Sabina, una vida de 19 días y 500 noches (+Videos)

Que no escucha sus canciones. Que, pese a su salud, sigue siendo un tipo al que no le gusta seguir las reglas de juego. Que adora a sus gatos y a Bob Dylan. Que a sus 65 años quiere envejecer sin dignidad. Retrato del eterno bohemio.

p1gacetaoct5-14n1photo04El cancionero de Sabina está influenciado por autores como Bob Dylan y Leonard Cohen y la canción melódica francesa de George Brassens.

Por: Lucy Lorena Libreros |elpais.com.co

La gira se llama ‘500 noches para una crisis’ y lo llevará por Chile, Perú, Argentina y Uruguay hasta este mes de octubre. Joaquín Sabina se tomó su tiempo para planearla: no quería, no era justo, reencontrarse con América Latina de cualquier manera.

La idea de ese retorno, recuerda, nació durante una noche en Madrid cuando alguien hizo sonar, completo, el álbum ‘19 días y 500 noches’ que vio la luz en 1999 y que vendió más de 500 mil unidades solo en España. Justo en ese momento, paladeando en la memoria y el corazón cada canción prensada ahí, el cantautor español tropezó con la certeza de aquél álbum “seguía vivo”.

Entonces, por el puro capricho de sentirse a un paso de la jubilación, de llegar a los 65 años en febrero pasado, se dio a la tarea de hacerle nuevos arreglos a cada una de las canciones de ese célebre trabajo discográfico… ‘Donde habita el olvido’, ‘A mis cuarenta y diez’, ‘Ahora qué’ y ese tema hermoso, ‘Noches de bodas’, que hemos cantado dos generaciones enteras: “Que el maquillaje no apague tu risa, que el equipaje no lastre tus alas, que el calendario no venga con prisas, que el diccionario detenga las balas”…

Sabina descubrió que sus canciones seguían vivas como si hubieran sido escritas apenas ayer. Es que ese disco —confiesa— marca un límite: “fue el que me permitió alargar mi loca juventud hasta los 50 años”.

Porque después de ‘19 días y 500 noches’ muchas cosas en la vida de Joaquín Sabina cambiaron para siempre.

Fue la loca juventud “de escribir canciones en los bares de dudosa reputación que eran solo humo y música, dormir poco y andar con las no más recomendables compañías. De no saber dónde ibas a dormir ni con quién”.

Fue la locura desbordada que lo obligó a exiliarse en Londres en 1970, con apenas 20 años, después de que su propio padre —un comisario de Granada— lo arrestara, en pleno estado de excepción, tras ser notificado de que Joaquín había lanzado un coctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao, en protesta por el Proceso de Burgos, que se abrió contra varios miembros de la ETA acusados del asesinato de tres personas durante la dictadura de Franco.

El joven Joaquín Ramón Martínez Sabina carecía de pasaporte y no pudo salir inmediatamente del país.

Pero la buena estrella le permitió conocer a Mariano Zugasti, un tipo que —aún Sabina se pregunta por qué— le prestó su identidad para que él lograra cruzar las fronteras, primero a Francia, luego a Inglaterra.

“Londres era para mí —cuenta Sabina— como Nueva York, por no decir Babilonia. Como ir a la luna o al planeta Marte. Cuando llegué, era una ciudad que hervía, que aún vivía la resaca de los Rolling Stones, de los Beatles”.

Llegó a Londres únicamente para pasar el susto de saberse un muchacho de izquierda en plena dictadura franquista, pero acabó quedándose siete años, hasta cumplir los 27. Un tiempo que —está seguro el periodista Jaime Monsalve, director musical de Radio Señal Colombia— fue definitivo en lo que sería la vida de este hijo de Úbeda que aspiraba a convertirse en escritor y no en cantautor.

