OCAÑA ES ANFOTÉRICA

Por: Jorge Lemus Lanziano

*ANFÓTERO. Dícese del cuerpo o de la sustancia que presenta un doble comportamiento, unas veces como ácido y otras como base.

La gente de Ocaña se caracteriza por su franqueza, pero también por la expresión de amistad que practica con lealtad y que brinda sin melosería, con una amabilidad natural; es además confiable, alegre y trabajadora, en una combinación afortunada, construida y enriquecida a través de su historia, por múltiples y variados factores, que se fundieron e integraron mediante un proceso que ha evolucionado en el tiempo, casi natural, que se inició desde la fundación de la ciudad en 1570, se acrecentó con la creación de la provincia en 1649 y se ha logrado mantener en el tiempo, para constituir y definir el perfil típico de una manera de ser, pues Ocaña, al igual que otras regiones de Colombia, tiene una identidad propia que lleva la impronta de su idiosincrasia, su cultura y la Ocañeridad misma, la cual yo defino y caracterizo en este escrito, como anfotérica (del griego amphi-que significa ‘ambos’ y que en bioquímica, de donde se extrapola el vocablo, significa la cualidad que tienen algunas sustancias de comportarse como ácidos, o como su contrario (alcalinos), al mismo tiempo, de cuya combinación, se genera finalmente, un producto ambivalente, equilibrado con la prodigiosa facultad de regular o amortiguar el PH del medio donde se encuentran (-tampón-).

Esta denominación y concepto, nos permite resaltar en lo ocañero, aquella afortunada y enriquecedora combinación de lo andino y santandereano por un lado y, por el otro encontramos la calidez y extroversión, característica de las gentes de la ribera del Magdalena, por lo tropical o caribeño. Por ello, da la impresión del tipo costeño y “cachaco” al mismo tiempo, como de hecho, nos sucede cuando se nos percibe y señala de una u otra forma, ya estemos en la Región Caribe, en la meseta cundi-boyacense y Bogotá, cuando se percibe y aprecia, la musicalidad (entonación y cadencia) propia de nuestro modo de expresarnos que, a pesar del vos, heredado de los andaluces, en original y graciosa mezcla, no oculta su dejo caribeño.

Todo esto se refleja o expresa también, en nuestras costumbres y gustos; la música y la gastronomía son patéticas al respecto: la tradicional arepa ocañera, acompañada con el queso costeño salado, lo ejemplifica de manera muy singular. De igual forma ocurre con sus aires musicales, los cuales combinan, con gracia y altura, los ritmos andinos, tales como el vals, el pasillo y el bambuco, con los tropicales como el porro, la cumbia y el vallenato; así mismo sucede con sus instrumentos: de cuerdas (guitarra, tiple y violín) y de viento (trompeta, clarinete y saxofón), cuya combinación, además de producir sonidos originales y exquisitos, poseen la versatilidad de interpretar sus aires y melodías, matizados con un sabor original, lo cual permite que, esta ambivalencia, propia de la cultura ocañera, haya sido enriquecida de igual manera, por una larga convivencia e interacción, con otros grupos étnicos y culturales: nativos o aborígenes de la cultura chibcha y caribe, como es el caso de los indígenas motilones-barí, con aporte europeo, principalmente de españoles andaluces y castellanos, italianos, ingleses y alemanes, en menor proporción, durante la conquista y la colonia, así como la migración libanesa y siria a partir de 1880.

La Gran Convención de Ocaña de 1828, marcó un hecho histórico y político de mucha relevancia, para el país como lo que hasta entonces se conocía como la Gran Colombia y, obviamente para Ocaña, hito justamente resaltado en el ya tradicional ‘Desfile de Los Genitores’, genuina expresión de la ocañeridad.

