¿Es Pablo subversivo?

efecb4081b349cda73d7c9c2f09c9e76Alberto Parra, en su residencia en Bogotá.

POR: ARMANDO BENEDETTI

El teólogo Alberto Parra, director de posgrados de la Universidad Javeriana, reflexiona sobre el ‘redescubrimiento’ de la figura de San Pablo por parte de notables pensadores modernos.

La pregunta del título parece un disparate. O por lo menos una exageración. Pero, de lejos, no lo es. Pablo ha sido teológica y políticamente redescubierto. Y ese hallazgo, en lo esencial, es un logro desde la izquierda, desde el materialismo dialéctico. Le planteamos a un experto algunos de los interrogantes que una inquietante polémica contemporánea sugiere: el prestigioso teólogo jesuita Alberto Parra, doctor y licenciado en teología de las universidades de Estrasburgo, Gregoriana y Javeriana y director de posgrados de esta última. Y las respuestas fueron lúcidas, beligerantes e ilustradas. Lo invito, amigo lector, a digerir estos apetitosos textos sin prisa y sin pausa.

P Quisiera comenzar esta conversación repitiendo aquella pregunta de Lucas (10:29): “¿Quién es mi prójimo?”. ¿Cuál sería la manera contemporánea, después de la Shoah, de los gulags, de los genocidios kurdos, de todas las catástrofes del siglo XX, pero también de Freud, y de Lacan y de la teología de la liberación, cuál sería, digo, la manera de entender aquel postulado Levítico (19:18) de amar al prójimo como a nosotros mismos?

R  Gracias por abrirme su casa periodística y conversar conmigo para que nos escuchen sus múltiples lectores. Su primera inquietud acerca del prójimo está formulada por referencia al evangelio de Lucas y al postulado levítico. Debemos convenir que el trasfondo del Nuevo Testamento es el Antiguo, pero que los dos testamentos se relacionan como promesa y cumplimiento, como preparación y realización, como sombra y plenitud, como anticipo y realidad. De ahí que no tengan igual valor y sentido el postulado levítico y la pregunta evangélica. Las diferencias las pone el Evangelio en boca de Jesús: si aman a los que los aman, ¿qué novedad hay en eso? Si prestan a los que les prestan, ¿qué merito tienen? Si hacen el bien a los que les hacen el bien, ¿qué hacen de extraordinario? Yo les digo: amén a sus enemigos, hagan el bien a quien les hace mal, presten a quien no puede devolver el favor y oren por los que los persiguen y calumnian. Diferencias sustantivas entre el Evangelio y el Levítico, ¿verdad?

Ahora, la pregunta por el prójimo de cara al drama social contemporáneo me remite a esa otra pregunta: ¿Cómo hablar de Dios después de Auschwitz? Ella direccionó toda la nueva comprensión cristiana europea. Y esa pregunta tiene nuevas versiones: ¿Cómo hacer ciencia, técnica, disciplina social, humanismo, uso legítimo de la razón y producción de conocimiento ético no solo después de Dahau y Belsen, que son memoria histórica del macabro holocausto sobre el que hoy se quisiera tender una cortina de negación y olvido, sino después de Hiroshima y Nagasaki, después de los genocidios preventivos en Vietnam e Irak, de las hambrunas pandémicas en África y de la violencia sin tregua ni redención en Colombia?

La memoria acerca de las víctimas es también entre nosotros un imperativo social y un criterio supremo para responder: ¿quién es mi prójimo? y para acometer la reforma estructural de la sociedad victimaria en sus múltiples y escalofriantes manifestaciones. ¿Cómo educar después de nuestros genocidios, si la misma estructura educativa es también violentadora? ¿Cómo evangelizar después de nuestra barbarie, si la barbarie está acompañada de la creencia y aun de la práctica religiosa y cristiana? ¿De quiénes esperar modelos nuevos de economía y sociedad, si de los economistas, ejecutivos y empresarios procede el cruel setenta por ciento de informalidad y de pobreza? ¿Cómo ser todavía pueblo y nación en el auge impresionante de la globalización y de la cultura trasnacional, si las culturas han sido puestas hace tiempos en el callejón inexorable de su propio exterminio? ¿Cómo lamentar con suficiencia el número impresionante de tumbas abiertas por quienes se alzan en armas contra el establecimiento, si la lógica interna del establecimiento produce tantas o más muertes violentas y sistemáticas? ¿Cómo parar la guerra, si en la génesis de la violencia está comprometida la estructura misma de la sociedad y del Estado y casi todos los estamentos sociales?