Fue en la capital inglesa, obligado por la necesidad, que comenzó a cantar en bares y restaurantes. Incluso en el Metro. Inicialmente interpretaba canciones de José Alfredo Jiménez, Atahualpa Yupanqui o Paco Ibáñez, “hasta que descubrió que se le hacía fácil componer e interpretar sus propias canciones”, cuenta Monsalve.

Fue de allá, también, de donde copió ese sombrerito negro de bombín, sello inconfundible de su imagen bohemia y pendenciera. “Lo conocí en Londres. Allá me causaba asombro observar a unos señores muy serios que caminaban con paraguas y sombreros rumbo al Parlamento. Yo terminé por adaptar esa imagen, pero en tono de rebeldía, al personaje que encarno cada vez que me subo a un escenario”, dice Sabina.

Sería tras la muerte de Franco, en 1975, que Sabina conseguiría regresar a su país. Lo logró con otro pasaporte ilegal, esta vez facilitado por un cónsul español en Londres.

Lo recibió la Movida Madrileña, esa agitación febril de la España ‘posfranquista’, que se extendería hasta mediados de los 80. Un verdadero acto de liberación: la España que tuvo que callar a sus cantores, guardar los pinceles de sus pintores y la pluma de sus escritores, de repente vio grafittis en sus calles y conciertos al aire libre.

En ese ambiente apareció el primer álbum de Sabina, ‘Inventario’ y para 1980 ‘Malas compañías’. Ya desde entonces, él mismo había comenzado a esculpir a ese Sabina que veneraba a los seres anónimos, a los perdedores, a los políticamente incorrectos; los amores contrariados y los amores que duran lo que un corto invierno. El Sabina de las historias cotidianas, de putas, bares, borrachos y princesas a las que les gusta la Calle Melancolía. El Sabina de ‘Pongamos que hablo de Madrid’, donde “las niñas ya no quieren ser princesas, y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra”…

No tardó mucho en llegar el Sabina que grabó con Viceversa el álbum ‘Juez y parte’; el de ‘Hotel, dulce hotel’, que vendió 400 mil copias. El Sabina de ‘El hombre de traje gris’, que llenó a reventar la Plaza de las Ventas de Madrid.

Y el Joaquín Sabina, claro, que supo encontrarse en el camino con otro tipo genial, otro grande, Joan Manuel Serrat, con quien terminó grabando tres álbumes: ‘Dos pájaros de un tiro’, ‘La orquesta del Titanic’ y ‘Nos sobran los motivos’. Sabina también cantando con Ana Belén, con Luis Eduardo Auté y con Fito Páez. El Sabina que amamos todos, con su voz de pirata maldito, tuerto y aventurero.

Maestro Joaquín, varias veces ha dicho que no le gusta escuchar su propia música. ¿Será un asunto de falsa vanidad?

Para nada. Es que hay muy buena música en el mundo para perder el tiempo escuchando mis canciones.
De todos modos, usted no oculta el gran cariño que tiene por ‘19 días y 500 noches’…
Sigue siendo el preferido de todos mis discos porque me permitió alargar mi loca juventud hasta los 50 años. Cuando uno graba un disco suele pasar que no quedes satisfecho con todas las canciones, pero con este sí. Qué le vamos a hacer. Son canciones que hablan del Sabina que más me gusta a mí.

¿Y cuál es ese?

El políticamente incorrecto. El que desde joven soñaba con envejecer sin dignidad, convertido más en un viejo verde que un hombre famoso. Pero se cumplen años y es como si uno dejara de existir en el mercado del amor. Entonces los cantantes que éramos de protesta, ahora somos de próstata.

