba listo y fue llevado al baúl de su coche por el carnicero asignado como responsable de bodega. Se le hizo un tanto extraño el gesto de atención de Mariano, tal cual era su nombre, pero lo aceptó de buen agrado. Sin embargo, vio mas extraño aún que Mariano le preguntara si tendría inconveniente en darle un aventón, dejándolo en la parada de bus mas cercana. “Necesito ir a recoger mi auto”, le expresó. Nunca le había solicitado algo de ese tipo. Pero accedió, reiniciando su camino hacia la fiesta.
Se instaló en el asiento del conductor y procedió a llamar a Cachú, para informarle que tenía consigo la carne y las papas y que llegaría en poco tiempo a la cita.
Comprobó de nuevo la hora, eran las 8:05. Encendió el motor del carro y apretó el acelerador, decidido a terminar su recorrido antes de las 8:30, hora oficial de la cita.
Por el rabillo del ojo, notó ligeramente nervioso a Mariano, quien se acariciaba de manera ansiosa las manos y permanecía silencioso durante el recorrido. Este le respondió que todo estaba bien, al manifestarle su inquietud por su extraña conducta, al tiempo que desembarcaba en la parada de autobús por el determinada de antemano. Se dieron un adiós amigable con deseos de verse pronto y continuó su camino.
Prendió la radio para escuchar su emisora de música favorita y relajó la mente, al pensar en que su última escala sería el final de su destino.
Atravesó la luz verde del semáforo ubicado sobre la gran avenida, situada a una cuadra de distancia de su destino, cuando se sorprendió de ver las luces blancas, rojas y azules de dos carros de policía que le ordenaban orillarse y detener su vehículo.
Sin saber aún que ocurría, preguntó ansioso al oficial de policía por la razón de su orden de detenerse. Su ansiedad aumentó al escuchar al oficial ordenarle apagar el motor del auto y salir inmediatamente del vehículo con las manos en alto. Al salir se encontró encandelillado por las luces de las linternas de los policías, quienes lo tomaron de los brazos, llevándoselos hacia su espalda para proceder a colocarle las esposas a la vez que le comunicaban que estaba detenido y le enunciaban sus derechos ciudadanos. Aún sin entender y presa de un gran nerviosismo ante lo desconocido, logró balbucear la pregunta del porque de su detención.
El oficial a cargo de la patrulla, con amabilidad y firmeza le anunció que su detención obedecía a que había sido identificado como integrante de una peligrosa red de traficantes de carne de burro, la cual vendían haciéndola pasar como de ganado vacuno. Agregando que uno de sus socios, Mariano, había sido igualmente apresado y había aceptado su participación como figura principal del grupo delictivo. Nunca, durante sus 70 años de vida, había pasado por un hecho tan denigrante y terrorífico como este. Indudablemente, era evidente que se encontraba en un fuerte estado de shock emocional.
ALBERTO LACOUTURE.
Saint-Hubert, Québec, Canada, 10-17,2024
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