Esteban Cuello Gutiérrez

Por: José M. Aponte Martínez

A mediados del siglo pasado, no recuerdo con exactitud, pero por ahí fue, llegaron a Valledupar un grupo compuesto por cinco jóvenes médicos: Alcides Martínez Calderón, Manuel y Rafael Gutiérrez Acosta, Cristóbal Celedón Ramírez y Esteban Cuello Gutiérrez para reemplazar al Doctor Maya, Valle Meza, Toscano y De Ávila, quienes ejercían esta profesión con mil dificultades en la ciudad.

Hoy, 60 años después, escribo sobre uno de ellos, Esteban, él único vivo del quinteto, quien con devoción hipocrática se internó con sus compañeros en el Hospital Rosario Pumarejo de López y en la Secretaría de Salud, donde hizo una larga especialización y en su consultorio de la carrera 6, primero en la casa de su cuñada, la inolvidable Yoyi y después, en el Edificio Picasso.

Fueron todos parteros, cirujanos, traumatólogos, urólogos, ginecólogos, oculistas y hasta oncólogos, pues todavía hay mujeres vivas que fueron operadas por ellos hace tanto tiempo de cánceres de ovario o matriz y le dieron un vuelco radical al Hospital, hasta cuando comenzaron a llegar los especialistas encabezados por El Puma, el “Compadre del Valle”. Pero donde Esteban o el tío Esteban como le dice mi mujer, su sobrina, brilló fue en el tratamiento de la tuberculosis y las vías respiratorias en general, ahí se volvió una autoridad respetable no solamente en el Valle si no en todo el país.

A Esteban todo el mundo lo quiere, parece monedita de oro y cuando efímeramente incursionó en política y fue elegido Concejal, lo sacaron con sus votos sus compadres y ahijados que son cientos, también fue columnista brillante de El Pilón y escritor costumbrista.

Cumplió 89 y Sonia su bella, abnegada, virtuosa y buena esposa en unión de sus hijos Oscar y Lucía, Esteban y Lilibeth, Diana y Luigi, Mónica y Salim lo agasajaron con una inolvidable reunión con sus amigos de siempre y de su sobrinera encabezados por Edgardo, que si no se avispa lo alcanza y se lo pasa, pues Esteban está bien conservado.

Se lucieron los anfitriones con este fiestón, que con una música moderna de fondo nos deleitó con el Paseo que dice: “Me gusta todo lo tuyo, todo me gusta de ti…. O el Son: “Acuérdate de Acapulco, de aquella noche María Bonita, María del Alma…” y el Merengue: “Sin ti no podré vivir jamás…”, canciones que con el inolvidable Trío Los Inseparables, en serenatas le calenté el oído a mi novia, hoy mi Mercy del alma.

De comida ni hablar, todo fue exquisito, pero lo que más me gustó fueron los suculentos y saludables guisos de chivo y gallina criolla, unos chicharroncitos carnudos y crocantes, un amarillo asao tan dulce que parecía que le habían echaó miel de panela, con los infaltables queso de huequitos y aguacate, que nos mandaron a gozar de una docena de chinchorros colgados en un amplío kiosco para que los pelaos hicieran la siesta y después el postre, ¡que postre Dios mío!, no había como rechazar las almojábanas pacíficas de Picholo, los helados también pacíficos de Elsa Sehoanes de coco, rosa, leche y guanábana en vasitos metálicos y los pudines requeté pacíficos de Josefina Morón de Morón y los dulces, esos sí de Villanueva, de Cecilia Corrales y después, con el azúcar a mil, el juego de la chaza, cada quien para su casa, pero con un sombrero y una sombrilla que nos regalaron “por si acaso llueve”.

Felicitaciones Esteban, que cumplas muchos más y gracias Sonia y familia por brindarnos esta sabrosa e inolvidable reunión. EL PILÓN

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