«La sociedad actual es como una sociedad anónima en que nadie se quiere echar la culpa, y todos somos responsables”, dijo el arzobispo mártir de San Salvador, Monseñor Romero. Con ello indicaba que la memoria convoca a revisión y a enmienda a todos los actores de la violencia y de los atropellos de lesa humanidad, comenzando por los actores armados, pero siguiendo por el sistema financiero y por el educativo, por el empresarial y por el político tanto como por el religioso. ¿Quién es mi prójimo? El Evangelio responde: el que por el camino cayó en manos de ladrones, que lo dejaron medio muerto. Y, ¿quién fue prójimo de ese? El que se responsabilizó de su suerte, lo restableció, pagó por él con largueza y misericordia y, posiblemente, procuró que lo sucedido nunca jamás sucediera. Entonces la pregunta por el prójimo encuentra su término existencial: ¡Ve tú y haz lo mismo!

P  De alguna manera este cuestionario es una solicitud de auxilio. ¿Qué debemos, o qué debo hacer yo, para comprender a Pablo? Pongamos las claves de nuestra perplejidad. En primer lugar, el dios de Pablo no es del episodio incomprensible de Isaac, ni el de Job. Su discurso tampoco es Grecia ni Jerusalén. El suyo es un dios que algún día lo redimirá todo. Pablo toma los fragmentos descartados, los desechos, para construir desde el momento clave de la “encarnación” una esperanza radical. Amparado en la figura subjetiva del profeta, Pablo desafía el logos y, en el debate del judaísmo de su tiempo, sus detractores consideraron que incurría en una profanación imperdonable: que dios viola la ley de dios. ¿La viola? ¿El acontecimiento mesiánico rompe esa ley?

El Dios de Isaac, el Dios de Job, el Dios de cada experiencia particular, se comprende en ese denominador común que Pablo y todo el Nuevo Testamento designan como “el Dios de nuestros padres”. Se trata del Dios de la absoluta trascendencia que se hizo presencia y cercanía porque oyó el clamor de un pueblo sin tierra, sin cultura, sin dignidad, sin derecho. El término Yahweh significa “yo he bajado” y esa bajada de Dios fue la que se radicalizó en el que usted llama el momento clave de la encarnación, que es la abismal inmanencia de la absoluta trascendencia en la carne, es decir en la mundanidad histórica.

Pero proclamar, como lo hizo Pablo y con él todo el Evangelio y la Iglesia, que Dios se ha hecho carne histórica no pudo ni puede decirse sin escándalo de la razón religiosa como la de Israel de ayer y de hoy, y sin que esa proclamación sea catalogada como estupidez por la razón griega de ayer y de hoy. Los judíos de ayer y de hoy piden milagros y los griegos de ayer y de hoy piden razón, en tanto que nosotros, dice Pablo, anunciamos aquello que es estupidez para unos y escándalo para otros, pero que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios: la locura del amor llevada hasta los límites de la cruz. El logos griego como explicación racional contrasta con la sabia estupidez del Dios crucificado.

Y no es el que el acontecimiento de Dios en Jesucristo viole las lógicas de la razón o de la usual religión, es que las trasciende, las supera, las desfonda, como desfonda el vino nuevo a los odres viejos. Su pregunta es incisiva: ¿viola Dios las reglas del logos griego? No las viola, las supera. Hoy los analistas de los actos de habla y de los juegos de lenguaje (Austin, Searle, Wittgenstein, Ricoeur, Lyotard, Habermas) señalan unánimes la diferencia que va entre los lenguajes propios de la razón científica y los lenguajes propios de la razón sapiencial: argumentativos, demostrativos, probativos en el ámbito científico; simbólicos, aproximativos, prolépticos, parabólicos en el ámbito sapiencial, que abarca casi todo: el rito y el amor, el folclor, el arte cinematográfico y la música, la pintura y la literatura, el grito de los estadios y las más entrañables dimensiones de lo humano. ¡Razones tiene el corazón, que la razón no comprende! La locura del amor es más sabia que las inteligencias de los intelectuales, dice Pablo, sin que con eso se afirme la ilogicidad de aquello que es razonable aunque no sea racional.

Una apreciable cantidad de pensadores contemporáneos ha estado redescubriendo el mensaje de Pablo. De alguna manera ha sacado a Pablo de la perspectiva teológica y lo ha trasladado drásticamente a la escena política. Agamben, por ejemplo, proclama que los vínculos entre el Evangelio y la ley son los mismos que hay entre la ley y el estado, pero que en aquel la ley se inutiliza, pierde su potencia, desactiva su carácter antimesiánico. Difícil proclamar algo más subversivo. ¿Cuáles serían, a su juicio, las repercusiones teológicas, exegéticas y políticas de este hecho? ¿Es posible imaginar, por eso, una iglesia más comprometida con las luchas contra el sufrimiento injusto?

