“CUARTEL”

Por Donaldo Mendoza

“… pues si en realidad existe un dios,
él más que nadie sabe que soy feliz
de ser lo que soy, desde que empecé
a hacer arte jamás quise hacer otra cosa deferente”.

C. T.

La letra de ese epígrafe se cumple en la vida y obra de esta poeta, Clemencia Tarifa (Codazzi, 1957 / Santa Marta, 2009); vida breve si se tiene en cuenta la expectativa vital en este siglo. Y fue breve por un destino estigmatizado por la enfermedad: una epilepsia que la condujo primero a la creación y después a la tumba, en las alas de una inocente locura. Su obra está en dos libros: El ojo de la noche (1987), Cuartel (1999) y la antología Difícil hablar de las sombras (2014).

La fuente de este comentario es Cuartel, un volumen de sesenta páginas publicado por Edit. Lealon de Medellín en 2006. El poemario lo conforman cincuenta y ocho poemas, la Presentación, de Hernán Vargascarreño (quien prestó asistencia humanitaria a la poeta y salvó sus últimos poemas) y el Desagravio, este último escrito por la poeta María Mercedes Carranza. Indagando alguna razón que explicara el título del poemario, el diccionario de la RAE aporta dos acepciones posibles: “casa o habitación” y “alojamiento”. Y Pienso que es por ahí, dado que, como la misma poeta dice, la poesía fue su refugio y su único patrimonio, pues no pudo ni quiso hacer otra cosa.

En la poesía de Clemencia hay un hilo conductor, un leitmotiv, que une con hilos sutiles su poética: el erotismo. Erotismo que nada tiene que ver con la idea explícita de sexo, sino con un tratamiento reflexivo, como justificación última de vivir y de hallarle sentido a la vida. Por ejemplo, en el poema “¡Que viva la infidelidad!”, el objeto del deseo no es un hombre sino una desencantada luna: murmuras sarcástica/ que jamás te pude ser fiel./ Pero tú lo sabes, lunita./ Yo nunca poseí esa virtud. O se presenta como una imagen vegetal: Los torsos herbáceos/ de los adolescentes/ se ofrecían/ para que pastaran/ los dulces pezones/ de las muchachas. En otro poema media más distancia todavía: no te volveré a imaginar,/ y me colgaré otra flor/ en el monte de Venus. Deja sin argumentos a quienes reducen, sin ningún rigor, la poesía de Clemencia Tarifa a una “erótica” del sexo.

En el original mensaje poético, Eros y Thanatos están siempre presentes, tejiendo el hábito y la mortaja de su paso por un mundo que fue hostil con Clemencia, pero al que ella supo domeñar desde el reino libre de la poesía: Yo poseo la autoridad/ de veinte mariposas/ haciendo el amor,/ yo sueño con libertad/ aleteando desde mi cama,/. Y soñando con la libertad, imagina cómo quiere que el río de su vida vaya a la mar: Debo sumergirme completa en el mar,/ no salir más y vivir allí con las medusas,/ pececillos, corales,/ o morir como las plantas marinas/ rodeada siempre de caracoles.
Y como evidencia de que la poesía de Clemencia Tarifa está lejos del lugar común, que en cada línea su lenguaje tiene el poder de la síntesis, que sabe siempre sugerir y nunca decir, está aquí este poema que lo revela.

Capullito

Mirando al sol descubrí
que soy una criatura ciega,
buena alumna en el amor,
pésima en matemáticas
e impuntual para las citas.
Si no es por el sol, no descubro
que soy una extraña mariposa
libérrima e indefensa
con alas incendiadas
sin preocuparme por morir,
solo por libar
al astuto girasol,
y volar, volar siempre firme
mirando al sol.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

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