Máximo Jiménez y su cantata social

Su voz recitadora pudo grabar con su acordeón rebelde alrededor de nueve producciones musicales. Homenaje al juglar que murió el 27 de noviembre de 2021.

Por: Félix Carrillo Hinojosa*

Máximo Jiménez Hernández tuvo la fortuna de musicalizar el miedo y la rebeldía en una extensa sinfonía de letras sociales, cuyas melodías se abrieron como lo hacen las danzadoras de su tierra: libres, francas, risueñas, amorosas y siempre portadoras de esperanzas. En los años 70 se creció el verso protesta de la canción necesaria que, a manera de corriente y como río rebelde, se volvió indetenible.

Dentro de este sentir inconforme estaba él. Junto a sus padres y hermanos, que vieron cómo la tragedia humana caminaba de un lado a otro, sin que hubiera poder natural o sobrenatural que la remediara. Ese sufrimiento que su aldea vivía y que persiste lo hizo cambiar de mentalidad y entendió que su arte de tocar el acordeón y vociferar a los cuatro vientos los problemas de su comunidad podía ser conocido por quienes tenían el poder de, por lo menos, disminuirlos.

Jiménez se volvió un trashumante que a todo lo que veía le hacía un canto. Se olvidó del amor, del dinero, de las vanidades que arrinconan al ser y, en lugar de caer rendido por las ofertas que no faltaron, cambió eso por una narrativa social. No podía ser de otra manera, pues lo que él encontraba en su camino era hambre, desnudez, mujeres maltratadas, jóvenes sin presente ni futuro, una violencia creciente que todos los días era contar muertos, llorar, una libertad que era todo menos eso. Así el amor y la buena vida pasaron a un plano ínfimo.

Su vida en el corregimiento Santa Isabel, en el departamento de Córdoba, donde nació el 1° de abril de 1949, al lado de sus padres María Hernández y José Jiménez, no fue tan cruel como aconteció después, porque la inocencia de sus pocos años lo cubría en medio de las dificultades.

Con los años de su adolescencia a cuestas, Máximo Jiménez vivió en carne propia los rigores del desarraigo social. Eso le puso una coraza inmensa, mientras aprovechaba cualquier descuido para llorar. Únicamente el pasar del tiempo lo convirtió en un serio y creíble relator social, de esos de verdad, que no necesitan luces ni otros aditamentos para consolidar su canto.

Su relato social caminaba entre las diversas comunidades. Quienes no tenían nada estaban a gusto con saber que alguien no cayó en los brazos de Morfeo para volverse un narrador del amor y más amor. A él le llegaban los rumores de que sus denuncias estaban caminando más de la cuenta y eso mortificaba a los dueños de la tierra, de la vida.

Máximo Jiménez y Féxlix Carrillo Hinojosa fueron grandes amigos

Félix Carrillo Hinojosa

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