Por: Alfonso Osorio Simahán (Alfolele)*.
Estas reflexiones no nacen del despecho ni encuentran su raíz en el resentimiento. Son, más bien, una sentida proclama que recoge las suspicacias y los desencuentros acumulados en la historia del máximo certamen de nuestra música. Es un llamado al equilibrio y una reivindicación del talento que florece más allá de las fronteras del Cesar.
Consuelo Araujo Noguera, nuestra recordada y malograda «Cacica», fue una visionaria incansable. Su lucha por preservar el estatus del Festival de la Leyenda Vallenata, alejándolo de los vaivenes del sectarismo político, fue la piedra angular que permitió posicionarlo como el evento folclórico más imponente de Colombia.
Mantener la institución a salvo de las apetencias personales y el mercantilismo electoral no fue tarea fácil; sin embargo, esa neutralidad no impidió que el festival se convirtiera en un faro de interés nacional que cualquier región añoraría poseer. Por ello, es justo reconocer con vehemencia la labor de la Fundación de la Leyenda Vallenata por defender este baluarte, hoy Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, frente a ataques infundados de quienes solo buscan dividendos económicos.
No obstante, en este escenario de gloria, persiste una sombra de injusticia. Las cifras y los sondeos son irrefutables: no existe en el país una región que respalde con mayor fervor el folclor vallenato que las Sabanas de Bolívar, Sucre y Córdoba. Más del 60% de las ventas discográficas y cerca del 70% de las presentaciones en vivo de las agrupaciones vallenatas ocurren en esta acogedora geografía. En términos prácticos, el pulmón que oxigena la carrera de los músicos del Cesar y La Guajira es, predominantemente, el pueblo sabanero.
Si bien es cierto que esta tierra ha parido acordeoneros excepcionales que han ceñido la corona de Reyes —gigantes como Alfredo Gutiérrez, Freddy Sierra, Julián Rojas, Harold Rivera y Manuel Vega— y verseadores de una agilidad mental asombrosa como Rubén Ariza o Julio Cárdenas, hay una deuda histórica que la lógica no alcanza a explicar. Resulta incomprensible que en los casi 60 años de historia del festival, el jurado del concurso de Canción Inédita no haya ungido a un solo compositor sabanero con el primer puesto.
¿Cómo explicar que obras revestidas de una poesía exquisita y melodías originales hayan sido sistemáticamente relegadas? Esta exclusión nos obliga a cuestionar si existe, en el trasfondo, una suerte de animadversión hacia la lírica que emana de las sabanas. Hoy, la tesis de protesta que el maestro Adolfo Pacheco Anillo tejió en su obra cumbre, «La Hamaca Grande», cobra una vigencia dolorosa. Ni siquiera el genio de San Jacinto, con su inmensidad creativa, pudo superar el segundo lugar en la plaza de Valledupar.
La Sabana ha sido generosa. Hemos adoptado cada acorde proveniente del Cesar como si fuera nuestro, hemos llenado las plazas y hemos sostenido la industria fonográfica con una lealtad inquebrantable. Sin embargo, esa generosidad no ha sido recíproca en el veredicto de los sobres. La ausencia de un Rey de la Canción Inédita sabanero es una cicatriz en la historia del certamen. No pedimos un favor ni una concesión por cortesía regional; exigimos que se rompan los prejuicios que, como murallas invisibles, han impedido que la poesía del Sinú y del San Jorge brille con luz propia en la vitrina más importante del mundo vallenato.
Para el pueblo sabanero es inaudito que, tras seis décadas de aportes, ningún jurado haya considerado que nuestras composiciones tienen la casta suficiente para alzarse con la corona. Señores de la Fundación: en la Sabana también se escribe con el alma y se compone con maestría. ¿Cuánto tiempo más debemos esperar para que la justicia poética se haga presente en el rincón de los compositores.
El debate está abierto y la historia sigue esperando.
Alfonso Osorio Simahán (Alfolele)*.
C.C.9.093.295.Exp.Cartagena.
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Supongo alude a Julio Rojas Buendía, de San Juan Nepomuceno, no Julian Rojas…
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