La subjetividad del tiempo

RODRIGUEZ-GUSTAVO-2Por: Gustavo Rodríguez Gómez/El Pilón
grg1939@yahoo.com

En 1781, el gran filósofo alemán Immanuel Kant publicó “La crítica de la razón pura”, en donde establece los principios y límites del conocimiento, y distingue los conceptos a posteriori u objetivos que nacen de la experiencia, de los juicios a priori o subjetivos surgidos de la intuición.

Allí, cuando habla de los conceptos “espacio” y “tiempo”, señala que pertenecen a la gama de las percepciones interiores, vale decir, intuitivas.

Más adelante, resalta que la noción de “tiempo” es la forma del sentido personal interno, o sea, la intuición de cada cual y de su estado interior, como condición previa y formal del desarrollo de los fenómenos exteriores en general.

Ahora bien, si consideramos que el “paso del tiempo” se valora a través de mediciones externas, tales como los movimientos de la Tierra –sobre todo la rotación sobre sí misma, su traslación alrededor del sol y el cabeceo –, entonces podremos concluir que la definición del concepto “tiempo”, surgió como una necesidad de la humanidad para poder contar con un referente que le permitiera, de alguna manera, saber qué tanto ha avanzado en el devenir vital y cuánto ha necesitado recorrer para alcanzar determinadas metas.

Por consiguiente, la idea del “tiempo” se formó, de manera convencional, en la mente de los seres humanos para suplir una carencia externa, al no tener cómo medir el desplazamiento de los hechos y las cosas en el “espacio”; juicio éste ya mensurado por la experiencia, al ver que los objetos llenaban el vacío y se movían en él, y los hechos se sucedían unos a otros, muchas veces dentro de la relación de causalidad.

Entonces, ¿cómo surgió la noción de días, meses, años y estaciones? Pues como respuesta a esos sucesos perceptibles por la experiencia de ver “nacer” y “ocultarse” el sol, de percibir los cambios en las fases de la luna, de notar cómo la naturaleza cambiaba de “ropaje”, de advertir que había épocas de lluvia, de sequía, de heladas, de nevadas, de calor excesivo, etc.

Con el avance en la adquisición de los conocimientos, la humanidad experimentó la realidad de estos conceptos y, de manera convencional, determinó colocar puntos de referencia para el comienzo de un nuevo día, la llegada de un nuevo mes, el término de una estación y la iniciación de la siguiente, el fin de un año y el advenimiento de otro y así, fueron naciendo las nociones para determinar, además, los segundos, los minutos, las horas, las semanas y otras medidas del “tiempo”.

Pero todo, como un concepto subjetivo, aunque nacido de otros juicios objetivos: los movimientos de la Tierra. Y tan subjetivo –el tiempo –, que el comienzo del día podría haber sido establecido a otra hora distinta; pero se fijó de acuerdo al despuntar de la aurora y la semana podría haber empezado el martes y el año en marzo, etc. Porque, ¿dónde se encuentra el punto inicial de la órbita terrestre?

Algún lector se preguntará ¿y a dónde quiere llegar el autor de la columna con estas divagaciones de cariz filosófico y con matices científicos?

Pues sencillamente a determinar que el final de un año y el comienzo de uno nuevo, no son más que meras convenciones del ser humano para lograr establecer hitos en su devenir vital. Por tanto, toda la parafernalia de año nuevo no es otra cosa que un sabio pretexto para disfrutar de un merecido descanso en las labores cotidianas y, de paso, congratularnos mutuamente porque aún estemos vivos.

Así que, ¡Felicidades a todos en este año, el número 2013 de la Era Cristiana y, aproximadamente, el 45000 de la especie humana!

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