REFRESCANDO LA MEMORIA DE NUESTRA ADOLESCENCIA (1960-1990)

Por: Arminio Piñeres Grimaldi

EL ESPARCIMIENTO JUVENIL DE LOS OCAÑEROS DE LOS AÑOS SESENTA A NOVENTA

Los muchachos Ocañeros buscaban esparcimiento de diferentes maneras; en las tardes de fin de semana unos practicaban fútbol y Béisbol en las peladas canchas de El Tíber y La Primavera; Básquetbol, Voleibol, y Ping Pong en los diferentes espacios escolares o bien hacían natación, luego de duras caminatas hasta Pozo Bravo, cerca de Aguas Claras, o al sitio de La Planta, en el río Algodonal, pues entonces se podía nadar en sus aguas; otros disfrutaban las tardes con sus novias o amigas, en las vespertinas dominicales bailables del Hotel Timaná, animados con las cumbias, porros, boleros y el aire musical de moda del Merecumbé, melodías interpretadas por las Orquestas o Bandas de Lucho Bermúdez, ‘Los Melódicos’, ‘La Billos Caracas Boys’, Pacho Galán, del ‘Loco’ Gustavo Quintero y Peyo Torres con su Orquesta ‘Los Diablos del Ritmo, que se escuchaban con la avanzada tecnología de los discos de 78*RPM. Asimismo se disfrutaban también los inolvidables bailes animados por la Orquesta ‘Ritmo Tropical’, cuyo director era conocido como ‘Rocho’, el popular músico oriundo de Ábrego José de la Rosa Vergel.

Estaban también quienes jugaban en los billares situados al frente del Colegio José Eusebio Caro, uno en el Hotel Alcázar de propiedad del señor José Rodríguez y el otro establecimiento del señor Luis Felipe Torrado, este último atendido por ‘Cataplasma’, un pálido y langaruto personaje implacable con los menores de edad a quienes no permitía la entrada. En esos billares los jóvenes se aglomeraban para presenciar el duelo entre los mejores billaristas. Allí mostraban su habilidad Jairo Gandur, Enzo Grimaldi, Alonso Esper y el ‘Yoli’ Quiñonez, los más diestros jugadores; y alrededor de su juego se hacían apuestas al igual que en el establecimiento de Billares y Campo de Riña de Gallos del ‘Bar Colombia’ de don Pedro Quínn, el cual fue adquirido posteriormente por don Nahin Numa Helo.

Jóvenes más disciplinados y con talento artístico, dedicaban espacios libres de su estudio, al aprendizaje e interpretación del Piano, Guitarra, Tiple, Violín y otros instrumentos en la Escuela de Música dirigida por el Profesor Rafael Contreras.

EL CINEMATÓGRAFO

La hermosa Gina Lollobrigida

Los cineastas asistían a presenciar las películas que se exhibían en el teatro ‘Granada’ donde don Hacip Numa su propietario, ejercía de operario y publicista. Allí se presenciaban muy buenas películas del cine Norteamericano, francés o italiano protagonizadas por actores de la calidad de Humphrey Bogart, Errol Flint, Clark Gable, Rock Hudson o Robert Mitchum y las despampanantes actrices Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Silvana Mangano y Brigitte Bardot, quienes arrancaron los suspiros del público juvenil.

También solían acudir a los Teatros ‘Avenida’ y ‘Morales Berti”, establecidos antes que don Hacip trajera del municipio de El Carmen las máquinas de su cinematógrafo, donde funcionó inicialmente. En estos cinemas de Cesar Numa y doña Agripina de Morales Berti presentaban cintas de la pujante cinematografía Mexicana, lo cual permitió admirar a actrices como María Felíx, Sara García, Silvia Pinal, Dolores Del Rio y la argentina Libertad Lamarque; a actores como Pedro Armendáriz, Arturo de Córdoba y Cantinflas; y eximios cantantes como Pedro Vargas, Jorge Negrete, Luis Aguilar, Enrique Guzmán y Pedro Infante, este último ídolo de muchísimos jóvenes.

En la maravillosa voz de este Mexicano, era factible deleitarse escuchando Serenata sin Luna, Amorcito Corazón, Mañanitas Tapatías, Serenata Huasteca, Luna de Octubre y otras pegajosas melodías de la música Ranchera.