En la configuración de esa tipología no escapa el relevante papel de la territorialidad. Sabemos muy bien como fue la conformación geopolítica regional, enmarcada en la jurisdicción de la antigua Provincia de Ocaña, cuyos linderos nor- occidentales, bordeaban el rio Grande de La Magdalena, hasta llegar a Tamalameque, pero que, en una infortunada decisión, del más crudo y desacertado centralismo, se dispuso su desmembración. Así pues, luego de la llamada “guerra de los sesenta” (1850-60), durante el gobierno del Vallecaucano Manuel María Mallarino, en el cual ejerció como Secretario de Hacienda el entonces jefe liberal Rafael Núñez, fue injustamente cercenado parte del territorio Ocañero y anexado a los Estados de Santander y Magdalena, producto de un flagrante desconocimiento de la geopolítica y de la vitalidad de toda una región.

Esa determinación se hizo desconociendo también los resultados de la victoria que, el pueblo Ocañero había obtenido en el terreno militar, bajo el mando del Coronel Dodino, con el decidido apoyo de los grupos liberales de la Provincia, quienes ya se habían levantado en armas, porque el Congreso Nacional, en contra de los intereses de Ocaña, anexó la provincia de Badillo a Mompox, lo cual provocó dicho levantamiento y, a la larga, la recuperación de la ciudad, después de cruenta y costosa batalla en la que se logró el sometimiento de las tropas, por parte de la Gobernación de Mompox, bajo el comando del Coronel José María Jerónimo Gutiérrez De Piñeres.

Un siglo después, en la década de 1960, la historia ofrece a los ocañeros la opción de recuperar el territorio perdido, pero esa justa y bien sustentada iniciativa se vio frustrada, inicialmente por la inexplicable falta de compromiso con los intereses vitales de Ocaña, del dirigente conservador Lucio Pabón Núñez, quien teniendo el poder político suficiente, en su calidad de Ministro de Gobierno de Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), con relevancia en ese mandato gubernamental y contando con el concepto técnico favorable y estudios de Planeación apropiados para crear el Departamento Caro, con capital en Ocaña, bajo la ponderada proyección del economista francés, el padre Lebret, el entonces superministro de Gobierno, inexplicable e injustificadamente se retractó, al percatarse que, al no tener la correlación de fuerzas político electorales suficientes, este factor incidiría de manera negativa en sus aspiraciones, dado el reconocido predominio liberal, en el sur del Magdalena, permitiendo que prevalecieran sus mezquinos interese políticos y personales.

Ocaña ha venido siendo asaltada sistemáticamente, por los auto- denominados ‘dirigentes’, tan audaces para la actividad político electoral (para obtener altas votaciones), pero que actúan con una increíble torpeza y sin visión de futuro, cada vez que se trata de proyectar la Provincia de Ocaña, con unos fundamentados criterios socioeconómicos, tal como lo hacen, por ejemplo, los antioqueños.

Más tarde, en 1967 cuando se creó el Departamento del Cesar, se archivó esta vital aspiración de Ocaña y su pueblo, como era la recuperación del territorio cercenado. Desde el punto de vista socio económico, es probable que ésta determinación, haya sido la más terrible agresión, históricamente sufrida por la Provincia de Ocaña, ante lo cual, la masacre ocurrida en el municipio de El Carmen, de naturaleza diferente, se le considere de una menor gravedad.

Ocaña, indudablemente, tendría un mejor presente y una mayor fortaleza en su desarrollo regional, si hubiese mantenido en su integridad territorial, con acceso propio a la ribera del Río Magdalena. Solo nos ha quedado esa cultura dual, ambivalente o anfotérica, patrimonio cultural, intangible y muy valioso, a la cual jamás renunciaremos, porque la llevamos en nuestro ADN, en nuestras almas, formando parte esencial de nuestra estructura psicológica y presta, eso sí, a continuar creciendo, en íntima conjunción con nuestra otra mitad andina y norte santandereana.

