La obra

Leonardo Maya AmayaPor: Leonardo Maya Amaya/EL PILÓN

Para mí la literatura es fantasía, imaginación, belleza, encanto. Por cierto, la mujer también es lo mismo.

Plinio el pintor sonámbulo soñó un día que era el mejor pintor del mundo. Se sintió inspirado, agarró sus pinceles y se dispuso a crear su mejor obra. Con trazos perfectos delineó un rostro de tamaño natural, cabello sedoso reluciente, cejas delgadas recién depiladas, le puso ojos adormecidos y labios serenos como si estuviera enamorada.

Le perfiló bustos pródigos y magníficos, se detuvo en el escote de ensueño para alojar una cadena de plata prendida a un corazón perturbado. Delineó caderas y piernas perfectas. La cubrió con un vestido azul vaporoso estampado con jazmines perfumados y le puso tacones elegantes.

Al final la iluminó con una sonrisa bellísima de edad indefinida. La analizó entonces y la creyó buena, dulce y tierna pero le notó un defecto adverso en el corazón. Era profundamente sentimental!

Pensó en un beso furtivo pero prefirió no lastimarla, entonces observó su mejor obra y tuvo tiempo de acomodarle sus aretes de plata antes de acostarse de nuevo.

Cuando se despertó ahí estaba su cuadro perfecto mirándolo con ojos incrédulos de bailarina sorprendida. Plinio ahora está confundido. No sabe si pintó una mujer o uno de sus sueños.

IN PECTORE

Quiero morir como mueren los guerreros legendarios, peleando en un campo de batalla, quizás como el pájaro errante que en el viento es alcanzado por un rayo transparente o como el navegante intrépido que sucumbe en la tormenta abriendo nuevos caminos, o tal vez como un príncipe valiente que vencido el miedo, muere persiguiendo un sueño de amor.

No quiero morir postrado. Que la muerte me atrape peleando, que me alcance volando, abriendo nuevos caminos o quizás como aquel príncipe, persiguiendo un sueño de amor…

EL CONTRABANDISTA

Arquímedes fue durante muchos años el contrabandista más astuto de la alta guajira, caminaba, hablaba y hasta se peinaba como los contrabandistas, todos lo sabían pero nadie podía demostrarlo.

Los lunes lo veían cruzar la frontera a lomo de caballos con su pequeño equipaje: unos pantalones viejos y muchas camisas baratas de seda falsa. Los severos guardias, sospechando de su condición, revisaban minuciosamente sus pertenencias y se reían del contrabandista y su equipaje de pobres sin lograr ponerlo en evidencia.

Con los años abandonó el oficio y gozaba de buen retiro.

Un día iba pasando frente a su casa el antiguo jefe de la patrulla fronteriza, intrigado le preguntó
__ Bueno Arquímedes, ya yo no soy guardia ni tu contrabandista, puedes decirme que era lo que contrabandeabas?
__ Llevaba caballos de paso fino y traía camisas de seda originales.

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