Festicumbia en el Banco Magdalena, Ritmo que enamora

Por: Diana Carolina Cantillo E.

El Festival Nacional de la Cumbia José Barros Palomino, en su 27° edición, mostró la vigencia de este aire cadencioso.

Foto: Luis Ángel

El Festival Nacional de la Cumbia hace honor a los bailadores e intérpretes tradicionales de este género.

Un grupo de ocho músicos armados de llamador, alegre, tambora, flauta de millo, gaitas, maracas y guache prenden la parranda y uno de ellos se encarga de amenizarla con gritos fiesteros. Como paga reciben uno que otro aguardiente y una diligente acompañante, que baila coreando entre dientes la estrofa de una canción del maestro José Barros, que se convirtió en un himno:

Doce bogas con la piel color majagua, y con ellos el temible Pedro Albundia, por las noches a los remos le arrancaban un melódico rugir de hermosa cumbia.

“Una cosa es cumbia y otra es cumbiamba. Y este es el Banco (Magdalena), donde se baila y se escucha la tradicional”, dice a gritos el hombre que toca el guache, acalorado por los tragos y asegurando ser uno de los más acérrimos guardianes de este ritmo. Sin embargo reconoce que este aire dejó de ser propiedad colombiana para irse a pasear por el mundo de la mano de las voces de Totó la Momposina y María Mulata.

Comienza la última jornada de competencia para los bailadores de la edición número 27 del Festival Nacional de la Cumbia José Barros Palomino (Festicumbia). Empiezan los más pequeños, los de la categoría preinfantil. Hay tres parejas en la pista, y una de ellas llama la atención porque no ha empezado a bailar, mientras el resto lo está haciendo al compás del sonido agudo de la gaita.

De frente y de un extremo al otro, la pareja se lanza miradas de galanteo y coquetería. Ella, erguida, levanta la cabeza y estira el cuello, mientras echa un vistazo de reojo al parejo. Él le muestra cara de arrepentimiento. En ese momento hace su entrada triunfal la tambora dándole la valentía al hombre para que vaya por esa mujer que, aunque no lo demuestra, quiere ser reconquistada. Decidido, alista su sombrero, contonea la cadera y deslizando suavemente sus pies camina en zigzag hasta su amada.

Ella, ya persuadida, con su mano derecha le quita lentamente al parejo un manojo de vela y se lo acomoda en la palma de la mano como significado de poder, pues es la mujer quien lleva las riendas de este amorío. Y es en ese instante que la pareja despliega todo su conocimiento sin tocarse, nunca perdiendo el contacto visual y jamás dándose la espalda. Terminado el baile, sólo falta esperar por el fallo del jurado.

En su trasegar por el mundo, a la cumbia le han ido mezclando sonidos electrónicos y urbanos, lo cual ha dado paso a nuevas formas de bailarla y escucharla —generándose incluso nuevos géneros musicales—, que para algunos la enriquecen y para otros la empobrecen.

En ese ir y venir, para Veruschka Barros, hija del maestro José Barros Palomino y directora de Festicumbia, este ritmo “se ha vuelto comercial, dejando de ser auténtico, perdiendo su enamoramiento y embrujo”.

Por eso, en el Banco (Magdalena) se realiza anualmente el Festival Nacional de la Cumbia, un espacio purista que hace honor a aquellos cantautores y bailadores anónimos que en sus pueblos le dan vida a la tradición del baile suave y sensual, de miradas y gestos, evocando el cortejo del hombre a la mujer.

“La tradición del baile se pierde volviéndolo más teatral y configurando los pasos básicos. Lo mismo sucede con el vestuario, que aunque el tradicional tiene mucho del vestido español, se ha convertido en uno más elaborado, con lentejuelas, adornos y zapatillas altas. El folclor lo podemos vestir de gala, pero guardando las raíces”, aclara la hija del maestro Barros.

“En nuestro festival rescatamos la tradición, pero es muy difícil gestionar los recursos. Las empresas privadas sólo patrocinan eventos en las capitales porque son visibilizados por los medios”, agrega Veruschka.

La mayoría de folcloristas colombianos reconocen que la cumbia es de carácter triétnico: indígena con las flautas, africana con los tambores y española por las coreografías y las vestimentas. Sin embargo, su origen no se puede acuñar a uno o a otros porque hay quienes dicen que la forma de bailar del hombre es de impronta negra, y que el movimiento de las caderas de la mujer podría ser indígena o español, pero lo que sí se puede asegurar es que este ritmo autóctono representa el mestizaje de la cultura colombiana.

Orlando Velásquez García, uno de los creadores de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, asegura que “es imposible definir el nacimiento de la cumbia en el seno de una u otra cultura, pero sí que es un híbrido entre tres culturas fundamentales de la identidad e idiosincrasia colombiana”.

Llega las 12:00 p.m. y la presentadora del certamen anuncia la decisión del jurado. La pareja conformada por Yeimi Paola Mora y Javier Alberto, la misma que parecía no querer bailar en la competencia de baile preinfantil, es la ganadora de esta categoría.

Al conocer el veredicto los dos niños se abrazan y dejan asomar algunas lágrimas. Pero inmediatamente toman posiciones para demostrarle al público por qué son los embajadores de este ritmo. Suena la gaita dando paso a los gestos de coquetería y sólo cuando la tambora llama, él se atreve a bailar. Ella lo espera sin mostrar impaciencia, pero sólo quiere robarle a su parejo la vela, movimiento que representa el pasaporte para que los dos en pareja comiencen a bailar hasta el último pabilo de vela.

Diana Carolina Cantillo E. | Elespectador.com

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