Alfonso Osorio Simahán

El silencio que deja un ídolo cuando se apaga de golpe no es un silencio común; es un vacío que zumba en los oídos de un país entero. La noticia del trágico accidente aéreo en el que perdió la vida Yeison Jiménez ha caído como un mazo sobre el corazón de Colombia. El «Aventurero», el hombre que le cantó al triunfo sobre la adversidad, terminó su viaje de la forma más inesperada, dejando un eco de guitarras, violines y acordeones huérfanos, y conciertos que nunca sucederán.
Sin embargo, en este país de geografía abrupta y destinos cruzados, la tragedia de Yeison no es un hecho aislado. Es, dolorosamente, el capítulo más reciente de un libro que la música colombiana lleva escribiendo décadas con tinta de luto. Parece una maldición de los caminos: cuanto más brilla una estrella, más cerca parece estar el asfalto o el cielo de reclamar su presencia.

«El Vallenato: El Género que más ha Llorado»


Si hay un ritmo que ha pagado un peaje de sangre desproporcionado, ese es el vallenato. La historia de nuestra música popular está cimentada sobre carreteras que prometían aplausos pero entregaron cruces.
La memoria nos obliga a retroceder al 1 de febrero de 1950. Eran tiempos donde las carreteras eran apenas cicatrices en la tierra. En el tristemente célebre «Siniestro de Ovejas», la tragedia cobró dimensiones bíblicas. Una «chiva» llamada La Cubita se convirtió en una pira funeraria donde murieron 30 personas. Entre las llamas se apagó la voz y el fuelle de Rafael Gutiérrez, un acordeonero guajiro que apenas empezaba a escribir su leyenda. Aquel horror quedó grabado para siempre en la cultura popular gracias al compositor Carlos Araque en el merengue «El Siniestro de Ovejas», y una magistral interpretación de Jorge Oñate con los Hermanos López, recordándonos que el fuego también puede silenciar el acordeón.
Apenas tres años después, el 19 de marzo de 1953, la muerte volvió a acechar en las carreteras de Bolívar. Eduardo Lora, el guacharaquero que ponía el ritmo y la memoria en la agrupación del maestro Andrés Landero, dejó su vida en el camino, inspirando una de las elegías más sentidas del juglar de San Jacinto.

«Los Años de Hierro: Motos y Tragedias Urbanas»

En los años 70 y 80, la muerte cambió de vehículo pero no de intención. El éxito, a veces, viaja sobre dos ruedas o se encuentra con la imprudencia en el camino.
Gildardo Montoya (1976): El 25 de noviembre, el compositor antioqueño que hacía bailar a todos con sus letras picantes y populares, perdió el control de su motocicleta en una calle de Medellín. En el pico de su carrera, Montoya se convirtió en leyenda antes de tiempo.
No fue Vallenato de ancestro, pero muy comprometido en gusto y afinidad con este folclor.Justo , cuando » Plegaria Vallenata «, sus grandes éxitos , causaba furor en el panorama musical, le sobrevino la muerte.Enrique Díaz  le grabó »  La Muerte Viene a Caballo».
Martín Elías Maestre Hinojosa (1979): El 1 de agosto, el folclor vallenato perdió a una de sus mentes más brillantes y creativas. Martín , tío y mentor fundamental de Diomedes Díaz, falleció en Valledupar cuando la camioneta en la que viajaba, conducida por un Diomedes en estado de embriaguez, se estrelló contra una pila de asfalto en la vía. Su muerte marcó para siempre la vida y el canto del «Cacique de la Junta».


Lucho Cuadros (1980): Hay ironías que parecen escritas por un guionista macabro. Lucho Cuadros saboreaba el éxito de su grabación junto a Calixto Ochoa, una canción titulada premonitoriamente «Muriendo lentamente». El 31 de diciembre de 1979, en la vía Sincelejo-Tolú, un accidente en moto le arrebató el aliento. Moriría el 6 de enero, dejando aquel estribillo como un epitafio amargo.
Adaníes Díaz (1983): La Guajira también entregó su tributo de dolor el 9 de febrero de 1983. El «Príncipe de la Guajira», cantautor y compositor nacido en Barrancas, encontró el final de su camino en Riohacha a los 30 años. Su voz, que prometía ser una de las más grandes del folclor, se apagó dejando un vacío inmenso en la tierra que lo vio nacer.

