UNA NOTICIA DE LA PEÑA

Por Donaldo Mendoza

La Peña, corregimiento de San Juan del Cesar (La Guajira), es uno de los pocos pueblos de Colombia que convierten en situación favorable una trágica ironía: su centenaria falta de agua en verano. Se acordarán: tendremos siempre noticias de La Peña cuando llegue la sequía, y la gente sufra lo indecible por la escasez de ese hontanar de vida que es el agua. Y cada vez que haya “noticia” de La Peña, regresan los recuerdos. En mi caso, dos memorables circunstancias, refundidas en la memoria, afloran con la sequía.

1) Cuando conocí la apacible población, en la última semana de diciembre de 1968, aquello fue una verdadera epifanía, una gracia. Fui encadenando asombros con cada nuevo amigo(a) que me presentaban. En virtud de la genealogía, todos los presentados resultaban ser primos o primas, por una razón: en La Peña, los Mendoza y Cataño forman un tronco de donde derivan los demás apellidos. Y yo soy portador de esos dos apellidos. Por llevarlos, se me abrían las puertas. Me faltó estómago para las ofrendas de yuca, queso y leche de cabra que me brindaban en cada casa donde entraba; y me faltó tiempo para asistir a las fiestas decembrinas donde me invitaban. Fue la semana más feliz en el inventario de mi vida. La fresa del pastel fue en casa del primo Camilo Sierra Mendoza (q.e.p.d.), un verdadero paradigma de generosidad fue ese hijo de mi tía Margoth. Su vida tuvo la intensidad de lo breve, y un corazón en donde la sangre y los afectos eran una misma cosa.

EL SALTO

2) Pero, como en un paraíso no puede faltar la serpiente, el segundo recuerdo sucedió años después de esa visita. Fue en una temporada de lluvias, la mayor de las sucedidas en varios años; el fenómeno natural hizo que asistieran turistas para bañarse en el salto de La Peña, y el río San Francisco tuvo agua suficiente para formar un islote con la vegetación propia de un oasis. Esta inusitada circunstancia despertó la serpentina codicia de un labriego que vio en ese islote el terreno ideal para una ubérrima cosecha de maíz, yuca y de paso, pasto para los carneros. No valieron los ruegos de los vecinos que se enteraron del inminente ecocidio; con papeles en mano el labrador demostró ser dueño del oasis. Y procedió a desmontar su codiciada ínsula.

No quiero decir con esta anécdota que aquel voluntarioso sembrador sea el culpable de la falta de agua en La Peña; lo que intento explicar es cuánto puede ayudar una conciencia ciudadana que privilegie el bien colectivo sobre el interés particular. Israel, por ejemplo, es una pequeña nación del Medio Oriente que por mediación de la ONU se convirtió en Estado en 1948, una especie de “tierra prometida” posterior a la Segunda Guerra Mundial. Lo que tenían para vivir era un desierto, y conscientes de esa árida realidad, trabajaron juntos (como en minga indígena) hasta convertir su territorio en un nuevo paraíso. El suyo es hoy un territorio fértil donde crecen viñedos y cítricos.

Ese milagro en Oriente es el ideal ejemplo de lo que un pueblo puede lograr si trabaja unido y con un propósito común. Ya está demostrado que ni el Concejo ni la Alcaldía de San Juan del Cesar van a resolver el sempiterno problema del agua en La Peña. La solución del problema está en el secreto metafórico de una frase de Gabo: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”. Ojalá el milagro del agua en La Peña sea la noticia en los próximos veranos.

BLOG DEL AUTOR: Donaldo Mendoza

Un comentario

  • Luis Joaquín Mendoza Sierra

    Hola..
    Interesante artículo que articula la proclama de una comunidad con “sed” y al tiempo el contraste o la sorpresa por el encuentro de mi hermano con parientes que se redescubren con amables atenciones y miramientos.

    Desde la ciudad de Popayan envío un saludo al pueblo de la PEÑA y en particular comparto un abrazo a los familiares que ahí tengo…

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