*Mi Crónica Dominical *
Alfonso Osorio Simahán *
Prólogo:
Estas son un par de crónicas unificadas de dos aventuras festivaleras que entrelazan la nostalgia, el sacrificio y el destino también de dos momentos cumbres en la historia del Festival de la Leyenda Vallenata, vista a través de los ojos de quien cambió un reloj por un sueño: le tocó cargar a un reconocido cajero muerto y dos años más tarde donar 25 pesos a un encumbrado acordeonista.
Crónica I:
Una huelga de profesores en el Liceo de Bolívar no fue para mí una vacación, sino un banderazo de salida.
En marzo de 1972, se radicalizó una huelga de profesores de instituciones educativas oficiales, que se había iniciado el año anterior. Esto sumió a Cartagena en un silencio académico, lo que dio origen que en mi cabeza retumbaban los acordeones que los periódicos capitalinos anunciaban para el 5.º Festival de la Leyenda Vallenata. La pasión no solo me quemaba, sino que alborotó mi fantasía folclórica, un sueño que parecía irrealizable: pisar alguna vez los predios de Pedro Castro. Ante la falta de recursos para la «correduría» , no lo dudé: entregué mi reloj de pulsera Seiko en una casa de empeño – compraventa – ubicada en la Calle Media Luna con tan buena suerte que la regentaba un sinceano, quien no solo nó puso tanto reparo ante el atrevimiento, sino que me encimó unos pesitos de más. Ese pequeño sacrificio de metal y cristal fue mi tiquete de entrada al mito.
El viaje fue una combinación de sobresaltos y de entretenimiento. En el Brasilia que me llevaría al Valle viajaban también dos temerarios participantes bolivarenses a la Corona Profesional: Manuel Caraballo y José de los Reyes Campo.
Todavía siento el vacío en el estómago la vez aquella cuando me tocó cruzar el Río Magdalena en el ferry. Hoy, es la hora que no sé qué pasó aquel día al operar el “planchón” del trasbordo, Atlántico – Magdalena – que dio unos tumbos endemoniados, que estuvimos a punto de zozobrar al momento de zarpar. Eventualidad que casi me hace desistir antes de tocar tierra firme.
Al llegar a Valledupar, la realidad me dio el segundo golpe: un paisano, excompañero de colegio, quien me había ofrecido posada, no estaba en su casa aquel día. Se encontraba fuera de la ciudad. Me vi solo, con el mapa de mis ilusiones como única almohada, pero el espíritu del festival ya estaba en el aire y no había marcha atrás. Ubiqué con alguna información vaga que traía a otro coterráneo, Carlos García, quien, gloria a Dios, resultó ser para mí el salvavidas y un superior anfitrión.
El festival es un monstruo que te devora y te fascina. Recuerdo la crudeza de ver a un músico en su evangelio —luego supe que era un célebre cajero— derrumbarse en plena tarima, vencido quizás por el cansancio o los excesos de la bohemia. Fue un recordatorio de que detrás del folclor hay carne, hueso y tragedia. Lo acompañaba un acordeonero de baja estatura, de apariencia sexagenaria, colorado, canoso, sonrisa bonachona y curtido por su visible arte. Era el mismo acordeonero a quien yo me le había sentado al lado de manera espontánea el día anterior en una heladería de la Plaza Alfonso López, mientras amenizaba una entretenida parranda en aquel lugar.
El aire en la Plaza Alfonso López no era simplemente oxígeno; era una densidad invisible compuesta de sol caribeño, sudor y esa efervescencia que solo el vallenato sabe destilar. Yo estaba allí, un curioso joven espectador con los ojos bien abiertos, buscando la figura mítica de Emiliano Zuleta Baquero, a quien de manera fortuita lo acababa de conocer. Por lo tanto, yo quería ver a esta leyenda » domar el fuelle, pero lo que no sabía es que al día siguiente veía morir al “pulpo” mismo de nuestra tierra.
En el interior de una heladería, la parranda no era una fiesta, era un rito. El Viejo Emiliano desgranaba notas con esa maestría de casta, y vomitaba una ristra de versos autóctonos que lo hacía único, pero a su lado, sosteniendo el universo entero, al compás del cuero, estaba Cirino Castilla.
Él no golpeaba la caja; la hacía pensar. Sus manos, que cargaban la herencia de una dinastía que hoy vive en Rodolfo, «Tito» y Dimas, acariciaban el cuero para que confesara secretos. Ese día, Cirino estaba en la cima de su oficio, dándole una base de acero a los versos del “Viejo Mile”.
