Alejandro Dumas
Donaldo Mendoza
En la primera mitad del siglo XIX, dos tendencias dominan el arte y la literatura en Europa:
Romanticismo y Realismo. En El conde de Montecristo se perciben rasgos de ambas escuelas,
pero para efectos de análisis la crítica ha fijado para Dumas una vertiente llamada «histórico-
fantástica»; es decir, la historia adobada con la imaginación del autor, el poder descriptivo que
mantiene el interés creciente del lector hasta el final, y una declaración de verosimilitud del
narrador: «Esta historia, por fabulosa que parezca, os la relato como cierta desde el principio
hasta el fin».
Para ‘las notas particulares’ de esta reseña, que merezcan la atenión del lector, pongo mi
confianza en la comprometida palabra del narrador: “me pincho los dedos y escribo con mi
sangre”. Palabra refrendada asimismo en la que podría ser la tesis desarrollada en la novela: “Es
preciso la desgracia para descubrir ciertas minas misteriosas que encierra la inteligencia
humana”. Esa ‘desgracia’ la veremos en unos conflictos generados por innumerables situaciones
en la novela. En efecto, para un lector atento no pasará inadvertido el énfasis que el narrador (y
por supuesto el autor) da al rol de la mujer en esta época histórica. Con suficientes aristas para un
ejercicio dialéctico.
La ‘desgracia’, por ejemplo, del Evangelio, en donde a pesar del discurso visionario de
Jesucristo, para la mujer no deja de ser “esa fuente eterna de los desgraciados, que nos ha dado, a
nosotras, pobres mujeres, el sostén de la admirable parábola de la hija pecadora y de la mujer
adúltera”. Y en el imaginario masculino, vigente en el tiempo del autor, la mujer sigue siendo
objeto de displicencia: “Una amante, querido conde, se abandona; pero una esposa, ¡peste!, eso
ya es otra cosa; eso se guarda eternamente, de cerca o de lejos”. Y esta perla que envilece aún
más su condición: la ‘necesidad’ de un padre, de que “escogieses esposo lo más pronto posible,
para ciertas combinaciones comerciales…”.
Pero la literatura (la novela) no victimiza o enajena, libera. Y el diálogo dialéctico sabe hacer
la síntesis mirando a la cara la tesis y la antítesis. En consecuencia, ante la mujer ‘sumisa’ o la
‘rebelde’, esta declaración: “…tengo horror a esta vida ordenada, acompasada y pautada como
nuestro papel de música. Lo que yo siempre he deseado, ambicionado y querido, es la vida de
artista, la vida libre, independiente, en la que no se depende más que de una…”. Una utopía
liberadora, a costa inclusive de que “su padre perdiese su fortuna”. Una época, vale decir, “en que
el arte convertía en valiosos los metales más viles”.
Termino con un puñado de frases que sustentan el valor ético de esta muy entretenida novela.
✔Siempre he tenido más miedo de una pluma, de un tintero y de un papel que de una espada o
una pistola.
✔ Las quejas compartidas con otro casi son plegarias; las súplicas que se hacen a dúo casi son
acciones de gracia.
✔ Pon cara de estimarte y te estimarán.
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