Está claro que el sur de Bolívar, el sur del Cesar y la provincia de Ocaña, geopolíticamente son una misma región, así parcialmente la conformen tres (3) departamentos diferentes, fenómeno que se replica en Colombia en muchas regiones, bajo la espuria guía de los intereses y feudos políticos. De allí que nuestra Constitución Política expedida en 1991, contemple precisamente, el mandato aún no reglamentado, de un reordenamiento territorial, como una acertada solución a un problema, que tiene un carácter nacional, pero cuyo proyecto de ley, permanece empantanado, porque los llamados ‘padres de la patria’, poco o nada les interesa, por esa absurda pereza legislativa, originada en bastardos intereses politiqueros.

Un ejemplo vivo de la negligencia centralista, la encontramos en el denominado Aeropuerto Hacaritama, al que se puede convertir en una solución de transporte, y satisfacer muchas necesidades regionales, muy por encima de los departamentos, los cuales se han quedado obsoletos, convertidos en meras empresas político-electorales. De tal manera que, la reactivación de ese aeródromo, constituye una invitación para introducirnos en la cultura de lo regional, como herramienta moderna, idónea y constitucional, como parte de la solución de los varios problemas de nuestras comunidades.

Dentro de este contexto, ha entrado en escena, una propuesta que formulan personas oriundas de los municipios de Aguachica y Simiti, cuya intención es crear un nuevo departamento que se llamaría: Caribe Sur, con capital en Aguachica, y con la absurda pretensión de incluir en el mismo, a un municipio tan ocañero y norte santandereano como lo es El Carmen, lo cual significa una doble agresión, pues pretende cercenar la integridad territorial de la provincia de Ocaña, dando origen a una nueva exclusión, con tamaño despropósito.

¡No deben olvidar que Ocaña siempre incluyó a Aguachica, cada vez que proyectó una reintegración territorial.! Es necesario que, en estos momentos, las fuerzas vivas de Ocaña, su dirigencia, autoridades de la región y del mismo departamento, como todas aquellas instancias comprometidas con la tradicional Provincia, Academias y expresiones de nuestra representatividad, como la Fundación Caro (Centro de Acción Regional de Ocaña) y otras, asuman una clara y firme defensa de la integridad territorial.

Invitamos al sector Institucional y fuerzas vivas de la región, para que procuren adelantar el análisis del asunto en mención, y al examen ponderado de la actual situación, para definir líneas de acción e igualmente trazar un derrotero, para enfrentar en forma apropiada, estas nuevas pretensiones de desmembración.

JORGE LEMUS LANZIANO

2 comentarios

  • Es una descripción muy detallada sobre la historia de Ocaña, basada en una investigación minuciosa de la región. Lastimosamente poco a poco sus habitantes están perdiendo sus buenas costumbres basadas en el respeto y el sentido de pertenencia. El fenómeno de la inmigración está latente. Ha aumentado la población inexorablemente y con ella la pérdida de sanas costumbres que hacían de nuestro terruño un remanso de paz. Ahora que regreso, encuentro una ciudad expandida caprichosamente por todos los puntos cardinales. La inseguridad es latente. Tristemente veo la falta de gobernabilidad. Todavía mi pueblo es atractivo por su delicioso clima y la hospitalidad de su gente que aún conserva estas bellas tradiciones, razones fehacientes para retornar con cariño y abrazarnos en un abrazo de amigos.

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  • Ocaña por su gente y su agradable clima,se convirtió hace años en la zona rosa de los pueblos del sur del Cesar y los pueblos de la provincia.En la época de fiestas,sobre todo Diciembre-Enero Ocaña se convierte en lo que muchos denominan:el otro planeta.Propios y visitantes convierten a la adolescente ciudad en el caos del desorden y la anarquía.Es algo más de un mes de abuso de la contaminación auditiva con polvora y equipos de sonido a alto volumen en casas y en carros contaminantes de ruido recorriendo la ciudad como quien está loco y hace lo que le de la gana porque a eso vino a Ocaña.

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