De la primera de estas, ensayada por noveles voces de muchachas Ocañeras, escuchábamos:

“No hace falta que salga la luna
Pa’ venir a cantar mi canción,
Ni hace falta que el cielo este lindo
Pa” venir a entregarte mi amor”

Fueron los años de artistas Ocañeras como: Las Hermanitas Pérez (Aida y Yolima), Blanca Sierra y tiempo después Yolanda Pérez, Elva O’meara (María del Mar), Carlos Julio Melo, Oscar Fajardo, integrante de los Tríos Los Provincianos y Los Isleños; Alfonso Carrascal Claro, declamador, cantante y compositor de ‘La Mugre’ y ‘Mi Tierra’. De esa época contemporánea han irrumpido compositores, intérpretes y voces de la talla de Gustavo Quinn, José Luis Baene, Hernán Páez Mozo, Mauricio Calle, Jesús Neira o Hernán Grimaldo, además de otros cultores del arte musical.

Brillaron Músicos como los Maestros Guillermo Lemus Sepúlveda, compositor de ‘Desvelos’ y la Danza ‘Agasajo’, Carlos Julio Melo Paredes, Saúl Calle Álvarez, Mario Restrepo y su agrupación musical Unidad Latina, Henry Paba y su Orquesta ‘MAKORÉ’.

Tiempo después irrumpieron dos grandes artistas, los cuales merecen una mención especial, como fueron el Pianista Felipe Calle y el Violinista Jesús Clavijo Solano, ambos con estudios en el exterior y que se han destacado como exitosos concertistas.

BANDAS Y AGRUPACIONES MUSICALES:

Los jóvenes admiraron, en diferentes épocas, nuestra Banda Municipal de Ocaña, patrimonio cultural de la ciudad y el departamento, que en las décadas de los años sesenta a ochenta, ofrecían sus ‘retretas’ o conciertos en la Plaza 29 de Mayo, ocasión propicia para el encuentro de los muchachos y las jovencitas; y posteriormente la Coral de la Universidad Francisco de Paula Santander.

ENCUENTRO CON LA MÚSICA TROPICAL

Una tarde de camino al Colegio Caro, al pasar frente al Café Bar del Hotel Alcázar, varios compañeros de estudio nos detuvimos, al escuchar las notas entre graves y alegres de un sonoro acordeón, interpretado por un hombre alto y fornido que lucía un sombrero ‘vueltiao’. Su voz era fuerte y maciza, propia de un campesino de las sabanas del Magdalena, que se acompañaba del citado instrumento, el cual ejecutaba con agilidad y virtuosismo. De las manos de este ‘morocho’, surgía una música con la cadencia y el sentimiento del artista nato,

Este pedazo de acordeón
Donde tengo elma mía
Ahi yo tengo mi corazón
Y parte de mi alegría

Se trataba del Rey ‘negro” Alejandro Durán Díaz, nacido en la sabana ardiente del municipio El Paso (hoy en día perteneciente al departamemto del Cesar), al interior de la Hacienda denominada Santa Bárbara de Las Cabezas, propiedad de los hermanos Alejandro, Arístides y Germán Gutiérrez De Piñeres. Allí, ese hombre que jamás había pisado una escuela de Música, en armonía con la exuberante naturaleza, inspiró su canto contemplando en las noches tibias el alto cielo estrellado o quizá absorto en el nocturno sonido del silencio.

Con un instrumento que Don Germán le trajo de Barranquilla como regalo, le dio continuidad a los pasos de su padre Nafer y años después, se habría de coronar 81968), como el primer Rey Vallenato, en las fiestas bulliciosas del Valle de Upar.

Con un corrillo de muchachos escuchábamos absortos esa magia musical de este gran intérprete, de los cantos raizales y vernáculos, cuando de pronto se levantó su voz ronca, como si estuviera ensayando su canto en la sabana, al pie de un árbol corpulento y veranero, cuando entonó: entonó La cachucha Bacana:

Oye lo que dice Alejo
Con su nota apesarada
Que es como el guacharaquero
Con su cachucha bacana

Y luego continuó: “para que no se olviden de este negro, les voy a cantar el 039. Y allí quedamos embelesados con el improvisado y para nosotros un novedoso concierto, hasta cuando el sonido de la campana del Colegio, nos volvió a la realidad de nuestra siguiente clase de Álgebra, con el profesor Anaya.