Junto a Agamben hay que nombrar a Badiou y a Derrida. Porque apenas hay algo más apremiante y apasionante que la revisión del esquema de la ley en el esquema del derecho y en el esquema del Estado. Y uso aquí el término benigno de revisión, por no usar de entrada los drásticos términos ‘destrucción’ y ‘deconstrucción’ que usa Derrida. Y es muy significativo que un importante capítulo de Badiou se llame ‘La contemporaneidad de Pablo’ y otro ‘Pablo contra la ley’. Esos datos conectan y dan razón a su inquietante verificación de que una apreciable cantidad de pensadores trasladan hoy a Pablo del escenario teológico al escenario político. Más que traslado, se trata del redescubrimiento de las hondas y decisivas dimensiones políticas inscritas en lo teológico y, particularmente, en la teología de San Pablo y de la Iglesia que se reclama a esa teología.

El cristianismo, en efecto, surge como la radical deconstrucción del esquema de la ley. Primero porque la ley, amparada en el derecho, y ambos en el Estado, tiene en su base una perspectiva de ser humano como delincuente potencial o real, degradable o degradado, posible criminal o convicto, corruptible o corrompido, a quien se debe poner todas las talanqueras posibles para que su natural criminal no se desarrolle y no se propague. La ley, los tribunales, las cárceles, el castigo, la pena y el uso de la fuerza son factores que en todo Estado de derecho encarnan la filosofía del ojo por ojo y diente por diente. Así, lo propio de la ley es la justicia vindicativa o punitiva que toma venganza y la justicia distributiva que da a cada cual lo que le corresponde. En el país de leyes llamado Colombia no se logra imaginar ley que no sea punitiva y vindicativa, ajusticiadora y condenatoria. La nación saludaría con gozo la pena de muerte que fuera el triunfo definitivo de la ley sobre el ser humano pecador, vencido y derrotado.

La más honda experiencia cristiana de aquello que con Pablo llamamos salvación o redención o justificación es que en Cristo se ha manifestado la justicia de Dios, no como ira contra el pecador y delincuente, ¡que lo somos todos!, sino como misericordia, compasión, perdón, gracia, reconstrucción desde lo más radical del ser humano para que sea nueva criatura, nuevo hombre y mujer, nuevo corazón, nuevo comportamiento. Y no por fuerza de la ley sino del amor inscrito no en piedras ni en códigos, sino en corazones, y no con tinta, sino con la sangre de Cristo. La justicia de Dios que testimonia Pablo no es condenatoria ni vindicativa, sino salvadora y reconstructiva. Es el don del perdón y el perdón de lo imperdonable y de lo imprescriptible, en términos de Jacques Derrida. La justicia restaurativa se yergue hoy de nuevo en toda sociedad como antítesis de la justicia vindicativa y condenatoria. Nunca la ley valdrá para reconstruir y restaurar, sino para condenar y castigar. Entonces, ¿abolimos la ley?, pregunta Pablo. No; decostruyamos la ley para que brille la justicia infinita, responde Derrida.

shutterstock_85594177Cuadro de San Pablo en la iglesia de St. Severin, en París.

Es inevitable preguntarse hasta qué punto fue innecesario acudir a la teología de la liberación, un hermoso discurso planteado desde las victimas, que, sin embargo, jamás pudo desembarazarse de la coyuntura de la Guerra Fría, del triunfo de Allende, del golpe contra Allende, de las teologías que desde USA se construyeron en su réplica oficiosa, de Juan Pablo II y su tozuda estirpe reaccionaria, y de la perenne sospecha de ser solo un marxismo con vestimentas religiosas. Hoy, gentes de izquierda como Alain Badiou, como Zizek, como Agamben llegan más lejos con solo parapetarse tras enunciados de Pablo.

Terminaba antes diciendo que la justicia salvadora y reconstructiva no es ya patrimonio teológico y eclesial, sino bien social y secular. Tampoco hoy la liberación es patrimonio teológico y eclesial, sino mundial. Deduzco de ahí que no fue innecesaria la teología de la liberación. Todo lo contrario, cumplió y cumple la tarea indispensable de señalar la irrupción del pobre y de la pobreza, los rostros innumerables y reales de esa pobreza, el deber de la Iglesia pobre y para los pobres y las sumas y urgentes responsabilidades de los Estados y de los particulares ante el hecho clamoroso de los pobres, de la pobreza y de las pobrezas.

Y eso que a algunos papas, obispos y cristianos en general les pudo parecer resabios marxistas y politización de la fe es claro que pertenece al nervio mismo del Evangelio. Ya Pablo VI pudo afirmar que la liberación, la justicia de orden social es indisociable del anuncio del Evangelio. Y, paradójicamente, Juan Pablo II precisó todavía más los nexos de esa relación. Afirma que la liberación de los pobres y su promoción es parte integrante de la evangelización, parte esencial y pate constitutiva. Vocablos no solo impresionantes sino desconcertantes en la boca de quien imaginó tan serios inconvenientes con la teología de la liberación.