Lo que usted soñaba realmente era ser un Cortázar más que un Bod Dylan…

Oh, hablaste de Bob Dylan, que sigue siendo gran influencia para mí. Quiero tanto a Dylan como a mis gatos. Cuando me fui a Londres soñaba ser Cortázar, sí. O un escritor anónimo que da clases y escribe una novela que termina siendo venerada por sus alumnos, algo así. Pero allá descubrí que era más divertido cantar en restaurantes. Y empecé a hacerlo, pero sin la intención de que se volviera un ‘living’, como dicen los ingleses: vivir de eso. Pero al regresar a España me encontré sin oficio y pensé, ¿por qué seguir cantando las canciones de José Alfredo Jiménez si yo puedo hacer las mías? Entonces la música llegó, como llegan en la vida muchas cosas que no tienen sentido.

Y terminó siendo un poeta, más que un escritor…

Eso de poeta es una camisa que me queda grande. Lo de la poesía me viene inicialmente de mi padre, que fue policía, alcanzó a ser seminarista y un poeta de campanario que escribía romances y sonetos. Años después, un amigo me regaló ‘Los versos del capitán’, de Pablo Neruda, y ‘Los poemas humanos’, de César Vallejo, los dos libros que más me han marcado en la vida. Soy esencialmente un sonetista.

También me interesaron los poetas franceses y luego los que la vida me permitió conocer como Alberti, y grandes escritores como Gabo, con quien solía salir a comer cuando estaba en México. Para mí el Gabo no ha muerto. Sigue viviendo en cada una de sus páginas y sus libros.

Hoy su vida, maestro, es muy distinta a la del artista bohemio y de excesos que siempre contó en sus propias canciones. ¿Cómo ha seguido su vida después del infarto cerebral que sufrió en el año 2000?

Hoy tengo una mala salud de hierro. Yo era de los que pensaba que uno no debería vivir más de los 40, porque después de eso la vida se pone aburrida. Pero ya voy en 65. Tengo pendiente preguntarle a la Virgen de Lourdes cómo logré salir ileso de ese episodio, sin secuelas. Al menos físicas. Lo que siguió después fue una tremenda depresión, unas ganas de quedarme en cama, de no componer. En esas duré un año. Cinco meses antes había dejado la cocaína, pero el cuerpo me cobró finalmente tantos excesos.
Hoy llevo una vida más tranquila, he aprendido a quedarme en casa, quizás porque hice trampa y en ella tengo mi propio bar, así que no tengo que salir a la calle. A los bares no voy en defensa propia. Hoy vivo feliz con Jimena, mi mujer, y soy monógamo, pero no fundamentalista.

Curioso, usted que siempre le ha cantado a los amores eternos que duran lo que un corto invierno…

Todo ese amor que destilan mis canciones es más pasión que otra cosa. Y que me mate mi mujer, pero la felicidad doméstica no tiene ni media canción. El tipo que soy ahora no habría podido componer ni media de las canciones de esa juventud que me duró hasta los 50 años. Y sin embargo, me quiero.

Esa quietud, quizá, es la que le ha permitido entregarse a ese otro oficio suyo, después de la música: el dibujo.

A mis 65 años no estoy muy seguro de ser un músico. Me gusta que me llamen más un escritor de canciones. Pero sucede que a veces, cuando paso largas temporadas sin escribir, comienzo a dibujar. Lo hago también en las horas previas a mis conciertos para tener una excusa para callar y no maltratar la voz.

Varios de esos dibujos terminaron en ese libro que nos regaló a sus seguidores este año: ‘Muy personal’…

Lo digo en el prólogo: “Una canción es magia y un dibujo, la munición del aprendiz de brujo”. Mis cuadernos de dibujo se convirtieron en una especie de compañeros inseparables. Ese libro tiene ciertos garabatos de mis giras, apuntes y letras de canciones a medio hacer. Pero lo hice, sobre todo, por la necesidad de dialogar conmigo mismo y dar respuesta a cuestiones que pasan a ‘vuelapluma’ por la imaginación.

Después de 400 canciones escritas, dice que aún le faltan muchas por componer. ¿Para qué escribir canciones?

Para tener lo que no tengo, para corregir este mundo, para tener otras vidas, para corregir la mía propia.

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