MONÓLOGO DE LA SIRENA VALLENATA

Por José Atuesta Mindiola

¿Quién sabe si los callejones subterráneos de agua, desde el mar me trajeron hasta aquí? Entre lo real y lo posible una franja es leyenda. Nadie sabe con certeza de dónde vine. A veces, pienso que mi origen es griego; que después de la Guerra de Troya deambulé por los mares, y en épocas de la conquista de América, un navegante español, hechizado por el donaire de mi figura y la sinfonía de mi canto, me capturó cerca de una playa del Caribe colombiano, y del mar surcó al río Magdalena, de éste al Cesar; luego naufragó conmigo en las aguas del Guatapurí, y el torbellino de la corriente, destrozó la pequeña nave, devoró al navegante, y yo me quedé en las profundidades de este río.

Los Arhuacos dicen que mi origen es indígena. Que yo provengo de Nabusimake, ciudad sagrada, donde están los templos que en lengua nativa se conocen como Kankurúas, y los Mamos se reúnen a celebrar el culto primigenio a la palabra y al respeto por la Sierra-Madre; ahí fluye el espíritu de su dios Seránkua y los arcanos misterios de Navova, diosa del amor y la belleza. Antes de que el dios Seránkua convirtiera a la diosa Navova en laguna, concibió en su vientre, de un Mamo, una hermosa criatura, mujer-pez; que soy yo, la sirena, poseedora del talismán del canto y el amor. Mi padre, el Mamo, inventó una flauta para imitar la melodía de mi canto. Mi padre un día se despertó iracundo, al ver una pareja de cóndores que se acercaba a la laguna, con fuertes alaridos lanzó una piedra y apagó la vida de la hembra.

El cóndor en venganza me robó de la laguna, antes del amanecer, y desde la blanca altura de la Sierra-Madre, inicia el vuelo y me trae consigo en el pico; al pasar cerca de las gigantes rocas del río Guatapurí, fue alucinado por el sol de enero envuelto en el esmalte amarillo de las flores de los cañaguates; de su pico yo desciendo a las aguas, y él, desconsolado, prosigue su viaje solitario. Yo le entrego al Guatapurí los secretos del amor y de la música, y las parejas que se bañan y beben agua de este río, convierten sus almas en una montaña sonámbula del canto.

A pesar del tiempo que tengo de vivir en esta casa subterránea rodeada de agua, mi imaginación sigue amarrada a la leyenda que han tejido sobre mis orígenes. Entonces, surge el recuerdo de que, “… mi nombre era Rosario, una hermosa adolescente y por irrespetar la tradición de no bañarse el viernes santo, quedé convertida en sirena, como castigo a la desobediencia…”.

Todavía no sé, en verdad de dónde vine. Pero hoy soy la mítica sirena del río Guatapurí. Mi presencia es sortilegio que tiñe de idilio el remanso del agua entre las rocas. Hasta creo que me han convertido en una deidad. De noche he escuchado el gemido de los árboles cuando los pájaros huyen de sus ramas por el temor a los cazadores. Algunos orantes me elevan plegarias y piden que con mi canto llene de piedad el alma y aleje la violencia de este Valle, paraíso de música y leyenda.
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BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

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