Pablo Rafael López Gutiérrez de la realidad a la leyenda

PABLO-LOPEZ-PADRE

PABLO RAFAEL LÓPEZ GUTIÉRREZ, PADRE DE LOS HERMANOS LOIPEZ

“Honrar, honra” (José Martí)
El año anterior, los Hermanos López depusieron a favor del fallecido y destacado cantautor Diomedes Díaz Maestre, el homenaje que la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata había acordado hacerles, a una de las más reconocidas dinastías de la música vallenata, Es conocido que la dinastía López cuenta con varios los Reyes de la música vallenata: Miguel Antonio (1972), Elberto de Jesús ‘El Debe’ López (1980), fallecido. Álvaro de Jesús (1992), Navín José (2002). Tres coronas como acordeoneros aficionados: Álvaro (1976 y 1979) y Navín (1980). En 1977 fue rey infantil. Pablo López en uno de los más reconocidos cajeros. Con la sencillez y gallardía que los caracteriza, accedieron que el homenaje se hiciera en honor al ‘Cacique de La Junta’, de quien afirma Miguel López “desde muy joven me visitaba, siempre fue un gran verseador. Le enseñé a ‘emparejar’ a armonizar su voz al cantar con el acordeón, desde esa época viajó conmigo a Bogotá, Fundación y varias poblaciones”.

Miguel López recuerda las parrandas de su padre
Al resaltar los méritos de esta dinastía, no puedo pasar desapercibido a su progenitor Pablo Rafael López Gutiérrez, oriundo de San Juan del Cesar, quien se asentó en La Paz junto con sus hermanos Antonio Jacinto y Juan Bautista. José María Gutiérrez padre de Alfredo Gutiérrez tenía una banda con variados instrumentos. Luis se residencia en Valledupar y Joaquín siguió viviendo en San Juan.

Don Pablo Rafael, ya traía como equipaje su vocación musical, ejecutar el acordeón, heredada de su padre Juan Bautista López Molina. Como en el Sueño de las Escalinatas del poeta Zalamea, el Rey Vallenato Miguel López, recuerda que su casa “era un emporio musical donde, llegaban músicos de los pueblos circunvecinos. De Manaure, El Plan: Leandro Díaz, Carlos Araque, Juan Manuel Muegues, Antonio Sierra, reconocido decimero y guacharaquero, de San Diego Juan Muñoz, de Fonseca: Santander Martínez, (padre de Luis Enrique Martínez), Bienvenido Martínez, Los Pitre con Fermín a la cabeza y la caja embrujada de Crisóstomo Oñate ‘Pichocho’. De Villanueva: Emiliano Zuleta, de La Junta: Julio Álvarez. De Becerri:l El Mocho Filemón. De Mariangola: Eusebio Ayala, Chico Bolaños. Por supuesto no faltaban famosos decimeros como: Antonio Sierra Morales, Juan Manuel Muegues y sus gaiteros. Los atendía mi mamá Agustina Gutiérrez Zequeira. Ella era dueña del estanco número 1”.

La casa vivía en fiesta permanente. Estos momentos acontecía en medio de la cumbiamba. Mujeres bailadoras de aquí de La Paz, también venía de otros pueblos, incluso de Guacoche. Hacían una especie de formaleta de harina de trigo para cubrir el brazo que absorbía el sudor y sentían menos cansancio. Recuerdo algunos nombres, Adelaida Rueda de Villanueva, tenía tal equilibrio que bailaba con un vaso de agua en cabezo otra bailadora famosa fue Juana Rondón de Guacoche.

Migue canta con suave entonación para referirse a ‘Machuca’ cuyo nombre no recuerda, quien tocaba el armonio y también participaba de estas parrandas. “Vamos a busca a Machuca pa´que nos toque el armonio / Chico en Corral de Piedra Vale más que un San Antonio / Esa Catalina me la llevo yo (bis) ”(Catalina Daza-Eusebio Ayala).

En este ambiente musical nacen los Hermanos López. Aprendimos de tanto oír y oír. Mi padre dejaba el acordeón sobre el baúl y aprovechaba para practicar. También escuchaba con atención a mi tío Juan López, quien tocaba caja y acordeón. Por los años 1947-50 yo tocaba acordeón y Pablo también, después se inclinó por la caja.

Tuvo razón el médico y novelista Manuel Zapata Olivella para sentirse en “El Paraíso”. Impresionado por los músicos que “como por arte de magia” tocaban melodías de la música vallenata, letras que narraban con humor los sucesos de la comarca, interpretadas en acordeón, guacharaca y  tambor.
Estaban reunidos allí. Sus rostros no reflejaban la alegría de siempre, traducida en los cantos de Juan y Pablo López y los golpes endemoniado de la caja de Crisóstomo Oñate  ‘Pichocho’. La violencia, maldita violencia liberal-conservadora, llegó con los chulavitas y arrasó, incendió casas. Juan Pablo López el mejor acordeonero, no pudo resistir tanto dolor y huyó sin rumbo. Pablo su hermano fue a pedirle que tocara para nosotros, y nos dijo: Nunca más en mi vida volveré a cantar.

No fue posible que el médico del pueblo, Zapata Olivella, ni el maestro Rafael Escalona les hicieran cambiar de parecer, solidarios con el sufrimiento de sus coterráneos. Los vecinos acudieron a dar sus razones, pero sabían que era como “haberse muerto con los muertos”, dijo una mujer que llevaba una rosa roja en la oreja. La gente la apoyó. Entonces Pablo López debió sentirse autorizado para torcerle el cuello a su pena, pues sin decir una palabra entró en su casa y salió con el acordeón. Cantó y tocó como nunca. La alegría trajo más músicos. Brindaron con un trago de la tienda más cercana, las casas por fin abrieron sus puertas y encendieron las luces, bajo el ritmo de un canto al unísono, otros a voz
en cuello. El pueblo resucitó con su música. ( Adaptación de “Vivir para contarla”)

Giomar Lucía Guerra Bonilla/El Pilón /18 enero 2015

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