De pronto, a las 11:15 de la mañana, del 29 de abril, el tiempo se quebró. No fue una nota falsa ni un descuido del acordeón. Fue un silencio abrupto, antinatural, que caló más hondo que cualquier estruendo. Yo lo vi, no me lo contaron – pues. estaba a unos dos metros del sitio – cuando Cirino se desplomaba, y escuché el golpe seco de la madera contra el suelo de la plaza que fue como un augurio funesto que nos heló la sangre.
El caos devoró la música. Los gritos pidiendo ayuda se mezclaron con el eco de una parranda que ya nadie quería oír. Me vi allí, entre la multitud, ayudando a cargar ese bulto que ya no pesaba como un hombre, sino como un duelo. Levantamos – digo levantamos – porque ante una docena de personas, yo lo que pude hacer fue sostener uno de los brazos inmóviles de Cirino; yo quería figurar en medio de aquel caos, mientras en volandas lo sacábamos de la plaza mientras el “Viejo Mile” abandonaba el acordeón con el rostro descompuesto, mirando sus manos ahora huérfanas de ritmo.
Fue un infarto fulminante. La caja se había silenciado porque el corazón del cajero había decidido que no había mejor escenario para el último golpe que el fragor de la competencia.
Aquel día reconocí a Emiliano Zuleta, pero no en la euforia de la victoria, sino en el abismo de la pérdida. «Prometí no competir más nunca allí», confesaría años después con la voz quebrada por el recuerdo de su compadre.
Argumentalmente, la muerte de Cirino Castilla no fue solo una tragedia humana; fue el cierre de un ciclo donde el juglar se funde con su instrumento hasta el último aliento. La Plaza Alfonso López no guardó un minuto de silencio; guardó un luto histórico que aún resuena en cada festival.
Hoy, cuando un niño toma una caja y busca con sus dedos el «canto» o el «fondo», está invocando el espíritu del patriarca. Cirino Castilla no murió del todo; se quedó viviendo en el compás de 4/4 que nos define. Porque mientras una caja vallenata suene con la limpieza que él enseñó, su mano seguirá allí, invisible y eterna, marcando el pulso de nuestra propia historia.
Ver a Cirino era entender que el vallenato tiene una gramática que no se escribe en papel, sino en cuero. Antes de él, la caja era un instinto salvaje; con él, se convirtió en lenguaje. Alguien dijo: “Cirino fue el arquitecto que nos enseñó el alfabeto rítmico”:
El Canto: Ese golpe agudo en el borde, como un grito que despierta la mañana.
El Medio: El centro exacto donde el ritmo encuentra su equilibrio.
El Fondo: El latido grave que retumba en el esternón y nos recuerda que venimos de la tierra.
Él no golpeaba la caja; la hacía pensar. Sus manos, que cargaban la herencia de una dinastía que hoy vive en Rodolfo, «Tito» y Dimas, acariciaban el cuero para que confesara secretos. Ese día, Cirino estaba en la cima de su arte, dándole una base de acero a los versos del “Viejo Mile”.
Epílogo:
El cierre de aquel 5º. Festival, fue otro despelote absoluto. Aquel año, el evento se trasladó por primera vez al Estadio Chemesquemena. El ambiente estaba caldeado. Cuando el jurado anunció a Miguel López como Rey Vallenato, la multitud estalló. Lo llamaban «El Rey Mudo», y la protesta se convirtió en trifulca; el pueblo no aceptaba el fallo y las graderías se volvieron un volcán de reclamos. El gran público a quien había visto ganador fue al Rey de la Cumbia, el sabanero , Andrés Landero. A pesar de la decepción del público y los contratiempos, para aquel estudiante del Liceo de Bolívar, el viaje fue una victoria. Regresé a Cartagena sin reloj, pero con el alma llena de cantos y la satisfacción de haber sido testigo del nacimiento de una leyenda.
Crónica II : <Los 25 Pesos de la Esperanza>.
Para abril de 1974, hablando del 7º. Festival Vallenato, trajo un aire diferente. En el concurso de acordeonero semiprofesional, aparecía un joven prodigio de Villanueva: Israel Romero. El «Pollo Irra”», con apenas diecisiete años, ya tenía la magia en los dedos, pero el jurado, implacable y a veces ciego, lo eliminó en la fase inicial. La frustración en su rostro era un trago amargo para quienes sabíamos que su música era verdad.
Aquel año, quiero anotar, tuve un guía de lujo, mejor dicho, una brújula, Jesús “Chu” Calderón. Lo conocí en el Club La Popa de Cartagena, en una presentación sabatina de los Hermanos López, con Jorge Oñate. Aquella ocasión «Chu» era el baterista de esa agrupación. Pero esta vez, en el festival, se desempeñaba como cajero acompañante de Israel Romero y a la vez concursaba al premio del Mejor Cajero.
