Por José Atuesta Mindiola*
La semana pasada que estuve por Barranquilla, celebramos con Jaime Ríos el reencuentro. Jaime fue compañero de estudios en la Universidad Distrital de Bogotá. Así pues, hubo tiempo para evocar muchas anécdotas, hablar de experiencias en el magisterio, y disfrutar de sus viejas cualidades de humorista. Al igual que en la universidad, hoy sus colegas docentes le siguen llamando el «terapeuta de la risa»; por eso le resulta fácil disertar: “La risa es gratuita y es sinónimo de vida, de fiesta y salud mental, porque libera del estrés y la ansiedad. Tras una carcajada se activan las endorfinas, que son las hormonas responsables de la sensación placentera y sedante. Al reírnos, aumenta la ventilación y la sangre se oxigena. La risa está conectada con el hemisferio derecho, parte del cerebro responsable de la creatividad, la intuición, el juego y el arte”.
Jaime Ríos confiesa que sus cualidades humorísticas fueron heredadas de su padre, Pedro Ríos, a quien sus amigos llamaban el rey «Midas de la risa», por ser un genio de la creatividad y el humor. Su padre, en ratos de juergas, solía decirles a sus compañeros que en la hora de la muerte no fueran a llorar, que lo despidieran con risas. Y cuando llegó la hora postrera, su mujer, fiel a la voluntad de su esposo, ordenó cambiar el vidrio del ataúd por un espejo; todo el que llegaba a la funeraria ataviado de tristeza, al inclinarse al ataúd con la intención de ver la cara del difunto, se impresionaba al mirarse en el espejo, y confundido soltaba una silente carcajada, para ser fiel a la última voluntad del amigo difunto.
Jaime Ríos cuenta que en Barranquilla subió en un bus urbano y se sentó al lado de un señor de sombrero, de similar edad, a quien saludó con amabilidad, y éste con gesto adusto respondió con monosílabos. Entonces ideó un ejercicio para demostrar que la risa es contagiosa: después de unos minutos, empezó a mover los labios y soltó una risa moderada; luego, en dos ocasiones, en intervalos de tiempos semejantes, repitió el mismo ejercicio y volvió a reír con un tono alto. El señor le preguntó: ¿Y usted, de qué se ríe? Le respondió: –Es que me, estoy echando chistes–. –Y por qué no los echas en voz alta, para reírme también-. Y respondió: –Es que yo no tengo gracias para contar chistes a otros, por eso los cuentos para mí-. El señor respondió: –Ah, bueno, entonces me tocará reírme de su risa–. Y así fue, los dos terminaron riendo y conversando. Hoy son grandes amigos.
Otra anécdota: En un restaurante en Cartagena, al leer el menú, ordenó el plato: “raíces tropicales con crema semiácida”. Cuando le trajeron el plato, sorprendido se derritió de risa, porque era yuca con suero salado. Después de la cena fue donde el administrador y, entre efusivos aromas de risas, lo felicitó por su creatividad gastronómica.
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*José Atuesta Mindiola es un ilustre docente, escritor y poeta nacido en Mariangola, Cesar, cuya vida ha estado dedicada a exaltar la identidad del Caribe colombiano. Reconocido como «El Poeta de la Provincia», su obra fusiona la lírica académica con la narrativa tradicional del vallenato. Ha publicado múltiples libros de versos y crónicas que rescatan la memoria histórica de su región y sus juglares. Como columnista y pedagogo, ha sido un incansable promotor de la lectura y el folclor en las nuevas generaciones. Su pluma se caracteriza por una sensibilidad profunda hacia el paisaje, las costumbres y la herencia oral de los pueblos del Cesar. Es, sin duda, un referente imprescindible del patrimonio literario y cultural de Valledupar.

AUTOR: * José Atuesta Mindiola
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