Fanny Kertzman estuvo recluida: “Sin pudor, embolatado después de hacer pipí en la celda, nos dan calzones de abuelita, brasier de deportes, una camiseta y el infame uniforme naranja”.
por FANNY KERTZMAN
La cárcel en Estados Unidos es como la de las películas. La idea es quebrarle el espíritu a los presos, negarles la individualidad y hacerlos pasar tan mal que decidan que se van a enmendar para no volver a ese lugar. ¿Y qué pasa con aquellos como yo que acabamos allá injustamente? Igual nos enmendamos en no volver a andar con tipos como Morrie que me tendió una trampa y me hizo pasar treinta interminables horas en la cárcel del Condado.
Primero el shock de las esposas en el momento de la detención y el paseo en la patrulla de la policía que acaba en esa cárcel que tantas veces he visto por fuera y donde me he prometido que nunca he de caer. A la entrada solo una foto hasta que llegue el momento de la fichada. Me ponen en una celda donde hay cerca de diez mujeres, todas afroamericanas -estamos en Atlanta-, menos yo. No entiendo nada de lo que dicen, el dialecto y acento solo lo entienden ellas y pasaré las próximas treinta horas preguntando “¿Que qué”? Menos mal les he caído bien y se ríen conmigo, no de mí.
La celda está limpia, dos bancas a cada lado, un inodoro con un diminuto lavamanos y un enorme termo que contiene gaseosa de limón, asquerosa y dulce. Las mujeres hablan, unas pocas lloramos. La mayoría está allá por conducir con un pase suspendido, mujeres que no han pagado las multas y no se enteran que su licencia de conducir ya no es válida. Unas pocas están por consumo de drogas y llegan trabadas. Durante la larga espera en la celda se les va pasando el efecto y sienten terribles daños físicos ante la falta de una próxima dosis. Me arruncho con una hippie vieja que ha llegado en medio de una traba descomunal, la nueva adquisición blanca en la celda. Una coreana llega arrestada por prostitución. A ella se la dedican las negras.
He llegado a las dos de la tarde y el día pasa despacio, a ritmo de cárcel. No nos han fichado y ahí estamos esperando no sabemos que. Nuestras familias deben pagar la fianza para que podamos salir pero antes debemos pasar la noche para presentarnos al juez el día siguiente.
Van llegando más mujeres y finalmente a las siete de la noche empiezan a llamar nombres para que las vea la enfermera, las fichen, les tomen las huellas y la famosa foto. Toca orinar delante de todas las compañeras y delante de todo el mundo pues la celda está a la entrada de la prisión por donde circulan policías, guardias y otros presos. El verdadero quiebre del espíritu se da la primera vez que uno tiene que orinar delante de todos.
A la velocidad de cárcel me llega la hora de la fichada a las doce de la noche. Después del ritual nos llevan a un cuarto: “Desvístanse” “¿todo?” “todo”. Sin ningún pudor, embolatado después de hacer pipí en la celda, nos dan calzones de abuelita, brasier de deportes, una camiseta, el infame uniforme naranja y “zapatos” que son una chanclas chinas talla 40. Nos entregan un paquete con toalla, sábana, cobija y elementos de aseo básicos. Nos esposan y caminamos en procesión, dócilmente, pegadas a la pared derecha, mirando al frente o al piso, nunca a los lados.
Las celdas se distribuyen en dos pisos al fondo de una enorme sala con sillas, mesas y televisión. Las celdas consisten en un camarote, inodoro a la vista y un pequeño escritorio. A las tres de la mañana, cuando finalmente me tiran ahí, me acuesto en el piso y obviamente no puedo dormir. Mi compañera de celda es una afroamericana de 18 años que esta ahí por robar en un almacén.
Seis de la mañana, hora del desayuno. Se abren las puertas de las celdas y las presas hacen una larga cola. Hay una dama muy elegante, alta, con cabello cano largo, todavía bonita, que presta libros. Una mexicana esperando a ser deportada. Una negra me invita a desayunar en su mesa pero no nos podemos comunicar, no entiendo nada de lo que me dice. El desayuno es asqueroso, dos mini waffles de congelador y una mezcla de papa con jamón en una salsa blanca que parece engrudo. De tomar, leche, olvídense del café.
Hay turnos para encierro y “libertad” en el área comunal. Por cuatro horas las presas del segundo piso están afuera, en el gran salón, y las del primer piso permanecen encerradas en sus celdas. Después del almuerzo se rotan y acaban encerradas las del segundo piso. El aburrimiento es indecible e inmenso. Tengo que esperar que me llamen a la audiencia con el juez a ver si me puedo ir. Ya mi abogado ha pagado la fianza pero acá todo funciona a ritmo de cárcel, es decir, cuando a las guardianas les de la gana después de haber charlado con sus colegas a gritos y reírse como animales.
Vamos donde el juez vestidas de anaranjado, esposadas, por la derecha, arrastrando los pies con esas inmensas chanclas. Más espera. Luego la audiencia. Voy a salir esta tarde, ya todo está arreglado. De vuelta a la celda nos dan el “almuerzo”, cuatro tajadas de pan, una tajada de queso y dos tajadas de mortadela. No me pasa la comida y se la regalo a la mexicana que me dice que todas viven con hambre y se pelean por los alimentos.
De vuelta a la celda leo un libro que demuestra que Jesús si es el Mesías. Pasan las horas y nada que vienen a sacarme. Me da una intoxicación y tengo que hacer sufrir a mi pobre compañera de celda con mis sentadas permanentes en el inodoro. No he tomado en dos días mis medicamentos para la bipolaridad y estoy sufriendo los efectos de la abstención. Me tiemblan las piernas, sudo frío, caigo al suelo y me dan espasmos en el cuello que me bajan por la columna vertebral. Empiezo a hiperventilar, tengo un ataque de pánico. Me llevan a la enfermería donde me anuncian que ya me van a sacar, son las siete de la noche, e inmediatamente se me pasan los síntomas.
Me quebraron el espíritu pero estuve de buenas: salí relativamente rápido, sin cargos, sin tener que pagar fianza. Atrás quedó la prostituta coreana que hablaba solamente conmigo para que le explicara que estaba pasando en la audiencia, y la mexicana que en una semana va a ser deportada dejando atrás a una niña de cuatro años. Y la verdad, el hospital mental es peor que la cárcel.
