Por Ramiro Elías Álvarez Mercado *
En la tradición del vallenato existen canciones que no nacen únicamente para ser escuchadas, sino para contar la historia de un destino. Tal es el caso de “Canta, canta muchacho”, obra del compositor Ignacio Cantillo Vázquez, un creador que ha sabido convertir la memoria oral del Caribe en poesía cantada. Cantillo pertenece a esa estirpe de compositores que escriben como si estuvieran narrando una crónica viva del pueblo: sus versos no son solo líricos, son testimonio, emoción y retrato humano.
En esta composición, el «Poeta Raizal» fija su mirada en una historia profundamente simbólica: el nacimiento artístico de Ivo Luis Díaz Ramos, reconocido con justicia como “La Voz Auténtica del Vallenato”. Lo hace de una manera magistral: no recurre a la grandilocuencia ni al elogio directo, sino a la memoria narrativa, como si la canción fuera un relato contado en una parranda.
El primer verso abre la escena con tono de leyenda: “Cuenta la historia que fue en San Diego una mañana de verseadores…” Ese comienzo tiene la fuerza de las tradiciones orales. No dice simplemente que ocurrió: “cuenta la historia”, como si lo que se narra ya formara parte del patrimonio colectivo del vallenato. Y el escenario no podía ser otro que San Diego, tierra donde los versos y las parrandas han sido durante décadas la escuela natural de los cantores.
En ese ambiente aparece el muchacho que la canción retrata: “cuando aquel hijo de un hombre ciego mostró su casta, mostró sus dones…” La frase encierra una carga simbólica enorme. El compositor no menciona el nombre inmediatamente; primero nos recuerda su origen: “el hijo de un hombre ciego”. Ese hombre es el inmortal Leandro Díaz, uno de los más grandes poetas del vallenato, quien sin poder ver el mundo fue capaz de describirlo con una sensibilidad prodigiosa. Cantillo Vázquez logra aquí un contraste profundamente poético: el padre que no veía el paisaje, pero lo convertía en canción, y el hijo que heredaba la luz del canto.
La canción continúa con un momento decisivo en la historia del joven cantor: “fue Poncho Cotes quien se dio cuenta de ese talento que Ivo tenía…” La aparición de Poncho Cotes Queruz dentro del relato reafirma el carácter testimonial de la obra. No es una invención poética: es una memoria compartida por quienes vivieron aquellas parrandas donde comenzaba a revelarse la voz de Ivo. Cantillo describe ese talento con palabras sencillas pero precisas: “era afinado y mente despierta y muy expresivo en lo que sentía.” Aquí el compositor demuestra su capacidad para definir un artista en una sola línea. No se limita a decir que cantaba bien; resalta tres cualidades esenciales de un gran intérprete vallenato: afinación, inteligencia musical y sensibilidad expresiva.
Pero el momento más humano de la canción llega cuando el relato se detiene en el corazón del padre: “pero el viejo Leandro no estaba contento de escuchar a su hijo cantando también…” La preocupación de Leandro Díaz no nace del desamor, es el conocimiento profundo del oficio. Él sabía que el camino del cantor está lleno de sacrificios, de noches largas, de alegrías intensas y también de incertidumbres. Por eso el verso siguiente tiene un peso emocional inmenso: “él quería evitarle todo el sufrimiento que por muchos años toca padecer.” En estas líneas el compositor revela una verdad universal: los padres conocen las heridas del camino antes que los hijos.
Sin embargo, el destino del cantor termina imponiéndose, y es entonces cuando aparece el estribillo que se convierte en el alma de la canción: “Canta, canta muchacho, le decían esos parranderos, canta, canta muchacho que eres de los buenos.” Este coro funciona como un acto de consagración popular. No proviene de un jurado ni de un escenario formal; proviene de la parranda, ese espacio sagrado del vallenato donde el pueblo decide quién tiene madera para cantar y componer.
La canción continúa describiendo el crecimiento de aquel joven: “muchas parrandas fueron testigos de aquellos sueños de cantador…” La parranda aparece aquí como escuela, escenario y templo del vallenato. Allí, viendo a su padre cantar con los amigos, el joven Ivo soñaba con sobresalir, con encontrar su propia voz dentro de una tradición gigantesca. Uno de los versos más hermosos dice: “veía en su alma muchos anhelos que el vallenato suele inspirar.” Esta línea resume la esencia del género: el vallenato no solo se canta, se siente como un llamado interior.
Y la historia alcanza su momento más luminoso cuando el padre finalmente comprende el destino de su hijo: “y ya el viejo Leandro se había convencido que Ivo era feliz cada vez que cantaba…” Es el instante en que el amor paterno se transforma en apoyo absoluto: “decidió apoyar a su hijo querido con todo el amor que en su pecho guardaba.” Aquí la canción deja de ser solo la historia de un cantante. Se convierte en un diálogo entre generaciones, en la aceptación de que la música también es herencia.
La interpretación del cantante Luis «El Pade» Vence logra transmitir esa historia con autenticidad campesina y emotiva. Su voz conserva la esencia del canto vallenato tradicional: narrativa, directa y profundamente sentida. Y todo ello se sostiene sobre el acordeón magistral del Rey de Reyes Almes Granados, cuyo toque le imprime a este merengue vallenato esa cadencia alegre y elegante que hace que la historia avance con ligereza festiva, como si cada nota fuera un paso de baile en medio de la parranda.
De esta manera, “Canta, canta muchacho” termina siendo mucho más que un homenaje. Es una canción que habla del nacimiento de un cantor, del temor de un padre, del reconocimiento de los amigos y de la fuerza inevitable del destino. Porque en el vallenato, cuando una voz nace para cantar, tarde o temprano la parranda lo sabe. Y entonces el pueblo entero repite, como un coro eterno: “Canta, canta muchacho… que eres de los buenos.”
Con admiración y respeto,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

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