» El Último Adiós a Emiro Zuleta».*

A los 86 años, se ha apagado la voz física, pero no la poética, de Emiro Zuleta, el hombre que logró traducir el latir del corazón provinciano en melodías inmortales.
Nacido en la cuna de juglares, Emiro no solo heredó el apellido de una estirpe musical; él construyó su propio Puente Salguero» , nota a nota. Su partida marca el cierre de un capítulo dorado en la historia del vallenato costumbrista, aquel donde la letra importaba tanto como el acordeón.

Emiro Zuleta Calderón nació en La Paz, un pueblo donde el vallenato no solo se escucha, sino se respira. Desde muy joven, entendió que su misión era narrar la cotidianidad de su tierra, a pesar que desde temprana edad el friolento Bogotá , fue su refugio estudiantil, y más tarde su   hábitat permanente.  Mientras otros buscaban la fama rápida, él se dedicó a observar los diciembres, los adioses y las parrandas que terminaban con el rocío de la mañana.
Su sensibilidad lo llevó a componer himnos que hoy son patrimonio emocional de Colombia. Fue un artesano de las palabras que supo interpretar la identidad de un pueblo que ríe y llora al son de una caja, una guacharaca y un acordeón.
La historia del vallenato no se puede contar sin mencionar la llave maestra que Emiro formó con Jorge Oñate y Los Hermanos López. En aquella época de oro, cuando el canto se profesionalizaba, las composiciones de Zuleta encontraron en la voz del «Jilguero de América» el vehículo perfecto para la inmortalidad.

«Igual que aquella noche»: Una oda a la nostalgia que se quedó grabada en el ADN de los parranderos.
«Diciembre alegre»: La canción que, año tras año, anuncia que la familia debe reunirse bajo el mismo techo.
«La Paz es mi pueblo»: Un canto de arraigo y orgullo por el terruño que lo vio nacer.
Sus obras no eran simples canciones; eran crónicas sociales y románticas. Temas como «Adiós amor», «Con toda el alma», «Barranquillera» y la infaltable «Remembranzas», demostraron que Emiro poseía una versatilidad única para cantarle tanto al despecho más profundo como a la alegría más desbordante.

Un legado que trasciende el tiempo

Emiro Zuleta no escribió para las listas de éxitos temporales; escribió para la memoria colectiva. Su música es el puente entre el vallenato rústico de los juglares antiguos y el vallenato lírico que conquistó las grandes ciudades.
«La música de Emiro tiene ese olor a tierra mojada y a café por la mañana; es la esencia pura del Cesar», comentan hoy sus colegas en las plazas de Valledupar.

Hoy, las banderas en La Paz ondean a media asta. El compositor ha partido, pero su herencia queda en cada acordeonero que intenta replicar sus notas y en cada seguidor que, con una copa en la mano o un suspiro en el pecho, entona sus versos.
Emiro Zuleta se va a los 86 años, pero se queda para siempre en el «Diciembre alegre» de cada hogar colombiano y en la «Remembranza» de un folclor que nunca lo olvidará. Paz en la tumba del maestro.

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BLOG DEL AUTOR: *Alfonso Osorio Simahán 
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