Fotografía tomada a Enrique Scopell, hace 8 años en su casa en Barranquilla.
“Su permanente mamadera de gallo”, es lo que recuerda Heriberto Fiorillo, director de la Fundación La Cueva, del fotógrafo Enrique Scopell.
Por complicaciones cardíacas, Quique, como era conocido por sus amigos, falleció ayer en Los Ángeles, California, a la edad de 91 años.
Su última visita a Barranquilla fue el año pasado para celebrar su nonagésimo natalicio en La Cueva, donde, medio siglo antes había formado junto a sus grandes amigos, Álvaro Cepeda Samudio y Alejandro Obregón, entre otros, el Grupo de Barranquilla.
Scopell nació en esta ciudad un 14 de mayo de 1923. Tita Cepeda, viuda del escritor de La casa grande, menciona que “la amistad entre Álvaro y Quique era desde el colegio”. Tita asegura que fue Cepeda quien convenció a los padres de Scopell “para que lo dejaran ir a estudiar a Estados Unidos”.
En mayo de 1949, recién graduados como bachilleres, partieron con el objetivo de estudiar inglés.
“Habíamos escogido estudiarlo en la Universidad de Baton Rouge, Louisiana, pues era de la que más se hablaba en ese momento”, cuenta el mismo Scopell en el libro de La Cueva, crónica del Grupo de Barranquilla.
Sin embargo terminaron estudiando el idioma en la Universidad de Michigan. Luego partieron a Nueva York donde estudió administración y química en la Universidad de Columbia, mientras que Cepeda se matriculó en Periodismo. Vivieron juntos en un apartamento en Harlem, cerca de la Universidad.
En 1956 se casó con Yolanda Field, con quien estuvo también el año pasado en Barranquilla.
“Cuando nombraron a Álvaro (Cepeda) como editor del Diario del Caribe, en 1961, lo primero que hizo fue llamar a Quique para que fuera el fotógrafo”, manifiesta Tita para establecer lo cercanos que habían sido.
De su época en La Cueva, Fiorillo afirma que “Quique no creía en nada sino en la vida, en la gozadera, el juego, la mamadera de gallo”, también menciona su gusto por el boxeo, por eso “en su juventud se iba a trompear marineros noruegos con Obregón y Cepeda al puerto de esta ciudad, pero el grupo no peleaba con rabia. Todo era un divertimento, tiraban trompadas con una sonrisa en la boca”.
Sobre la forma de ver la vida de Scopell Fiorillo sostiene que “no se le ocurriera a nadie dárselas de importante o poderoso frente a Quique porque, con astucia, con ironía, con humor, lo bajaba en seguida de su soberbia, lo sacaba de taquito”.
Por último el director de La Cueva opina que “si aprendemos a mirar la realidad como él con seguridad la comprenderemos mejor y, sobre todo, la gozaremos más”.
POR: ÁLVARO PIÓN SALAS/EL HERALDO