Así transcurrió el novedoso encuentro con “ese fuelle nostálgico y muy humano, que tiene tanto de animal triste” como lo identificara Gabriel García Márquez; y este hecho constituyó también, nuestra primera experiencia con la música de nuestro litoral Caribe, lo que nos condujo a admirar ritmos alegres y jacarandosos, tales como las cumbias, los porros y otros géneros musicales, brotados de geniales maestros como José Benito Barros, Rafael Escalona, Julio Erazo y tiempo después las maravillosas composiciones de Los Corraleros de Majagual, Lucho Bermúdez o Pacho Galán; así como las interpretaciones de cantantes como Nelson Pinedo y la Tolimense Matilde Díaz.

A partir de ese entonces, nuestras mentes y desafinadas gargantas, se fueron acostumbrando a entonar repetidamente, melodías como Momposina, Las Pilanderas, La Piragua, La Pollera Colorá, Cosita Linda y Carmen de Bolívar y muchas más.

EL LEÓN DE DAMASCO

EL VIEJO ‘LEÓN’ Y EL PASEO CAMPESTRE POR ÁBREGO

El tropel de muchachos subía por una cuesta ligeramente empinada de una calle del barrio ‘El Tamaco’, cuando de pronto apareció por una esquina, el ‘León de Damasco’. Se trataba de un pintoresco camión que, ante los ojos infantiles parecía de enorme tamaño, pintado de variados colores y en el frente su desafiante nombre. En el timón, don Isaías Elam, quien así había bautizado a su carro, tal vez en memoria de su lejana Siria.

La tropilla infantil saltó a un lado de la angosta calle y encaramada sobre un sardinel, agitaba sus brazos hacia el conductor. Don Isaías, hombre de aspecto bonachón y rostro cetrino, acentuado por su inseparable tabaco, que sesgado sostenía en su boca, detuvo su camión y les gritó: “arriba muchachos los llevaré hasta el parque”.

Prosiguió su marcha y antes de desembocar en el parque principal, frenó su camión frente al almacén de expendio de textiles que, en asocio con su hermano, tenían en la ‘Calle de los turcos’, luego llamada ‘La franja de Gaza’. Desde allí atendían la demanda de finas sedas, coletas y géneros, al igual que muy buenas telas para las damas de la población, al tiempo que surtían los pueblos del entorno provincial.

Sus vecinos y competidores eran casi todos paisanos llegados de las distantes tierras del Medio Oriente, tales como el Líbano, Siria , Turquía y Palestina; y entre otros los señores Manzur, Name, Salim, Zajia y Hacip Numa, José Pedro Busaid, Elías Awad, Luis Chaya, Elías Sagra y Miguel Haddad, quienes aclimataron su existencia en el solar de Euquerio y de Margario, por la atracción de su agradable clima, la bondad y señorío de sus gentes, sus mujeres tradicionalmente hermosas y también por el rico sabor de la cebolla cabezona roja, la cual descubrieron cómo adecuado ingrediente para elaborar el Kibbe, los pastelitos ‘Indios’ de repollo o ‘Pastelitos Turcos, y de este modo degustarlos con el Tabule, el Tahine y otras delicias de la comida Libanesa y Siria.

‘Se acabó el paseo’, exclamó el conductor descendiendo de la cabina. Ya llegamos, repitió ante la vocinglería de sus improvisados pasajeros; sigamos, gritaba la muchachada, cuando Don Isaías les reclamó: ¿entonces adonde quieren ir de paseo? ¡Queremos ir a Ábrego! respondieron unánimemente, pues pensaban en la excursión que, con su profesor, tenían proyectada en el Colegio Caro.

Escucharon cuando Don Isaías, recordando el próximo recorrido de sus ventas, decía a su hermano: “el martes tengo que llevar unas telas a Ábrego”. Sin tardanza le solicitaron que les colaborase para hacer realidad la soñada excursión y los condujera a dicha población, y el hombre asintió risueño a la petición.

Adelantando los preparativos del paseo que, al siguiente día habían de emprender, el maestro Gratiniano les comentó bastante preocupado: ‘Muchachos: pero es que no hay carro y resulta bastante costoso contratar una “chiva” donde quepamos todos’. No importa, fue la respuesta, pues ya tenemos transporte. Si, ¿cuál? ‘El León de Damasco’, replicaron estos. Don Isaías se comprometió a llevarnos.

