Por Jose Atuesta Mindiola *
La salvaguardia a los árboles es un compromiso permanente de las corporaciones ambientales, las administraciones públicas, las instituciones educativas y la ciudadanía en general; por eso, hablar del histórico del árbol de mango de la plaza de Valledupar, es un discurso pedagógico vigente.
El árbol de mango de la plaza ´Alfonso López´ es un verde monumento defensor de la vida y la contaminación, su follaje es alianza de reposo en los zapatos rotos de cansancio y atavío frondoso de encuentros y tertulias. El árbol está enfermo, pero no de vejez; está enfermo de olvido. Se olvidan que está rodeado de cemento y tienen que remover la tierra y renovarla con nuevos nutrientes. Se olvidan que le caen parásitos y sus raíces necesitan agua, oxígeno y minerales. Los árboles de mango pueden vivir más de trescientos años, y éste apenas tiene 88 (fue sembrado por Eloy Quintero Baute el 7 de agosto de 1937).
Este árbol es un símbolo de la vallenatía. Es una referencia de medida para la concurrencia de la gente en la plaza. Si hay un evento en la tarima “Francisco el Hombre” se considera exitoso, si la multitud pasa más allá del palo de mango. El mango es originario de la India, por eso su nombre científico es mangífera índica; por tener semillas, flores y frutos pertenece al grupo de las plantas angiospermas. Al observar bien la forma predominante de su fruto pueden comprobar que se asemeja a un corazón, por eso clasifica en la familia de las anacardiáceas. En India le llaman “fruta del cielo”, y “el árbol de los deseos”. Las antiguas leyendas hindúes dan fe de su antigüedad y de la importancia para ellos. Por ejemplo, dicen que el rey Akbar, quien gobernó India hacia el siglo XVI, poseía una plantación de cien mil árboles de mangos. Hay una leyenda que pone el acento en el supuesto carácter sagrado, y es aquella que sostiene que Buda se sentaba a meditar a la sombra de un árbol de mango.
Afirman que en manos de navegantes portugueses llegó a América, y la primera mata de mango la sembraron en Brasil a finales del siglo XVIII. Estudiosos venezolanos de la botánica advierten que en 1869 ya se observaban frutales de mangos en el valle de Caracas; y también, por estos años ya había algunos cultivos similares en los valles del caribe colombiano.
Son muchos los lugares tropicales óptimos para cultivar mangos y recoger sus frutos en cierta época del año; pero Valledupar es su tierra bendita, los bioelementos abundantes en este suelo, el agua permanente y la música de acordeones y guitarras son factores favorables para que los árboles de mangos den frutos todas las épocas del año.
La tentación de comer mango es irresistible e incita a la invasión de la propiedad ajena donde está sembrado, por eso en Valledupar ha sido sacado de los patios para las calles y los parques. No existe alguien que no se rinda ante su inigualable aroma, ni quien se atreva a renegar de su dulce sabor y sus fibras.
El árbol es de tronco leñoso que esparce sus ramas a los sonidos del viento. Expertos hacen referencia a las virtudes nutricionales, entre las que destacan el aporte al organismo de antioxidantes, vitamina C y B5, magnesio y fibra. Además, es un fruto bajo en calorías, de fácil digestión y que contiene gran cantidad de agua.
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ANEXAMOS:
Dos poemas a los árboles de José Atuesta Mindiola
El poema, Soy más que un verde monumento, fue publicado en la Antología: I CERTAMEN LITERARIO INTERNACIONAL «GLORIA FUERTES Y EL MUNDO DE LOS ÁRBOLES» (España, 2021)
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SOY MÁS QUE UN VERDE MONUMENTO
Caligrama de fiesta son mis flores.
Soy silabario
para los pinceles de la luz.
Para el mendigo,
el sombrero de su alcoba.
Para el pájaro,
el atril de su escritura.
Para el perro,
la pared de su llovizna.
Para los alarifes del cemento
soy un estorbo,
un extraño en lugar equivocado.
Sus amenazas de muerte
me persiguen.
Pero soy más
que un verde monumento
en la agitada
ceremonia de las calles.
Soy testigo
de la noche
que avanza con el miedo,
de transeúntes perdidos
en su sombra.
Mis floridos reclamos
ululan la presencia
de otros árboles.
Nadie quiere estar solo.
la soledad es carbón
que deja el relámpago.
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ELEGÍA POR EL ÁRBOL DEL PATIO
El árbol del patio
sangra blanco sus heridas,
como mostrando la ruta
que el dolor todavía
no ha recorrido.
Me alejo del patio
y me llevo los amaneceres
con aromas de guitarras,
el verde pendular de mecedoras
donde descansaba
un hombre parecido a mí.
El árbol ya sospecha
que pronto no habrá luz
en su follaje.
Su epitafio vendrá
en la mirada esquiva
de otro dueño.
Sus frutos serán
invisibles racimos
en algún ojal de la memoria.
Y mi hamaca,
fértil al cortejo vegetal,
seguirá atada
a las ramas del viento.
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*José Atuesta Mindiola es un ilustre docente, escritor y poeta nacido en Mariangola, Cesar, cuya vida ha estado dedicada a exaltar la identidad del Caribe colombiano. Reconocido como «El Poeta de la Provincia», su obra fusiona la lírica académica con la narrativa tradicional del vallenato. Ha publicado múltiples libros de versos y crónicas que rescatan la memoria histórica de su región y sus juglares. Como columnista y pedagogo, ha sido un incansable promotor de la lectura y el folclor en las nuevas generaciones. Su pluma se caracteriza por una sensibilidad profunda hacia el paisaje, las costumbres y la herencia oral de los pueblos del Cesar. Es, sin duda, un referente imprescindible del patrimonio literario y cultural de Valledupar.

AUTOR: * José Atuesta Mindiola
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