Sin medir distancias

Laura_Ruiz_CordobaEscrito por  Laura Ruiz Córdoba (@laruizcordoba)

Folclor es lo que el pueblo sabe, sin que nadie se lo haya enseñado.”
Atahualpa Yupanqui

 Este será un pequeño homenaje para quien nació por ahí en Carrizal, entre la Junta y Patillal entre lomas y sabanas, un 26 de Mayo, cantor campesino que durante su vida representó una herencia triétnica, por los indígenas que habitaban esa zona del caribe, de donde se desprendieron tres familias lingüísticas constituyentes de la estirpe aborigen en Colombia: los arawak, los chibchas y los caribes. En Chimila, a donde llegaron primero los negros cimarrones que la colonia española, Chimila, la tierra del Cacique Upar.

Suena una guitarra, anunciando un desarraigo, una despedida, una derrota; esa guitarra que acompañó los primeros cantos al compás de los acentos norteños del país, que cuando hablan, si se les pone música parece que están cantando, esos que fueron de pueblo en pueblo contando sus historias porque como lo dijo Germán Arciniegas: “En los pueblos que empiezan la historia, no se escribe: se canta.”

El acordeón hace su entrada triunfal, como lo hiciera por Riohacha finalizando el Siglo XX, entra con sus vientos de nostalgia que le penetran a uno hasta las entrañas, después se hace una mención a Valledupar como despidiéndolo y augurando un camino largo.

La herida que siempre llevo en el alma, no cicatriza, los dolores de la vida, las profundas marcas que dejan las historias, volar sin rumbo fijo, para llegar a un rinconcito del mundo sin odio, las huidas y las búsquedas incesantes de un ratico de quietud. Eliminar la tristeza, las mentiras y las traiciones, no importa que nunca encuentre el corazón lo que ha buscado de verdad, bohemia, paisajes y versos, termina la cuadrilla con la frase más aguda de la canción, en busca de llenar el alma de eternidad.

Esa canción la escribió Gustavo Gutiérrez por allá en los años 80’s a una tusa que según él, le duró tres meses; por eso el verdadero sentimiento que encarna esa poesía no se lo dio la intención con la que fue escrita, sino esa voz melancólica y desgarradora de Diomedes, que por sí sola es capaz de darle vida a un escrito inerte.

Pareciera entonces, que es genuino descendiente de esos cantores que transportaban las noticias y la historia de caserío en caserío; y las encarnaban como suyas. Aquella tradición oral que les permitió contar sus sentires, en ausencia de la escritura, para dejar fiel copia a las generaciones futuras, de todos los sucesos de su cotidianidad.

Es entonces ésta expresión Vallenata, la hija de la verdadera Colombia caribe, mestiza y mulata, que encontró su híbrido más latente en ésta zona del norte “Las tres sangres que conforman nuestro ser nacional – la nativa, la africana y la europea- hallaron su síntesis a través de una música, en la que, desde los instrumentos, hasta los motivos, evocan cada una de las distintas fuentes. Es el acordeón de los blancos, que llega a Colombia, por la vía de Riohacha, la guacharaca indígena –que pulieron sus maderas simulando el canto de las aves– y la caja instrumento de percusión, bongó o tambor, herencia incuestionable del ancestro moreno.” Decía por allá Alfonso López Michelsen en un discurso en el 72.

Es esta canción entonces, la que para mí –sin medir distancias- encarna la difusión en las regiones del país de las melodías de este Cantautor Vallenato, en cualquier caserío, bajando por el Magdalena, atravesando la cordillera de los Andes, entrando a la selvática región pacífica, yendo al altiplano Cundiboyacense, caminando hacia el sur por las sabanas de los Llanos Orientales; en cualquier sitio que hoy día, uno en Colombia se encuentre, habrá una tienda, una caseta o un estadero en donde se entone una canción de Diomedes Dionisio Díaz Maestre.

diomedes-diomedesEso lo hace a él, un embajador de ese folclor que se empezó a gestar por allá arriba desde los tiempos de Francisco el hombre, quien dio vida a esa usanza y supo conmover corazones, así como otrora lo hicieran los Juglares, a través de sus crónicas cantadas. Y coadyuvados por una geografía que hacía más fácil las ensoñaciones.

Solía pensar en Cien años de Soledad como el vallenato más bonito del mundo, pero bien lo dijo Gabo un día que ese:“era el más largo”, porque el más bonito es éste.

Publicado en: BAJO LA  MANGA

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