Muy temprano en la esperada mañana, apretujados dentro del camión, en medio de su agitación y alegría, los estudiantes abordaron el viejo León, el cual arrancó estrepitosamente por una calle destapada e hizo sonar su bocina al paso por el mercado público, que a esa hora estaba repleto de campesinos, al igual que una cantidad de camiones, que llegaban cargados de víveres y los presurosos compradores de abastos.

El vehículo partió hacia Abrego, pasando por La Ermita y Guayabal, para detenerse luego en Chapinero, lo que les permitió saborear allí Kola Calle o una Favorita, bebidas gaseosas de fabricación local.

Reanudada la marcha por una carretera destapada pero bien conservada, no tardaron en divisar la población de su destino adonde se dirigían, el cual se destacaba en la llanura por la blanca torre de su iglesia. Entraron por la calle principal que a la vez era el paso o vía nacional hacia Cúcuta; ante sus ojos desfilaban casas con fachadas de colores y luego la amplísima plaza o parque arborizado, en cuyo entorno se encontraban la sede de la Alcaldía, varias oficinas públicas y la Casa Cural.

Continuaron su recorrido por una vía empedrada y siguiendo las indicaciones de Don Carmito Torrado, se fueron buscando la Escuela y recorrieron el sendero que era como una calle albaicinera, pues todas las casas lucían sus muros blanqueados con carburo o cal, al igual que el recinto escolar donde bajaron a descansar y consumir su merienda.

Avanzando la mañana emprendieron la caminata hacia la vereda de ‘La María’, dejando las últimas casas con grandes solares en las afueras del pueblo, y luegose detuvieron frente a la represa de aguas del Algodonal, rodeada de arbustos que ocultaban los palos de guayabas, caimitos y grosellas. Más adelante, se insinuaba una vasta sabana, en donde con los sembrados de cebolla y tabaco se mezclaban incipientes cultivos de Olivos y la construcción de rústicos canales de irrigación, con agua tomada de la abundante corriente del cercano río.

En algarabía alegre y un fenomenal bullicio, marcharon por un sendero empinado, y a medida que ascendían, eso les permitía apreciar los riscos y una hermosa arboleda inclinada sobre el río, al igual que escuchar el rumor de las aguas en la profundidad de su cauce. El torrentoso río, formado por las quebradas de Oroque y Friofrío, que nacen en la cumbre de Jurisdicciones u Oroque, descendía estrepitosamente por un lecho de caprichosas vueltas rocosas y enormes piedras, las cuales al chocar, oxigenan sus aguas dándoles a ellas el sabor de un licor insuperable.

Entrado el mediodía arribó la alegre tropa al risueño caserío de La María, de propiedad del señor Toño Arévalo, Abreguense de sonrosado rostro y amables ademanes, que de inmediato los hizo seguir al amplio corredor de la casona. Toño, ya avisado por el Maestro de la Escuela, les tenía preparado suculento sancocho de ‘gallina de campo’, de su bien nutrido corral, que luego fue acompañado con un sabroso guarapo de caña.

El paisaje campesino era incomparable por el vistoso entorno de la serranía, la verdura de la tierra labrantía, los arroyos que se deslizaban de la montaña y las altas cumbres del Oroque, gran mirador de la geografía de la región. Todo ello mantuvo encantada a la muchachada, la cual disfrutó a más no poder, tremenda caminata por la cordillera, motivo de una insospechada experiencia.

Esa altura que dejaba divisar en la lejanía las inmensas sabanas del Magdalena Medio, hasta entonces centro de la actividad colonizadora de los finqueros y labriegos Ocañeros, fue para los estudiantes y su profesor una gratísima vivencia, la cual recordarán por muchos años.

El regreso hasta Ábrego fue un agradable descenso y ya, con la caída del sol, dejaron atrás al pueblo que había deparado tan grata impresión a sus ávidas mentes; retornaron a Ocaña al anochecer cuando su luz nocturna despertó a quienes venían adormilados por el cansancio. En la mañana del siguiente día de clases, todos pugnaban por hacer a sus compañeros la narración atropellada de su correría.

Tomado del Libro ‘AYUDA DE MEMORIA’ de Arminio Piñeres Grimaldi

Arminio Piñeres Grimaldi

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