«Hay amores que no nacen para quedarse, sino que llegan para enseñarnos que el alma también recuerda lo que aún no ha vivido.»
Ramiro Álvarez Mercado
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Hay canciones que se escuchan y otras que residen. Mi sueño de amor pertenece a estas últimas: una obra que no se limita a narrar una historia, más bien la encarna con la delicadeza de quien escribe desde la memoria y la esperanza. Este paseo vallenato se erige como una confesión íntima, casi como una carta que nunca fue entregada, pero que encontró en la música su forma más honesta de existir.
En su trasfondo late una historia profundamente humana: la del joven que migra, que deja atrás la geografía cálida de su origen para enfrentarse al vértigo de la ciudad y que, en medio del ruido, descubre que lo que verdaderamente lo define es el recuerdo de un amor sencillo, genuino, esencial.
En esa construcción emocional, el cantautor Hochiminh Vanegas se mantiene fiel a un estilo que lo distingue: romántico en su esencia, pero también profundamente espiritual. Su manera de escribir no se agota en la descripción del sentimiento; busca comprenderlo, elevarlo, dotarlo de un sentido que trasciende lo inmediato. Hay en su pluma una constante: el amor entendido como destino, como búsqueda interior y como revelación.
Desde sus primeros versos, la voz poética no declara un amor presente, más bien reconstruye uno que vive en la evocación. “Me descubro sonriendo y hasta pena me da” no es solo una confesión ingenua, es el reflejo de un sentimiento que crece en silencio, que se instala en lo cotidiano hasta transformarlo. La memoria aquí no pesa: ilumina. El amor deja de ser posesión y se convierte en contemplación. Es un sentimiento que se nutre de los detalles: la mirada, el cabello, la forma de hablar, hasta otorgarles una dimensión casi sagrada.
El hablante no se precipita. “Quiero esperar…” se repite como una declaración de principios. Y en esa espera se revela una de las ideas más profundas de la canción: el amor verdadero no se impone, se cultiva con paciencia. El tiempo, lejos de ser un enemigo, se convierte en el terreno donde germina lo auténtico, donde la emoción madura sin fracturas ni artificios.
En la segunda parte, la canción abre un horizonte simbólico aún más amplio. El “amor de pueblo” no es únicamente una añoranza romántica; es una forma de resistencia emocional frente a la velocidad del mundo moderno. La serenata, la flor enviada con un mensajero, la espera en la esquina son gestos que reivindican la ternura como lenguaje. Allí, el amor se vuelve rito, casi una liturgia cotidiana, donde cada acto sencillo encierra una profundidad que la vida urbana suele olvidar.
Es imposible no advertir cómo la letra dialoga con la propia biografía del autor. Nacido y criado en Valledupar, Hochiminh Vanegas creció entre las raíces vivas del vallenato, pero también recorrió los parajes de La Guajira, donde el paisaje y la cultura moldearon su sensibilidad. En ese tránsito, su imaginario amoroso se construyó bajo la ilusión de encontrar una mujer con el alma de su tierra. Sin embargo, el destino, siempre caprichoso y sabio, lo condujo al altiplano cundiboyacense, donde encontró a su compañera de vida y madre de sus hijos. Y es precisamente en esa paradoja donde la canción adquiere otra dimensión: el amor que se sueña desde el origen termina revelándose en un territorio distinto, como si el corazón supiera reconocer lo propio incluso en lo ajeno.
La musa inspiradora de este canto tiene nombre propio: Olga Lucía Gómez, nacida en Chía y criada en Bogotá, de raíces cundiboyacenses. En ella se encarna ese encuentro entre territorios, memorias y sensibilidades que la canción sugiere. Su presencia no solo inspira: ordena el sentimiento, le da dirección y sentido a esa búsqueda amorosa que atraviesa la obra.
La mención del Festival Vallenato no aparece como un simple objetivo artístico. Se trata de un acto de consagración. Publicar allí su canción trasciende el reconocimiento: implica inscribir su historia en la memoria colectiva del vallenato, convertir su vivencia individual en patrimonio emocional de un pueblo. El amor, entonces, no solo se experimenta; también se canta para que otros lo reconozcan como propio.
A esta dimensión íntima y simbólica se suma una historia de amistad que le otorga aún más sentido a la interpretación. Kike Consuegra, amigo y compañero de colegio del autor, fue cómplice de sus primeras inquietudes musicales, de aquellas serenatas en Valledupar donde la música era más sueño que certeza. Con el paso del tiempo, sus caminos profesionales tomaron rumbos distintos: Hochi como ingeniero de sistemas y Kike como arquitecto, pero la música permaneció intacta, latiendo como una vocación inevitable.
Kike Consuegra es un cantante que ha hecho un aporte significativo a la música vallenata, con varios trabajos discográficos. Su voz se presta para múltiples matices: puede ser romántico, parrandero o jocoso, moviéndose con naturalidad entre las distintas facetas del canto vallenato. Ese registro versátil le permite habitar la canción con autenticidad, sin desdibujar su esencia.
El reencuentro entre ambos en Bogotá, después de haber sido compañeros de colegio, no parece un hecho fortuito, sino una de esas coincidencias que el destino reserva para cerrar ciclos. La música, como hilo invisible, volvió a unirlos y terminó por darle forma definitiva a esta obra. Hoy, sus voces convergen para darle vida a Mi sueño de amor, confirmando que los sueños, cuando persisten, siempre encuentran su cauce.
La interpretación logra transmitir esa mezcla de timidez y esperanza que define al narrador. No hay excesos, no hay imposturas: hay verdad. El acordeón de Harold Santana no irrumpe; acompaña con sutileza, como una voz paralela que susurra lo que el corazón aún no logra pronunciar.
En el fondo, Mi sueño de amor es una meditación sobre la fe: la fe en el amor, en la memoria y en la palabra cantada como destino. Porque el protagonista no solo sueña con amar, también anhela eternizar ese amor en una canción. Y en ese gesto habita una de las verdades más profundas del vallenato: lo que no se canta, se desvanece; pero aquello que se vuelve canto, trasciende el tiempo y se instala en la memoria de todos. Porque al final, Mi sueño de amor no es solo una canción: es la prueba de que hay sentimientos que esperaban su momento para volverse destino. Y cuando eso ocurre, ya no pertenecen a quien los soñó, pasan a ser parte de la memoria de todos. En el vallenato, como en la vida, lo verdaderamente eterno no es lo que se vive… es lo que se canta.
Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

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