Por medio de » Chu»fue que viví y palpé los eventos más relevantes del Festival. Antes de la competencia, tuve el privilegio de asistir a un rito privado: el ensayo de una canción de Daniel Celedón- “Pobre Arhuaco” – inscrita para el Concurso de la Canción Inédita. Allí, en plena calle, al frente de una entidad bancaria, la voz de Daniel se entrelazaba con las notas de aquel jovencito trigueño, llamado Israel Romero. Era la génesis de algo grande, música servida pura, sin micrófonos de por medio.
Tras el ensayo, la hospitalidad caribe se hizo presente en casa de una tía de Daniel, por iniciativa de éste, por supuesto. Allí, entre cuentos y risas, compartimos un suculento sancocho que sabía más a gloria y a hermandad, que a gallina. Fue en aquel patio donde entendí que el vallenato no es solo competencia; es la familia que se elige alrededor de una olla humeante. Finalizando la tarde de aquel día, «Chu» me invitó a La Paz, pueblo de dónde era oriundo , para presenciar una tradicional parranda en el patio de la casa paterna de los Hermanos López.
Cuando nos enteramos de la eliminación de la contienda musical del Pollo Irra, ingenuamente fuimos a buscar al poeta, al «Flaco de Oro», Gustavo Gutiérrez Cabello, Gerente de la Oficina de Turismo, quien era entonces la oficina encargada de la organización del Festival Vallenato, para que intercediera ante el jurado. De estos a quien recuerdo es a Armando Zabaleta. Suplicamos, argumentamos, pero la pared del jurado fue infranqueable. La tarde cayó con el peso del fracaso y la realidad golpeó el bolsillo: Israel no tenía dinero para el pasaje de regreso a su tierra.
«Toma, mi llave», le dije, entregándole 25 pesos que me puso a temblar el bolsillo mío para el pasaje de regreso a Cartagena. «Vuelve, practica, y el año que viene regresas por lo tuyo».
Esos billetes fueron el puente entre la desazón de Valledupar y la gloria de Villanueva. No fue una inversión en dinero, fue una inversión en una leyenda. Ese joven, que se fue derrotado en un bus intermunicipal, pronto encontraría a Rafael Orozco para fundar el Binomio de Oro y cambiar la historia del mundo vallenato.
Epílogo: La Herencia del Sinsabor
Hoy, al ver los afiches que anuncian los homenajes a estos grandes, comprendo que el Festival de la Leyenda Vallenata se forja tanto en las victorias como en las tragedias. Se forja en el infarto fulminante de Cirino, que dejó a Emiliano Zuleta con las manos huérfanas de ritmo, y se forja en los 25 pesos que permitieron a Israel Romero volver para reclamar su trono.
Me queda la satisfacción de haber estado allí, entre el polvo y el calor, rozando la historia. Porque mientras una caja vallenata suene con la limpieza que enseñó Castilla, y un acordeón llore con la finura que perfeccionó el «Pollo», mi viaje —aquel que empezó con un reloj empeñado— habrá valido cada segundo de nostalgia.
Pero el festival tiene sus sinsabores. Ese mismo año, el «Pollo Irra», con apenas diecisiete años, fue eliminado, justa o injustamente. Ver la frustración en su cara fue un trago amargo que ni el mejor Old Parr podía pasar. Tras la súplica fallida ante el poeta Gustavo Gutiérrez, nos vimos en la terminal, ante la crudeza de la derrota.
Pero no todo fue sombra. Tuve el privilegio de explorar la historia: interactuar con compositores, cantantes y acordeoneros que hoy son leyendas, sintiendo la vibración del fuelle a pocos metros de distancia. Era la música que me aprisionaba, servida pura y sin filtros.
Hoy comprendo que el Festival se forja en esos contrastes: en el infarto de Cirino, en el sancocho compartido con Daniel, en el baquiano «Chu» que me enseñó a oír el cuero, en la oportuna atención de Carlos García y en la vulnerabilidad de un Israel Romero que necesitó 25 pesos para volver a su nido, Villanueva. ¿Será que si me topo con él, se los cobro?
Regresé a mis tierras sin reloj, el cual nunca recuperé , pero con el alma llena de cantos. Fui testigo de cómo la adversidad forjó el carácter de los maestros. Porque mientras una caja suene con la limpieza de Castilla y un acordeón llore con la finura de Romero, mi viaje habrá valido cada segundo de nostalgia.
Alfonso Osorio Simahán
Alfolele*
♦♦♦

BLOG DE: *Alfonso Osorio Simahán
Siguenos en X: @portalvallenato
Telegram: @portalvallenatonet
Instagram: @portalvallenatonet
Threads: portalvallenatonet
Facebook: Portal-vallenatonet
Correo: elportalvallenato@gmail.com
Autor: ponchosorio@gmail.com || ECD370
