¡Pero yo no sé, Ernesto, yo no sé!

RUIZ-JORGE-NAINJorge Nain Ruiz

“Una nota más que constituye un documento para este folclor”. Así iniciaba Ernesto MacCausland Sojo las entrevistas audiovisuales que luego publicaba en sus programas de televisión como Trópicos, De viaje por la Guajira, A las 11 con Ernesto y todos aquellos otros donde lograba publicar sus crónicas que hoy, gracias a la magia de las tecnologías de la información y las comunicaciones, podemos disfrutar por YouTube, miles y millones de ciudadanos desde cualquier parte del mundo. 
Yo veo una y otra vez y no me canso de disfrutar la autenticidad, inocencia y picardía que tienen aquellas entrevistas que Ernesto les hizo a personajes de nuestro folclor  como Enrique Díaz y una muy especial al Cacique Diomedes Díaz, en la que el entrevistador le pregunta ¿qué piensa usted sobre la muerte? y este, sin pensarlo mucho, le responde: “Yo diría que a mí me afectaría más la muerte mía; eso sí me daría duro porque no se pa´ onde voy “.  Luego le pregunta, ¿usted piensa en la muerte? y Diomedes le dice: “to´ los días, diario”.Y continúa Ernesto:  ¿Qué piensa? – “No quiero morime, le saco el cuerpo cada ratico, porque, si yo supiera que uno sirviera más muerto que vivo, yo me muriera hoy, pero yo no sé Ernesto, yo no sé”
Esa entrevista que considero una pieza importante de la picaresca vallenata y en la que sobresalen las mejores virtudes tanto de entrevistador como de entrevistado, se hizo en los albores de los años noventa, el mismo año que conocí a MacCausland; recuerdo como si fuera hoy, que siendo concejal del Municipio de El Paso, mi dilecto amigo y por aquella época Alcalde del mismo Municipio, Armando Sierra Mojica, más conocido como “EL Primacho”, me invitó a una especie de Festival Vallenato que se realizaba en El Copey -Cesar- y allí, en medio del jolgorio, me presentaron a un hombre delgado y muy alto que aun llevando terciada una Mochila arhuaca tenía aspecto de extranjero, sin embargo bastaba oírlo hablar para saber que era un costeño de “racamandaca”.
Esa tarde tuve el honor de conversar por más de dos horas con Ernesto sobre los mensajes de las canciones inéditas y sobre sus intérpretes, pues los dos fuimos jurados de ese concurso y allí conocí la sencillez y humildad de ese periodista grande en todo los sentidos; conocí también de su experticia y  gusto por el folclor vallenato, pero lo que más me impresionó y agradó de ese encuentro, fue la facilidad que tenía MacCausland para hacer amigos: al final del concurso el tipo estaba en mi corazón como si fuese mi contertulio de infancia.
Ríos de tinta escribió Ernesto con excelente prosa y proeza y ríos de tinta sobre su vida y obra podríamos escribir quienes nos quedamos, porque él nos tomó ventaja en la marcha, pero, de todo cuanto se pueda decir sobre MacCausland, lo más importante es que, como ser humano y periodista integro, fue de aquellos que nacen pocos y se crían menos.
Ernesto MacCausland se fue con la satisfacción de haber vivido cincuenta y un años y haber aportado al periodismo, a la Costa Caribe y a Colombia tantas cosas bellas como sus novelas películas y crónicas que no nos cansaremos de leer, ver y escuchar. Ernesto es de aquellos hombres que no mueren, y que, como escribió magistralmente mi amigo Amilkar Acosta Medina, es: “genio y figura hasta la sepultura, quien, como los barcos de guerra en medio del fragor de la batalla, se hunde con las luces encendidas en los piélagos de lo ignoto y con su libreta de apuntes en la mano, tomando nota para la que será su próxima crónica.”
La talla de este empedernido cronista que se nos fue, no ha sido aún suficientemente valorada; el Caribe requiere urgente que nazcan y se críen hombres al tiempo inteligentes y sencillos como el Ernesto que hoy lloramos, porque parafraseando a Diomedes si yo supiera que MacCausland nos serviría más muerto que vivo, no lo llorara, ¡Pero yo no sé, Esnesto, yo no sé!
COLOFÓN: He disfrutado, como nadie, los primeros capítulos de la telenovela de Caracol televisión Rafael Orozco, El Ídolo;  ya tendremos espacio y tiempo para dedicarle una columna a ese tema; por ahora lo único que les puedo decir es que en términos generales, no me siento defraudado con la producción y lo más importante es que nos transporta a nuestros años mozos; vale la pena pedirles a nuestros hijos que la vean porque esa era la vida hermosa que llevábamos los amantes del vallenato en los años setenta. Vale la pena la trasnochada.

@jorgenainruiz  Email jorgenainruiz@gmail.com

 

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