Pero la liberación hoy ha permeado toda la sociedad como reclamo, como tarea, como urgencia. Un solo ejemplo: en el diseño moderno de ciencia, Habermas establece con lucidez los tres intereses que mueven el conocimiento. El interés adaptativo de este planeta en las ciencias naturales, el interés comunicativo entre humanos en las ciencias humanas y el interés emancipador en las ciencias sociales. Pero si se busca el denominador común debe situarse en la liberación. Son tan liberadoras las ciencias naturales como las humanas y como las sociales. Y la liberación como proyecto mundial está servida por todos los cerebros, por todas las profesiones, por todos los oficios. Y es imposible no asociar a estos diseños la exhortación del Papa Francisco sobre el anuncio del Evangelio, anuncio que tiene que hacer tránsito por el actual modelo neoliberal de economía y de sociedad que condena a tres cuartas partes de la humanidad a la exclusión y a la pobreza. O su lúcida encíclica sobre la casa común en la que unos cuantos usufructúan los bienes totales de la naturaleza amiga, destruyen para su provecho y contaminan los mares y los ríos, talan los bosques y exterminan la fauna, privan del aire y del paisaje, apropian para sí las tierras y los medios de producción y de consumo.

¡Solo que los Trump y los ‘tea-party’ de todo lado arremeten ahora contra el supuesto desmadre de un Papa latinoamericano, jesuita y reencarnación de la proscrita teología de la liberación! Que lean el Evangelio y las enseñanzas de Pablo sobre la irrevocable dimensión social de la fe cristiana, sobre la colecta en favor de los hermanos, sobre el derrotero social y político del Jesús histórico, sobre la inocultable deuda de todos con los pobres.

Contra todo pronóstico, porque este es un país conservador, violento y a veces primitivo, la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín en 1968 fue definitiva en aquellas jornadas que desde la teología de la liberación intentaron desarrollar la agenda del Concilio Vaticano II. Hoy uno se pregunta dos cosas: ¿Por qué la izquierda tradicional, incluyendo los entusiasmos teológicos y seculares de los sesenta, no descubrieron un testigo de los hechos, un apóstol tan pertinente como Pablo para el discurso emancipador? Y, finalmente, y cerrando el círculo: ¿Qué significa ‘prójimo’ en la Colombia de 2015? ¿Quién y cómo es ese prójimo?

R  Su conocimiento de los hechos hace muy respetables sus preguntas. Usted enlaza con mucho tino esos tres eslabones: el Concilio, Medellín, la Teología de la Liberación. Allí palpitó no tanto la primera modernidad ilustrada, sino la segunda, con su ruptura epistemológica que eleva la praxis transformadora a momento interno del pensar honesto. Desde entonces, ninguna teoría social, política, económica y menos teológica se soporta sin que pueda verificarse en el hambriento socorrido, en el desnudo asistido, en el sediento saciado, en el triste consolado, en el caído levantado. La medida de todo pensar o es el amor o el pensar en una farsa.

No me asiste razón alguna para decir que pensadores como esos a los que nos hemos estado referiendo carecieron de liderazgo social o de pasión política o de fervor religioso para imprimir en el devenir una profunda transformación en el pensar, en el decir, en el hacer. Habermas, desde la radicalidad del materialismo histórico, ha producido una sociología comunicativa, dialogal, para quitar lo que hay que quitar y para poner lo que hay que poner en el mundo de la vida en el que todos compartimos la existencia. Ese es un liderazgo profundamente liberador. Creo que así Agamben, Badiou, Derrida. También Obispos como Helder Camara, Leonidas Proaño, Isaza Restrepo. También Papas como Francisco. Pero, sobre todo, esa multitud callada de líderes y de apóstoles hombres y mujeres que han hecho suyo el compromiso rotundo de Jesús por los desclasados y oprimidos, pese a no poder vencer al monstruo social globalizado de una economía de muerte, de una lógica darwinista de la exclusión y de un daño sistemático y casi irreversible a la casa común.

Frente a esa muchedumbre, a mí personalmente no me apasionan los mesías sociales ni religiosos. “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, fue la síntesis de Jorge Eliecer Gaitán. “Si me matan, resucitaré en mi pueblo”, fue la sentencia de San Romero de América poco antes de las balas asesinas encima del altar del sacrificio. Un pueblo mesiánico, mejor que un líder solitario.

Y a esta altura de nuestra conversación, que tanto le agradezco, es imposible que alguien no pueda responder aquí y ahora la inquietante pregunta evangélica ¿Quién es mi prójimo?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.