“Ernesto siempre fue un soldado del periodismo”

Ernesto McCausland con el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, en un encuentro en Cartagena en 1994.

Los maestros le dieron la despedida a Ernesto McCausland; Hoy nos corresponde a los obreros. Es un adiós que sale de lo más profundo de nuestro ser porque la muerte duele.

Nada mejor que hacer un repaso por su recorrido en la redacción de EL HERALDO, donde llenó un espacio, que parece mentira desde siempre lo ocupó con creces, gracias a su talento y a las instrucciones que recibió en su momento en el kínder establecido por Juan B. Fernández R. y Olguita Emiliani, convirtiéndose desde el principio en un alumno ejemplar.

Para esa época, dentro de la redacción existía un ángel tutelar de noveles escritores y principiantes del periodismo (Germán Vargas Cantillo), que sin hacer ruido, y con la humildad y sabiduría que siempre lo caracterizó recibía en su redil a jóvenes bachilleres que con el tiempo se convirtieron en las figuras que hoy son dentro de la prensa, cultura y foro.

El más adelantado, Roberto Pombo, hoy director de El Tiempo, que venía de Brasil. Después de incursionar en el Derecho, pero lleno, eso sí, de una vena periodística sin explotar. Casi al mismo tiempo apareció Mauricio Vargas Linares, hijo del maestro Vargas Cantillo. La diferencia del uno al otro: Pombo, palabreaba el inglés, mientras que el mozo Mauricio era un lince hablando y traduciendo el francés. Si no estoy mal, su bachillerato salió de algún lado del país galo. Y como la canción de Vicente Fernández, fueron llegando uno detrás del otro: Marco, su mujer Alba, Mendieta, Polo, Juan B. Fernández Noguera así como Brieva, Granados, Medina y Pedrito Lara, trasladados desde La Libertad.

En primera fila, como integrando el comité de recepción grandes maestros –estos sí llenos de modestia– José Cervantes Angulo, Fabio Poveda Márquez, Juan Gossaín, Ricardo Rocha, en deportes Chelo De Castro, William Vargas, Ahmed, Estewil, Zoraida, Loor Naissir, Thirza; y más tarde apareció Martha Guarín, quien con la tutela de Patricia Escobar –la cachaca– y Manuel Pérez Fruto, integramos una redacción de lujo.

Para esa época, el kínder se puso en acción cuando los jóvenes, muchos estrenando sus títulos de comunicadores, pero que al llegar no sabían colocar la cuartilla para escribir, las rellenaban bajo la tutela de los más antiguos, con la mirada permanente de la maestra Olguita Emiliani.

Esta redacción de la década de los ochenta tenía ingredientes de todos:

Primero y desde lejos Juan B. estaba pendiente de lo más mínimo, gracias a que era excelente periodista, político y diplomático.

Poco a poco y con el apoyo de unos y otros, se aprendía y se iban distinguiendo por sus dotes de posibles cronistas, entrevistadores o reporteros.

En la medida que el kínder avanzaba, a Ernesto esa intuición le fue llegando como llegan los olores, cuando las guayabas se hierven para que vayan soltando hasta final, y las conviertan en bocadillos.

Cervantes Angulo fue el jalonador de novelas y (llenando requisitos y cuartillas para competir por premios dentro del periodismo nacional, y más tarde Gossaín y Poveda Márquez, que teniendo en cuenta sus calidades de profesor divulgó libros que tenían que ver con el tema que siempre manejó, el deporte.

Manuel Pérez Fruto apareció como el primer velador de Ernesto, en lo que él siempre ha sido un as: la página judicial.

La noticia, por obra y gracia de su talento, la convertía en crónica, que al día siguiente era devorada por millares de lectores que ‘tomaron’ como pan de cada día la chispa con que se engalanaba cada trabajo periodístico. Lo más importante dentro de su era de aprendizaje fue su humildad.

Recuerdo la buena llave que hizo con Marquito Schwartz, hoy novelista triunfador desde España. Eran el Benitín y Eneas, de la redacción. Los separaba la religión (uno católico y el otro judío) y las estaturas. Quien más los unía era Alba, la compañera de Marco, y Polo, que no los dejaban ni en la sombra.

Pombo y Vargas se enclaustraban en la oficina de Germán para oír historias, reconstruir cuentos y ojear una que otra novela.

Atrás, en la retaguardia, como los mariscales de campo, Juan Gossaín, en su urna de cristal.

Ricardo Rocha, quien además de Jefe de Redacción era el coordinador de todo y recepcionista de los visitantes por hablar y escribir el inglés.

Ernesto McCausland vivió a lo chévere cada instante de su vida. Se fue sin quedar debiendo nada. Escaló peldaño a peldaño hasta alcanzar la fama que obtuvo por su trabajo, por su modestia, sapiencia y, en especial, por ese olor de estar más allá, de lo que vivía o acontecía. Dentro de la redacción de EL HERALDO siempre fue un soldado, a pesar de llegar a donde llegó, porque lo merecía y porque se lo ganó.

Olguita lo conoció a profundidad. Supo de sus cuatro puntos cardinales en que se desarrolló su vida periodística al inicio en EL HERALDO y era el seleccionado predilecto para iniciar la corrección de lo recién escrito.

Las crónicas de Ernesto integrarán, sin duda alguna, el libro que debe aparecer como texto obligado para tirios y troyanos, en las facultades de Ciencias de Comunicación. Él, al igual que Gossaín, Cervantes, Artunduaga, Vargas, Schwartz y en fin, decenas de buenos cronistas-periodistas, que marcarán las pautas a los profesionales del mañana.

Durante los viajes que como enviados especiales de EL HERALDO a Cartagena realizaban Ernesto y Mauricio Vargas, un hijo mío –Harold Alfredo– actuaba como guía de estos periodistas en esa época en embrión, pero llenos de esa chispa, que poco a poco convirtieron al novato en reportero hasta convertirse en el cronista y cineasta triunfador.

Mi último encuentro con Ernesto fue bajo el techo de un estand, en una feria del libro en Bogotá, en la década de los 90, en donde yo ostentaba pomposamente una asesoría para los parlamentarios de los nuevos departamentos de Colombia, con sede en Bogotá, pero con cubrimiento a nivel regional.

De ahí en adelante nuestros rumbos cambiaron, salí hacia el país, que siempre él añoró –Estados Unidos– mientras él se quedó aquí cosechando éxitos y triunfos. Partió un buen hombre.

Por Guillermo Valderrama/El Heraldo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.