Alejandro Durán Díaz nació en El Paso, un pueblo situado entre los ríos Cesar y Ariguaní, región ganadera desde la época colonial. Juan Bautista de Mier bautizó la hacienda que recibió por su desempeño como militar con el nombre de Hacienda de Santa Bárbara de las Cabezas, que contaba además con un gran número de esclavos.
El Paso tierra de mulatos y afrodescendientes, En la época colonial fue un paso obligado de contrabando por estar bien situado con trochas y ríos que permitían llegar al Río Magdalena y a Mompox, por lo que se afirma que en una ocasión el resguardo decomisó un buen número de acordeones, en tal cantidad que cada familia compró uno de estos instrumentos y aprendieron a tocarlo, convirtiéndose así en uno de los pueblos con destacados intérpretes.
Su familia estuvo vinculada por mucho tiempo a la ya mencionada Hacienda. Su abuelo paterno Juan Bautista Durán músico y pito travesero, compuso algunas canciones, cantaba y no escapaba a las parrandas. Estuvo siempre muy cerca de su abuelo. A los nueve años montaba en el hanca del burro para acompañarlo en sus labores. Fue el punto de partida, el puntal definitivo para que Alejo forjara su talento artístico, quien desde temprana edad supo descifrar lo que significaba el mundo que lo rodeaba y captó el mensaje para cantar a la naturaleza, al paisaje, a los atardeceres y de manera especial al amor.Vivió feliz en el mundo que descubrió en laluz de los cantos de vaquería, cuando en versos contaban las penurias del trabajo, mientras transitaban por montes lejanos arriando el ganado y tras la pisada de un amor que desaparecía como una exhalación.
Su progenitora Juana Francisca Díaz Villarreal oriunda de Becerril del Campo, llevaba en sí la influencia de la gaita y los tambores. En su pueblo la gente bailaba al aire libre y ella era cantadora de tamboras y cantos de monte o pajarito. En la rueda del cumbión*, Juana Francisca se enamora de Náfer Durán Mojica, quien antes de poner los dedos sobre el acordeón fue un gran tamborero, No fue menor la influencia de su padre en Alejo, quien siendo muy niño, en noches de cumbia, recostado en las cercas de la plaza, lo escuchaba tocar el acordeón.
Es Octavio Mendoza, “El Negro Mendo”, su tío, otra de las personas que despierta su interés por el toque del acordeón y a quien admira por ser en ese momento, el músico más importante de la región y quien interpreta con destreza, creatividad y un estilo muy personal sones, paseos, merengues y puyas. En este ambiente nace y crece el Negro Alejo. De estas raíces nace Alejo y su imaginario musical que progresivamente se irá enriqueciendo.
A edad de veinte años desafía sus temores e inicia la ejecución formal del acordeón, instrumento que lo acompañará toda su vida Definida su vocación su mayor deseo fue idear un estilo muy personal. Con contadas excepciones, procuró tocar sus propias canciones, esto lo llevó a ser original al ejecutar e interpretar sus canciones, aunque reconoce que adoptó de Víctor Silva la melodía, quien le decía que lo importante era el estilo, no la rapidez conque se recorriera el teclado y la picadía del tío Mendo.
Pronto emprendió un viaje que lo alejó de la casa paterna. Viaja con el acordeón al hombro como equipaje, sus canciones y melodías. Esta idea le venía dando vueltas en la cabeza hacía rato. Había cumplido 30 años de edad. Lo invitaron a Mompox para que se hiciera presente en los festejos del 7 de agosto de 1949. Inicia así sus corredurías parte esencial de la vida de los juglares. Fue después al Banco, su objetivo era Barranquilla. Había oído hablar de Víctor Amórtegui, quien dirigía un estudio de grabaciones en lo cual estaba interesado. Le informa a sus padres que irá a esa ciudad.
El viejo Náfer siente una punzada en el corazón, las lágrimas llenaron sus ojos, nunca pensó que el acordeón que le regaló, en el que su hijo aprendió a tocar con maestría, fuera hoy, la causa de su martirio. Había sido invitado a Mompox, punto de partida de sus corredurías, parte esencial de la vida de los juglares. Viaja además por El Banco, Barranquilla, El Guamo, Fundación, Pivijay, Calamar, Magangué, Plato, y otros pueblos y a ciudades de Antioquia y Córdoba. En 1968 asistió al festival mundial del folclore en México, realizado durante las Olimpiadas de ese año y trajo la única medalla de oro para Colombia como reconocimiento a su talento.
Con su voz y su acordeón inmortalizó entre otras, “Alicia adorada”, de Juancho Polo Valencia; “Plegaria Vallenata” de Gildardo Montoya Ortiz; “Cuerpo cobarde”, de Lorenzo Romero; “La Sanmarquera”, de Enrique Díaz; “A Orillas del Magdalena”, “Teresita”, de Náfer Durán y “La Mujer que tengo”, de Julio Herazo Cuevas.
Alejo no necesitó de brujerías, sortilegios, ni maleficios, para distinguirse en su arte. Sin embargo según sus propias declaraciones, usaba “contras”, para que no le entraran, según el siguiente relato: en una de las tantas poblaciones que visitó; en el Bajo Magdalena tuvo un encuentro con un acordeonista mulato de ojos azules, traía el acordeón colgado al hombro izquierdo, entró a la caseta como Pedro por su casa, apartando gente y se plantó frente a Alejo, como quien dice ¿Tú quien eres?..
Alejo lo vio llegar y sintió que un aire frío recorría su cuerpo y los dedos de sus manos se engarrotaron. “Yo interpretaba en ese instante un porro de Náfer llamado “A orillas del Magdalena” y francamente no supe que me pasó, los dedos no me respondían, como si se me hubieran entumecido. Para estos toques en festivales usaba una sortija que un “curioso” de Tucurá, en el Alto Sinú, me había rezado, diciéndome que mientras la llevara conmigo, estaría protegido. El público estaba impresionado porque yo no interpretaba fielmente los compases. De pronto mi sortija se reventó y partió en varios pedazos y el maleficio, el hechizo, pasó, dejando en el ambiente un olor a azufre concentrado.”


La labor de ustedes es de las más importantes para la vigencia honorífica de nuestra música folklórica, porque le dan reliebe antropológico y cultural con sus comentarios, ricos en contenidos verdaderamente edificantes y difusores de los mejores frutos de nuestras manifestaciones populares y culturales. Sin agredir las cosas nuevas que están haciendo los compositores de éxito comercial, pero señalando oportunamente los puntos y aspectos que harán prevalecer los mejores valores de nuestra antropología folklórica del caribe y por ende de nuestra patria colombiana.
En lo esencial, se debe propender por mantener la música que se presenta como folklórica, creando y desarrollando temás de interés en áreas que socialmente demandan interés e impacto, como lo Ecológico, La Solidaridad, La Amisstad, La Paz; Y el amor entre otros, desde un enfoque distinto del lloriqueo amorero y cursi en el que se resalta la infidelidad entre las parejas.
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