«La Década de los 90»

Los años 90 marcaron a una generación con pérdidas devastadoras para el folclor nacional.
Juancho Rois (1994): El 22 de noviembre, el cielo venezolano se tragó la genialidad de Juancho Rois. «El Conejo», el acordeonero que revolucionó el instrumento al lado de Diomedes Díaz, falleció en un accidente aéreo en El Tigre. Con él, se fue una parte del alma del «Cacique» y una era dorada del vallenato.
Patricia Teherán (1995): El 19 de enero, la tragedia se mudó a la vía Barranquilla-Cartagena. «La Diosa del Vallenato» vio cómo su vida se detenía en un volcamiento, a la altura del sector Loma de Arena.Su muerte fue el fin del sueño de una mujer que conquistó un mundo de hombres con puro talento y carácter.
Ramiro Peñaloza (1998): El 12 de agosto de ese año, la fatalidad visitó el sector de Tasajera, en la vía Ciénaga-Barranquilla. Allí se apagó la vida del destacado acordeonero Ramiro Peñaloza Marriaga, quien junto a Osnaider Brito y «Los Muchachos del Vallenato» proyectaba un futuro brillante.
Hernando Marín (1999): El 5 de septiembre, el «Poeta de los Pies Descalzos» y autor de himnos como ‘La Creciente’, cerró su ciclo vital. Marín falleció en un accidente de tránsito en el sector de El Bongo, vía que conduce  de Los Palmitos, Sucre, a Magangué .Con su partida, el vallenato perdió a uno de sus compositores más sociales y sensibles, dejando un vacío irreemplazable al final del milenio.
«El Nuevo Milenio»
El siglo XXI no ha sido más clemente. Las carreteras modernas parecen haber multiplicado los riesgos para los artistas que corren de un pueblo a otro.
En 2003, el destino fue cruel con Arturo Durán, voz de los Hermanos Sarmiento, quien murió tras un accidente causado por un pinchazo en la Vía Circunvalar de Barranquilla. Ese mismo año, Jesús Manuel Estrada, el hombre de «Los caminos de la vida», falleció en una carretera del Cesar.
Luego vino el golpe al corazón de la «Nueva Ola»: Kaleth Morales, el 24 de agosto de 2005, dejó su «Vivo en el limbo» para siempre en las carreteras de Bolívar. Años más tarde, el 14 de abril de 2017, la historia se repitió con Martín Elías, el hijo del Cacique, quien murió tras volcarse su camioneta en Sucre. Finalmente, el prolífico Romualdo Brito, viajando hacia Bogotá, perdió la vida en las carreteras del Cesar que tanto recorrió en sus canciones.
Conclusión: «El Precio de la Fama en Movimiento»
Hoy, con la partida de Yeison Jiménez, el género popular se une a este panteón de ausencias ilustres. La crónica de la música en Colombia es una bitácora de viajes interrumpidos. Los artistas, en su afán de llevar alegría a cada rincón del país, se convierten en nómadas del peligro.
Yeison, que cantaba a los «buenos muchachos» y a las «ganas de salir adelante», se ha ido dejando un legado de resiliencia. Pero su muerte, al igual que la de Adaníes, Martín Elías Maestre, Juancho, Patricia, Hernando Marín, Kaleth y Martín Elías, nos deja una pregunta incómoda: ¿Cuánto talento más se debe tragar la carretera?
Descansen en paz los músicos, que aunque sus cuerpos se detuvieron en una curva o en un mal vuelo, sus canciones siguen rodando por el tiempo, invictas frente al olvido.
Alfonso Osorio Simahán
Alfolele*

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